16.11.10

Alguna despedida

Se movía sigiloso el viento entre la espesura de la ciudad, ya de madrugada. La ternura de dos amantes refugiados en el infinito iluminaba el firmamento. Los rascacielos protegían sus corazones al tiempo que empezaban a caer las primeras gotas. Ya nada podía evitar que aquello se inundara. Lluvia que alertaba las primeras señales reales de la Navidad, aquella de la que los dos jóvenes no querían saber nada. Deseaban poder parar los relojes y congelar sus vidas en ese instante para siempre. El frío era tan helado que no les quedaba más remedio que seguir amándose. Sus labios eran siameses.

La noche seguía sin contemplaciones, abrumando a su paso. Las eternas luces de aquellos edificios más altos perfectamente custodiados parecían querer bailar con aquellos dos que osaban desafiar al tiempo. A la lluvia y al frío de la noche. Algunos ruidos sin identificar, que se perdían entre el mar de calles del centro, acompañaron a los dos amantes hasta la llegada al lago. Allí estaba como la primera vez que allí acudieron el pequeño banco de madera. Su exclusivo nido de amor. Lo sentían como una parte más de ellos mismos. Sus vidas empezaron a respirar más deprisa desde aquella primavera alrededor del gigante lago. Cuando trataron entonces de reflejar sus rostros en el agua supieron que los meses habían pasado muy rápido. Demasiado.

Se sentaron en su banquito confeccionado por los dioses. El destino podía vivir un punto y aparte desde un lugar tan simbólico para ellos como aquél. Se fundieron en un abrazo inmenso y que parecía difuminarse en el espacio que cubría el propio lago. Un paisaje único que desprendía lágrimas de felicidad y de nostalgia, de desesperación y alegría. Nunca querían pensar en aquello que tarde o temprano llegaría. Y ahí, luchando contra todo, hicieron posible que sus vidas cobraran sentido para siempre. No se prometieron nada, no se conjuraron para esperar al porvenir. Sólo se amaban: con la mirada, con el tacto de sus manos, con los apasionados y encendidos besos... Podían intentar decir todo con palabras que presumiblemente se las podría llevar el viento. Por eso se dedicaron a quererse como siempre habían hecho. Sobraban los versos y los sentimientos afloraban tanto en la piel que las lágrimas se secaban con su fuego.  

Parecía que anunciaban por el este las primeras ilusiones del amanecer. Quizás se habían quedado dormidos en un sueño placentero que desearían durase para siempre. Como aquellas veladas en que acababan acostándose en su lecho bien abrazados después de hacer el amor en aquella salita con chimenea, la misma en la que tenían sus mantas favoritas para cuando veían juntos alguna película.

Él y ella, ella y él, unidos por el destino y la fortuna divina. Se besaron y se dijeron con la mirada que siempre se amarían.

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