Me encanta observar. Lo hago todos los días de lunes a viernes. Me siento si soy afortunado y levanto la vista. Oteo el horizonte más lejano y luego me centro en lo que mis ojos ven más cerca. En los detalles. Hasta entrar dentro de cada uno de los que me rodean.
La mujer que tengo justo delante mira con aires de inferioridad. Se siente insegura de sí misma por llevar en el mismo trabajo mucho tiempo. Pero carece de maldad. Es bondadosa y sonríe ante quienes por sus atuendos, juzga por exitosos. Le juegan una mala pasada las apariencias y por eso su vida laboral se ha estancado demasiado, así como a nivel personal. Su marido le quiere...a su manera. Los hijos ya no viven en casa y quizás solo la llegada de algún nieto o nieta pueda ser su gran y definitiva salvación. Siempre le encantaron los niños y quien bien la conoce sabe que no ha sido nunca tan feliz como cuando fue madre. Advierte finalmente que la estaba mirando y aparta la vista. Hasta la próxima parada en que ya llega su turno. Sigue su sendero.
Dos hermanos de distinto sexo parecen estar continuamente picándose el uno al otro. Tienen edades similares y la niña, la mayor de los dos, es más pícara. Muerde con la boca cerrada, que se suele decir. Acaba quitándole un sugus a su hermanito sin que se diera cuenta. Cuando ya lo ha devorado tras imitar a los rumiantes, el pequeño busca desesperadamente su caramelo. Y arranca a llorar. La madre, de actitud brava ante la vida, soltera y abandonada por el padre de esos dos retoños en una fría tarde de invierno, logra calmarlo con otro sugus. Lleva atavios similares a los de la mayoría de indignados que poblaban plaza Cataluña semanas atrás en Barcelona. Es una guerrera ante la vida, que recela de mirar atrás. Cargada de amor por ellos dos y de mucha valentía, empuja el carrito hacia la salida.
Se sienta a mi lado una persona mayor. Tan solo puedo de reojo ver más allá de mis sensaciones. Respira fuerte y con cierta dificultad al tiempo que carraspea a menudo. Huésped incómodo. De vez en cuando parece hacer ademán de no sentirse a gusto. De renegar. Parada sí. Parada no. Busca desesperadamente conversación con el resto de cohabitantes de ese espacio llamado vagón. El tiempo es habitualmente su primera y mejor arma. Por no decir única. El mes de julio que no parece tal y la ciudad que se ha londinizado durante varios días. Termina por coger uno de esos ejemplares de diarios gratuitos del asiento vacío de su izquierda. Entonces el blanco de sus objecciones es el gobierno. Y, en general, los políticos.
De pronto veo que se aproxima Tarragona, ayudado por el tono del móvil que me avisaba de algún mensaje. Tras jugar con la imaginación es tiempo, antes de bajarme, para leer el correo, ver las notificaciones en Facebook, el WhatsApp y echar un vistazo a Twitter.
Un día que empieza. Caminos que se cruzan. Sueños que no cesan. La imaginación que nunca descansa.

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