Era el anochecer y soñé que te perdía. Un escalofrío sutil y temible recorrió mi tenue piel. Yo me hacía muy pequeño a cada segundo que pasaba y ya todo parecía oscuro. Tan oscuro que las lágrimas transparentes parecían el sol en aquél paisaje de tallos fúnebres y desesperanza. No había rincón para el pensamiento; todo lo ocupaba la sinrazón; dejándome llevar por el sufrimiento y la agonía del que se rinde sin contemplar ningún rayo de ilusión y ya no digamos esperanza. La vanidad más despreciable se había transformado en egoísmo y desolación. Ya no tendría de qué presumir ante nada ni ante nadie. Entonces me miraba al espejo y aparecía una sombra elevándose detrás de mí, envolviéndome en una especie de capa negra, y me llevaba consigo. Los ojos se me cerraron de golpe y caí profundamente dormido, sin conciencia del tiempo ni el espacio. Pero sudaba de forma vehemente y mis labios se mordían mútuamente reflejando la angustia y el dolor.
En ese preciso instante me desperté sobresaltado. Afortunadamente había sido sólo una pesadilla y no parecía real. Intenté volver sobre la almohada deseando soñar la próxima vez algo más bonito y me dormí tal lirón ensimismado pensando en aquello que era capaz de transformar la más cruel de las pesadillas en un arroyo de ilusiones, sueños y esperanzas. Aquello tan bello que al mirarme al espejo siempre aparecía conmigo, como si hubiera decidido acompañarme siempre. Una luz, una llama, algo tan real...
Si tu no estás aquí, me falta el sueño...
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