Al instante de conocerse la decisión de 'King James' -su apodo más conocido desde su llegada a la liga- toda la ciudad de Cleveland y el estado entero de Ohio eran un hervidero de sensaciones contradictorias. Se sentían estafados, tristes y llenos de ira. Sentían que un hijo de esas tierras abandonaba y se rendía en busca de una forma quizás más sencilla de buscar el triunfo, su máximo deseo, pero menos honrosa y valiente. Unas sensaciones que algunos mostraban como veremos en el siguiente video:
Y, en casos así, pasiones ciertamente bajas, alimentadas por la rabia, hicieron que algunos aficionados incluso llegaran a quemar camisetas y productos de la estrella de la NBA:
Es preciso apuntar que ningún equipo de las ligas profesionales del estado de Ohio ha ganado un título desde 1948, cuando lo hicieron los Cleveland Indians en las Series Mundiales (MLB). Si contamos el título ganado por los Cleveland Browns en la NFL cuando aún no se habían unificado ésta y la entonces AFL -hecho que ocurrió en 1970- el último campeonato profesional de un conjunto de Ohio data de 1964. Es comprensible que se pueda hablar en la cultura popular deportiva estadounidense de la maldición de Ohio. Un estado y una ciudad de clase trabajadora en su conjunto, que siempre ha respirado al margen de los aires de grandeza de las grandes metrópolis de la costa Atlántica como NY o Boston o de la bahía californiana como LA o San Francisco. Casi podríamos hablar de antagonistas, entre ellas y Cleveland.
LeBron James,precisamente, había representado la gran esperanza para un pueblo ansioso de victorias. Una figura local que despuntaba ya por todo lo alto en su época de High School, siendo tres veces 'Mr. Basketball' y ganando tres veces el campeonato estatal con el instituto St. Vincent - St. Mary. Además, por fortuna del destino, cuando se declaró elegible para el Draft de 2003, los Cleveland Cavaliers obtuvieron el derecho a elegir primeros tras el tradicional sorteo. No había más que añadir: LeBron James defendería los colores del único equipo emplazado en Ohio de la NBA.
Todo el mundo estaba pendiente de él y muchos expertos coincidían en que era el auténtico herededo de Michael Jordan. El legítimo candidato a sucederlo en el trono. Pero si Jordan ha sido elevado a la categoría de divinidad por méritos propios, LeBron James es pese a todo lo obtenido a nivel individual en la liga, un rey sin corona. Después de su decisión más si cabe, las comparaciones se hacen cada vez más odiosas y no sólo se ha ganado la antipatía de sus antiguos fans sino en muchos rincones del país (e imagino que fuera del mismo para otros tantos seguidores de la NBA). Ya no se habla de él como el nuevo Jordan. Incluso se afirma que renunció a defender a su equipo de verdad cuando fue vapuleado por Boston Celtics en los pasados playoffs. Que había elaborado su plan de traición antes de todo ello. Y para añadir más leña al fuego, el propietario de los Cavs, Dan Gilbert, ofreció a los aficionados una misiva en contra del jugador poco después de conocerse su intención de fichar por Miami Heat. Llamaba casi a la rebelión contra el que había sido su jugador franquicia.
Desde entonces, todos los fans de los Cavaliers y el estado entero de Ohio esperaban ansiosos la fecha del partido en que los Heat visitarían el Quicken Loans Arena de Cleveland o 'The Q', como popularmente se le conoce al pabellón que otrora idolatraba a LeBron. El sorteo del calendario decidió que el retorno quedara fijado para el jueves 2 de diciembre.
Y aunque quedaban muchas semanas hasta entonces, en la ciudad ya habían decidido quitarle el derecho a la corona al que consideraban su legítimo rey. Así, simbólicamente se acabó por desmantelar el cartel famosísimo de Nike que anunciaba aquello de We are all witnesses. Desde luego que todos éramos testigos y queríamos seguir siéndolo, sin perdernos detalle de la vuelta a casa de quien había sido la esperanza de todo un pueblo.

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