Uno de mis primeros grandes recuerdos asociados a la infancia tiene que ver con un perrito. Un perrito negro de mezcla que mi tía me explicó que habían bautizado como 'Potitos'. Siempre me pareció un nombre muy cuco y que me iba a ayudar siempre a rememorar la infancia, por aquello supongo de la papilla...
No sé qué día fue ni puedo recordar nada; sólo que un buen día mi tía Antonia tenía un perro. Ella se encargó de cuidarme mucho tiempo mientras mis padres trabajaban. Yo era pequeñito, odiaba la guardería y ella entonces se ocupaba de mí. Mi prima Eli o mi primo Rober, además de mi tía Antonia y mi tío Fermín sabrán mejor cuánto tiempo tenía yo cuando nació 'Potitos', pero no debe haber gran diferencia. Fueron entonces muchos días, muchas mañanas las que yo pasaba en la zona popularmente conocida como las casas baratas, al lado de Vilapicina, con el Turó de la Peira como testigo. Precisamente en el parque que le da nombre fueron después muchas las ocasiones en las que paseábamos con el negro perrito que hacía las delicias de todo el mundo, el 'Potis', como se le llamaba cariñosamente.
De las anécdotas que siempre les encantaba recordar a mi tía y a mi prima -y que yo me partía de risa al escucharlo de más grande- era que cuando yo estaba comiendo y no me gustaba la comida mucho o no tenía ya más hambre, le daba por debajo de la mesa los trozos al 'Potis'. La mayoría de veces parece ser que se comía todo lo que le daba, lo cual no dejaba indiferentes a mi tía y mi prima y que aumentaba mi leyenda de tragón infante, pero había otras ocasiones en las que el perrito no debería tener tanta hambre o no le debería gustar tanto lo que yo le ofrecía que se quedaba en el suelo, como prueba del delito. Así descubrieron que el 'Potis' me ayudaba...
Cuando ya crecí un poco y vino el tiempo de ir a párvulos, de los que no me podía escaquear claro está como la guardería, las estancias en casa de la tita se redujeron a otros días puntuales y muchos fines de semana. No eran pocos los sábados que recuerdo que íbamos a pasar allí la tarde. Y era acercarnos a cierta distancia de la puerta que ya el 'Potitos' la abrazaba con suavidad y alegría, olfateando que viene alguien conocido y moviendo la cola de felicidad. Esa misma cola que cuando la puerta se abría desplegaba con entusiasmo hasta acercarse a uno, dejándose acariciar al tiempo que daba alguna vueltecilla sobre sí mismo. Era aquello como un ritual que presidía todas las visitas a la casa de la tita.
Era un perro que se hacía querer, que le gustaba enroscarse para sestear -momento que aprovechábamos para molestarle un poco y provocar algunos ladridos-. Era siempre muy ágil, ladrador pero poco mordedor, lleno de energía. Iba de excursión y luego volvía a casa avanzada la tarde, tras marcar el territorio allí donde dejaba pasear sus cuatro patitas. Siempre fue pequeño, de tamaño, pero grande de espíritu. Era un elemento más de la familia y que yo particularmente asocio con parte de mi vida. Es inevitable. Con el paso de los años, su luz se fue apagando, al mismo tiempo que yo me iba haciendo mayor y que dejaba de ir con tanta frecuencia a la casa de la tita. Esa casa que me trae muchos recuerdos de la infancia y donde siempre me han cuidado y tratado de maravilla.
En esa misma casa donde pasó sus años el 'Potis'. Ayer mismo me enteré que había dejado su espacio entre los vivos. Y aunque sus ladridos ya no los podremos volver a oír, sus recuerdos permanecerán para siempre en mi memoria. Noté ayer cuando me lo dijo mi madre que una parte de mi pasado se estaba alejando, desapareciendo. Señal de que todo sigue fluyendo, pero sin querer olvidar la grandeza de aquellos detalles que te marcan. En este caso un perro muy especial.
Hasta siempre, 'Potitos'.
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