8.12.10

De vuelta

El camino de vuelta a casa se abre al paso. El perro de ayer no estaba esperando para lanzar un ladrido de poca cortesía. Preparas los auriculares para quedarte un poco sordo con el móvil. Pistas aleatorias para que el trayecto no se haga monótono. Comienza a sonar. Tus tímpanos serían capaces de escuchar todas esas canciones, una detrás de otra, una y otra vez, sin cansarse. Entonces te invade el sentimiento de culpabilidad cuando un indigente en el vagón pide algo de dinero para tirar adelante. Manco, con la mirada perdida, su alma hace tiempo que dejó de respirar. Uno se siente responsable de esa situación. Una asertividad ciertamente cómoda ya que pasado el tiempo esa sensación de tristeza y ese mar de lamentos internos va menguando poco a poco. Es como un sentimiento periódico al que acudimos cada vez que nos encontramos en situaciones similares y que luego desaparece. ¿Y si algún día fuéramos aquél otro pobre ciudadano? 

Esa imagen de la desgracia y la pobreza real te invade unos minutos. Un par de canciones, seguramente. Entonces tu mente sigue dibujando la travesía a la velocidad que se sucede el cableado de los muros de hormigón observados más allá del ventanal. Oscuro, tétrico. Con la mirada sigues desafiando a tus compañeros de sendero, desconocidos. Desconfías de sus muecas. Estás en tu universo pero disimulando, sin que se perciba demasiado que estás alerta. Marcando territorio. Te has construído tu propio habitáculo en ese asiento y te quieres sentir como en tu hogar de cada día. 

Van sucediéndose las paradas hasta llegar a la docena. Te bajas donde siempre. Tu casa. Y al llegar a ella, justo antes de emplear las llaves para poder entrar, una fugacidad de imágenes y recuerdos te ilumina por dentro. No ha sido un viaje como cualquier otro. Has experimentado casi las mismas sensaciones que de costumbre pero te has dado cuenta de algo. Parte de tu vida está en esta casa, sí, en la que te has críado, pero seguramente la parte más importante de tu vida está allí, en aquello que has dejado justo antes de emprender el camino de vuelta. En aquello que te hace desear latir y respirar para siempre.

1 comentario:

juanito dijo...

lo has narrado tan bien que pensaba estar viajando en el mismo vagón, actualmente solo un paso separa la vida cotidiana de la marginalidad, un abrazo.