12.6.11

El chupa chups de la victoria


Tenía un chupa chups guardado en el bolsillo izquierdo de la cadazora tejana. Había decidio ponerse la marrón clara, otoñal. En esos días no parecía estar respirando el mes de junio. Además, así combinaría mejor con los zapatos de similar tonalidad. Había que cuidar los detalles. La estética. Recordaba mientras desenredaba los cables de los cascos algunas anécdotas que se antojaban recientes en su interior, marcadas con fuego ardiente. Toda aquella historia del chupa chups de la victoria...

Quizás todo había surgido con aquél relato que escuchó por televisión de Red Auerbach, el mítico entrenador de los Celtics que desafiaba a los rivales encendiéndose un puro en pleno transcurso de partido. Ese puro lo bautizó como el de la victoria. Y se lo fumaba aún cuando su equipo iba perdiendo. Tanto para alentar a los suyos e impregnarles de confianza y seguridad en el triunfo como para tocar la moral del contrario. A la vista de los resultados, aquellos puros mágicos funcionaban.

Pues él, por su parte, tenía los chupa chups de la victoria...

Confesó a sus chavales el secreto. Solía empezar a degustarlo tras el descanso. Tuvo su efecto rápidamente. Partido a partido le preguntaban si se había traído el famoso dulce con el palito de plástico. Se reservaba los de sabor cola para los partidos importantes. Eran su favorito. La superstición fluía por doquier. En el rostro inocente e ingenuo de los niños se reflejaba la bondad. La alegría innata por conservar ese secreto. La piedra filosofal del conjunto. Algo intangible a lo que agarrarse cuando no podían navegar por aguas tranquilas. Cuando desde el campo se giraban hacia su posición y veían algo blanco y delgado saliendo de su boca, se tranquilizaban. Ganaban en confianza. Se sentían más seguros de ellos mismos.

Volvió a la realidad cuando sacó del bolsillo aquél chupa chups. Y con agilidad apartó el plástico que lo recubría. Entonces, con suavidad y mimo fue balanceándolo de lado a lado; la lengua ejecutando con maestría y precisión los movimientos más complicados. Entre tanta emoción y concentración había casi descuidado que se encontraba en un lugar público como el metro. Sentado, a las pocas paradas de ponerse en marcha aparecieron una madre y su hija en escena. Se sentaron enfrente de su posición. La niña pequeña, de origen afroamericano, no dejaba de mirar atenta y atónita el chupa chups. Él se dió cuenta y se recreó un poco más en el arte para sacar una tierna sonrisa a la cría. Al verla reír se acordó de sus chavales. De aquella ingenuidad e inocencia que nadie jamás se debería atrever a interrumpir. La niña hacía ademán con sus ojos de querer probar el caramelo. Desorbitados, casi salivaba de la intención. Del capricho.

Llegaba la estación en la que se bajaría para iniciar un nuevo día laborable. Que se prometía largo. Por eso había ocultado otro chupa chups de reserva en el único compartimento interior de la chaqueta otoñal. Al percatarse mientras se dirigía a la salida que la niña le seguía mirando, algo triste y con la mirada menos brillante que hacía unos minutos, acudió rápido hacia ella y le regaló el chupa chups que le quedaba. La niña sonrío mucho más que antes y le brindó con un balbuceo de "gracias" que acompañó de una carcajada muy pueril. Él le guiñó el ojo y se esfumó rápidamente entre la multitud.

Alcanzada la calle, se sintió realizado. Digno. Había compartido la ilusión del chupa chups de la victoria. Se había ganado el corazón y simpatía de una niña muy pequeña que hacía que ese día cobrara ya sentido para siempre.

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