Esta tarde, después del entreno, justo cuando la luna llena hacía acto de su hegemónica belleza, ha bajado precipitadamente desde el firmamento un objetvo volador sin identificar. Ha estacionado a pocos metros de mi posición y en ese momento apenas sin darme cuenta he visto que tenía ya a mi lado a un especimen que nunca antes había podido presenciar. Me ha dicho que se llamaba Extra y que había viajado a la Tierra para hacer un poco de turismo porque en su planeta, Celeste, le habían dado un permiso vacacional. Había oído desde la lejanía que iban a celebrarse elecciones en Cataluña, y antes ni siquiera de preguntarme qué era Cataluña -algo que no hubiera sido fácil de responder- me ha preguntado qué era eso de ser de izquierdas. Parecía ciertamente interesado en la cuestión así que le he intentado hacer una reflexión, aunque tenía temores de que no me comprendiera o simplemente que se aburriera con rapidez. También pensaba que quizás me estaba tomando el pelo... no entendía yo nada de nada. Al final me decidí no sin miedo de explicarme rematadamente mal:
Ser de izquierdas es un compromiso con las personas y con la vida. Con su dignidad. Nuestra dignidad. No se trata de votar a partidos que dicen ser de izquierdas, aunque en definitiva puede que realmente lo sean. El voto no te hacer ser de una manera o de otra. Lo importante son las personas, todos nosotros, que movemos nuestro mundo en una dirección o en otra. Siendo de izquierdas quieres que impere el respeto y la tolerancia entre todos, aceptando las distintas razas, orígenes y costumbres. No existe la igualdad genética a excepción de en los gemelos así que es bonito respetarnos a todos como somos, con nuestras diferencias y actitudes diversas. Como los de izquierdas consideran que todos son iguales en esencia, más allá de las diferencias observadas, se oponen a gobiernos formados alrededor de uno sólo o de unos pocos y prefieren optar por el poder compartido y la división de poderes. Ningún monopolio político de carácter público es deseable.
Ser de izquierdas es un compromiso vital; buscas la igualdad de oportunidades para que todo el mundo pueda prosperar sin que haya desigualdades socio-económicas que estén condicionadas por factores ajenos al talento, la destreza y la competitividad. Tu pasado y tu historia no pueden marcar tu futura pobreza o riqueza. Poder ser el dueño de tu destino es necesario. Pero no podemos respetarnos y ser iguales desde pequeños en cuanto a las oportunidades y posibilidades de futuro sin una auténtica libertad. La libertad tiene que ser igual para todo el mundo, sin excepciones ni matices, así como los derechos y obligaciones tienen que ser comunes a todos los mortales. Sólo así garantizamos los pilares y fundamentos de una auténtica democracia. De un verdadero Estado de Derecho. Y entonces los de izquierdas tienen algunos instrumentos, que serían la progesividad fiscal para de esa forma llegar a una deseada mayor equidad. Una progresividad impositiva de forma que aquellos que más recaudan, generan o ganan, más si cabe si es a través de formas especulativas y poco honradas, aporten más para redistribuirlo a aquellos con menos recursos, ya sea de forma directa o indirecta a través de servicios públicos y sociales de su interés. Esta es una redistribución vertical, un poco lo que hubiera querido hacer Robin Hood, pero con una diferencia sutil y fundamental: aquí lo haríamos con el amparo de la Ley, del Derecho. No sería aquél tópico de "robar a los ricos para dárselo a los pobres". La progresividad fiscal es sinónimo en términos sociales de solidaridad. De poseer una serie de valores éticos y morales elevados para con la sociedad. Ser capaz de renunciar a una parte de tus ganancias para que la disfrute bien toda la sociedad en su conjunto, bien una minoría desfavorecida. ¿A caso no sería bello tal acto, ni que fuera por amor al arte?
