Hay fechas que marcan un año; una época; incluso pueden marcar toda una vida. Fechas que no se olvidan. Que serán para siempre. Se graban con fuego en la memoria y el recuerdo arde día a día. Se suceden las jornadas y uno es capaz de llegado el momento rememorar aquella espontaneidad, esa especie de ingenua improvisación que denotaría algo de timidez. Aquella alegre casualidad que nadie en otra vida hubiera planeado. Se conjuraron los astros para que todo pasara de alguna forma en particular. Primer día, impuntualidad. Eran sólo retazos de lo que iba a ser algo inolvidable. Pequeños suspiros de un accidente afortunado que cambiaría la vida. Nada volvería a ser ya como antes.
Fechas en las que una sonrisa ilumina el firmamento del Octubre que justo acaba de dar a conocer sus primeros latidos. Fechas en las que uno sabe por qué merece la pena respirar y sentir.

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