21.8.10

Recuerdo de verano


La calor me ha expulsado de entre las sábanas. Ahora sí que se parece más al agosto de todos los años. Tenía un mosquito zumbando en la periferia de mi campo auditivo que ha acabado por derrotarme. Mala faena volver tras una noche de fiesta con casi las primeras clarianas y no poder dormir mucho. He recordado épocas de ir hasta Sant Cugat, a sus famosas carpas, allá poco antes de empezar la universidad. Era el primer verano en el que pasaba agosto en la ciudad, en el barrio, tras aquellos mágicos años de camping primero y luego las semanas efímeras en el pueblo de mi padre. También tenemos un perro que ha venido hace poco que abraza al vecindario más cercano entre calurosos ladridos, supongo que cuando se siente sólo porque su dueña ha salido. Es un pastor alemán, grande y robusto que lo veo frente a mí asomándose a la ventana cuán guardián por el día, manso por la noche.

El primer año que fui al pueblo a pasar las vacaciones en sí con mis padres no conocía a nadie. Así que una buena mañana se presentó en casa de mi abuela la nieta de una de sus mejores amigas (y vecina). Derrochaba simpatía y se la veía muy maja. Por casualidad pasaban por la calle algunos amigos y me los presentó, de forma que me invitaron para ir a pescar con ellos al río. Yo, lo que es pescar, lo dejé para otra vida...así que me bañé, jugamos a cartas y me comí el bocadillo de la merienda con ese pan tan especial y rico de la panadera del pueblo. Precisamente por la noche conocí al resto de la peña y entre esas personas a la hija de la panadera, con quien hice desde un principio muy buenas migas. Tantas, que un chico que iba detrás suyo se ponía un poco celoso. Cuando me fui a dormir esa noche estaba embriagado por la emoción y las sensaciones; había conocido muchas chicas en poco tiempo y no me era fácil asemejar cada nombre con cada rostro. Me habían parecido muy guapas en general y especialmente dos morenas. Una chica decían que iba a ser con toda seguridad la máxima belleza cuando llegaran a quintos. No les quitaría yo la razón...

La otra morena me acabaría gustando tres veranos después. Aumentar la leyenda de enamoradizo en verano era típico desde tiempos inmemoriales, cuando cada julio o agosto me prendaba de alguna extranjera -alemanas mayoritariamente- produciéndome un vacío interior y existencial cada vez que se marchaban de retorno a su hogar. Incluso en aquellos tiempos soñaba con algún día (a estas alturas pasado el tiempo) encontrarme a alguna de ellas. No existía el facebook ni las redes sociales así que todo era un poco más complicado que ahora. Aquella morena fue inevitable que me acabara gustando y ni siquiera nunca se lo dije claramente porque sabía que no iría a ningún lado y los temores golpearon más fuerte que las esperanzas. Así que la mantuve idealizada pero en silencio, aunque muchos intuían o sabían que ella me gustaba. Una noche de entonces, estando de camping con muchos de la peña, la vi con otro chico y me maldije a mí mismo por cobarde y miedoso. Una amiga suya me dijo que entre nosotros nunca podía haber pasado nada (en teoría éramos, somos primos lejanos, nada de sangre en común). Acabé rallado esa noche pero sobre todo triste, notando aquél vacío que sufría cuando la alemana de turno se iba para su país desde l'Empordà tras las vacaciones.

Desde aquél año no he vuelto al pueblo. Ha pasado el tiempo pero sigo recordando a todos ellos. Hoy es el cumpleaños de aquella chica y aunque no sabía que iba a acabar hablando de todo ello, siempre es grato saber que la vida es como un pañuelo y que a veces tienes las sensación de que todo gira, desconociendo que lo único que hacemos es dejarnos llevar a lo largo de ese círculo imaginario que algunos llaman destino y otros azar. Y que en esa especie de círculo es como si algunas cosas se repitieran con distintos personajes y en otro paisaje, pero tú sigues siendo el protagonista principal. Ese protagonista que entre piedras y obstáculos vas dejando huella por el recorrido y haciendo camino al andar.

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