Ser de izquierdas es pertenecer al mundo de las ideas y de los valores. El intento de la mezcla perfecta entre la teoría y la praxis que busca un modelo de sociedad más justo. Y es que la justicia entendida en su perspectiva más social es uno de los principales argumentos que persiguen aquellos que manifiestan su izquierdismo. Un mundo no sólo donde estén los mejores sino también los más justos, aquellos que no se aprovecharían del prójimo para enriquecerse. Que no se vanagloriarían a costa de los sufrimientos y tristezas del vecino. Ser de izquierdas no implica ser ateo ni negar a la fe, sea de la religión que sea. La fe mueve el espíritu y alma de los hombres y mujeres y es la llama que enciende pasiones que se pueden llegar a compartir con total libertad y placer. No es incompatible la religión con ser de izquierdas. De hecho, no hay nada incompatible con ser de izquierdas. Los dogmas, el marxismo, el socialismo y el comunismo se han abandonado o deberían abandonarse por completo. ¿A caso no era una propia religión la izquierda histórica y tradicional?
Ser de izquierdas es querer a los demás. Desear lo mejor a todo el mundo. Saber perdonar, pero sin dejar de castigar a aquél que no contribuye a la felicidad global y que se aprovecha de la bondad e inocencia de las personas. Ser de izquierdas es aprender a amar sin esperar a ser amado; darlo todo por anticipado sin buscar contraprestación, y mucho menos de índole material.
Compromiso vital con las personas, respeto y tolerancia, libertad y democracia, redistribución vertical, solidaridad, justicia social... ¿pero en qué paisaje? Ser de izquierdas no es renunciar al progreso, a la modernidad ni a la innovación sino todo lo contrario. Es mirar al futuro apostando en el presente por las energías renovables, sin hipotecar a las generaciones futuras a nivel económico, sanitario e higiénico. Es desear un progreso de forma sostenible, justo y de acuerdo con el entorno que nos rodea. Si apuestan por no pisotear a las otras personas en beneficio propio tampoco se debe pisotear el entorno puesto que es de todos y para todos. El medio ambiente no es un instrumento de avaricia ni un medio privado para justificar cualquier fin. Apostar por los medios de transporte que permitan no depender únicamente del petróleo; concienciar de la eficiencia de algunos servicios como los tranvías, metros y trenes a través de unas redes que sean capaces de conectar a todo el mundo en el mayor breve espacio de tiempo. Ser de izquierdas no es ir en contra de la globalización, es hacer todo lo posible para que sea un camino llano hacia las mejoras en nuestro bienestar colectivo e individual. Aprovechar las nuevas tecnologías para seguir investigando en I+D+i, becar a los talentos más capacitados para que aporten el valor añadido tan necesario en una sociedad.
Y no hay paisaje bello sin personas que lo cultiven, no hay tierra fértil si no hay nadie que se encargue de cuidarla. Por ello, ahora que voy terminando vuelvo al inicio. A aquello del compromiso con las personas. Porque somos nosotros la parte más importante en todo esto. Y si existe un mecanismo imprescindible para que el mundo de las ideas y los valores pueda gobernar con los seres humanos durante toda la eternidad es prioritario un buen sistema educativo que genere oportunidades para todo el mundo sin exclusión y que permita a cada uno poder disponer de los conocimientos, herramientas y habilidades necesarias para el día de mañana labrarse un futuro en aquello que considera va a ser lo mejor para él, su futuro y los suyos. Si cada uno de nosotros podemos estar guiados por nuestros sueños y luchar por aquello que realmente nos apasiona, no sólo seremos auténticamente felices y podremos amar sin esperar nada a cambio, sino que haremos felices a los que nos rodean. En la búsqueda de nuestros sueños, metas, valores, ideas y objetivos, seremos capaces de hacer un mundo más feliz.
Un mundo más respetuoso, tolerante, solidario, democrático, justo, sostenible, moderno y con perspectivas de mucho crecimiento y futuro.
Después de aquello, Extra me confesó que le había costado seguirme al inicio un poco pero que tenía una virtud buena: saber escuchar. Entonces me propuso viajar algún día a su planeta Celeste. Exactamente me dijo que volvería a nuestro planeta Tierra en 15 años. Y que si al cabo de ese tiempo mi planeta no se parecía en nada a aquello que yo le había intentado describir antes hablando del ser de izquierdas, que le acompañara al suyo porque podría ver cumplidos mis sueños de juventud y de futuro. Que en Celeste podría disfrutar del Paraíso vital anhelado que había imaginado en mi propio mundo de las ideas, valores y compromisos justos y sociales. En definitva, que allí sería muy feliz.

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