
Anochecía. Ya era tarde pero me encontraba sólo, en mi refugio de aquellos días en los que la brisa marina dibujaba pequeños alerones de aire, siempre tan fugaz y etéreo en la mundanal y ruidosa ciudad.
Hablaba conmigo mismo, con mi otro yo, con mi alma gemela. Hablaba para ser escuchado por alguien en especial; para ser comprendido; para generar empatía; para comunicar; para sentir; para mostrar cualesquiera que fueran mis sentimientos. Me expresaba tan rematadamente mal que las pocas gaviotas que se habían atrevido a seguirme con la mirada desde sus vistas privilegiadas, habían decidido emprender otro camino, de vuelta a su rutina.
Me sentía tan sólo que entendí que no lo estaba. Miraba al horizonte y allí se aparecía absolutamente todo. Ese horizonte al que solía mirar semanas atrás cuando el mundo parecía detenerse por unos segundos; aquellos segundos que reflejaban la pura eternidad. Ese mundo auténtico y peculiar que había crecido lentamente y que maduraba a paso firme entre momentos gélidos y otros tantos de estivales. Instantes bellos y alegres tras aquellos más tristes y desangelados. Aquél horizonte simbolizaba la gloria, el pasado y el presente unidos por la esperanza en un futuro brillante y encantador. Un futuro en el que pensaba en demasiadas ocasiones, pero que al fin y al cabo era por idear un porvenir placentero en compañía de alguien muy especial.
El sueño de hacer de ese mundo imperfecto uno ideal, que se asemejara lo máximo posible a aquello que los sabios definirían como la perfección en su estado natural. Me sentía entonces tan acompañado que sentía que había estado muy sólo.
Y me palpé el cabello como si no fueran mis manos, como si la compañía fuera más real que nunca. Y así la notaba conmigo ya. Nuestras miradas se fundían al compás de la brisa y el silencio más tierno invadía la ciudad. Toda ella expectante, como quien desea el más bonito de los augurios entre dos personas. Y al cerrar y volver a abrir los ojos quise pensar que no estaba soñando. Que todo aquello sería verdad.
Para aquellos cuya alma transita entre dos universos de forma tan fácil que todo parece real.
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