Barcelona es quizás la ciudad de los prodigios. Eso relataba Eduardo Mendoza. O simplemente puede ser poderosa y que tenga poder. Como cantaba Peret. A lo mejor es también aquella ciudad de personajes misteriosos y enigmáticos que rozan la magia y la fantasía como en el mundo de Zafón.
No se puede negar que la capital de Cataluña es única. Muchos argumentan que cosmopolita y especial. Localizada en el litoral mediterráneo, siempre abierta al mar, al exterior. A lo extraño. Una vía de contacto entre el país y Europa. La capital anhelada por los que sueñan con un estado propio en su tierra. O por los que ven en ella la auténtica capital del país llamado España. Barcelona dicen que refleja a grandes rasgos el supuesto complejo de inferioridad y carácter del catalán mediano. Siempre comparando con el resto. O sea con Madrid, la capital del reino. Parece que siempre pidiendo, demandando e incluso los cínicos dirían que llorando. Pesimista, sarcástica. Seguramente sólo sean tópicos con etiqueta de mitos alimentados desde dentro y fuera de Cataluña.
Sea como fuera, hoy en día la ciudad que me vió nacer es sin duda la capital de la heterogeneidad. De la diversidad entendida en todas las dimensiones. Si de algo creo que tiene complejo es de progresismo puesto que está perdida entre las luchas y reinvindicaciones políticas y civiles del pasado y la realidad de un imperio socialista que ya lleva muchos (demasiados) años en la Ciudad Condal. Y ya se sabe que los imperios no son buenos a largo plazo. Progresismo por no decir pseudo-progresía.
Ayer mismo con la comentada y re-comentada visita del Papa para honrar a la Sagrada Familia como basílica menjor se produjeron hechos destacadamente curiosos. Puras anécdotas que dan más color a un complejo y diverso puzzle de culturas, patrimonios y genes como el barcelonés. Como el movimiento de gays y lesbianas que aprovechó el recorrido del Santo Padre para darse el lote -literalmente- entre la multitud a su paso por el centro. Así protestan contra las actitudes retrógradas del Vaticano respecto al concepto de familia tradicional. O las mujeres feministas reclamando libertad y la propiedad de su cuerpo para contrarrestar la voluntad anti-abortista de la Iglesia. Luego estaban los de la plataforma Jo no t'espero (Yo no te espero). Que aunque no esperaran a Benedicto XVI fueron a recibirle con pancartas y ánimos de protesta. Los medios de comunicación dirían que son los anti-sistema de la ciudad, los de siempre. Podrían ser ateos, agnósticos, laicos, divertidos, aburridos, etc. Son solamente tres pinceladas pero suficientes para expresar lo variopinto que resulta el paisaje barcelonés ante un fenómeno global como la visita del Papa. Y eso sin haber mencionado aún que se esperaba a más gente dispuesta a recibirle en las calles y que parece que no había un furor popular desmesurado. Que yo sepa nunca ha sido Barcelona un enclave ultra-católico pese a que la mayoría de la sociedad se considera cristiana y la rama católica es la más predominante.
Y es que al fin y al cabo Barcelona es especial y única. Para bien y para mal todo se sobredimensiona. Barcelona siempre va a dar que hablar, va a seguir alimentado mitos, leyendas y seguirá creando personajes inolvidables. Pero por encima de todo, los ciudadanos anónimos que tratan de no perderse por un laberinto socio-económico de lo más plural y diverso seguirán dando color, vida y esperanza a una capital de la Cataluña que respira entre sueños, anhelos y dulces deseos y cuya identidad es y será siempre sinónimo de heterogeneidad.

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