15.6.11

Todos los caminos llevan al Bosco (3ª parte)


Casi no me lo podía creer. Andas tanto tiempo detrás de algo que cuando lo consigues, hasta que no te ves a ti mismo en la oficina y empezando con tus funciones, no puedes asegurarte de que no es ficción. No contuve la emoción al principio. El destino al final me había reservado una oportunidad en una compañía de gran consumo de renombre y conocida por todo el mundo. Quién no ha comido alguna vez en su vida Lay's, Ruffles, Dorito's... No me lo creía. Fue superior lo que sentí al enterarme de la buena nueva que al haber conquistado matemáticamente el campeonato con los no tan críos 5 días antes.

Pero... ¿Por qué? No, no creo que Mourinho tenga la respuesta.

Haber ganado la liga a falta de cuatro jornadas no era suficiente y aunque no lo exteriorizaba demasiado, debía mantener intacta la motivación en el grupo para seguir luchando y trabajando por nuevos retos. En el fondo, ellos y yo sabíamos que acabábamos peleando no contra el resto de rivales -sin faltar el respeto- sino contra nosotros mismos. Cuando a priori pareces superior y que los contrarios te conceden la ventaja antes de saltar al césped te cercioras de que no debes sino intentar superarte a ti mismo. No fue un camino fácil. Canalizar positivamente la ambición en un colectivo acostumbrado a ganar y por goleada prácticamente cada fin de semana acaba pasando factura. El hambre por competir tiene a largo plazo rendimientos marginales decrecientes. Ahí pienso que está la clave del equipo que he tenido la suerte de entrenar. Aunque hubo días malos. Entrenos no dignos. Alguno pésimo. Pero ellos hasta la fecha no se han cansado de jugar. Resalto el hecho de que no digo ganar sino jugar. Siempre les recordaba por si hacía falta que debían salir al campo a disfrutar y hacer lo que mejor sabían. Jugar al fútbol de la forma que habíamos intentado ir trabajando entreno tras entreno porque sería sinónimo de disfrute. Un juego colectivo por encima de las no escasas individualidades que tenía en el grupo.

Así que el reto que traté de transmitir fue el de seguir comprometidos con la excelencia. Con nuestros valores dentro y fuera del campo para tratar de hacer historia. Dejar huella acabando la temporada de manera perfecta. Con todo triunfos. Por otro lado, saber que empezaría como trainee en PepsiCo me dió alas y confianza para intentar terminar de la mejor forma posible. Claro que me hubiera encantado encontrar empleo antes. Buscar en la actual coyuntura económico-laboral ni es fácil ni es un proceso agradable, pero en mis sueños podría haber dibujado un escenario en el que encontrara algo siendo ya campeones. Era como sentir que el trabajo estaba hecho. Satisfacción.

Pero no...

Faltaban cuatro partidos. No iba a ser fácil. Nadie nos había regalado nada. Quizás esa presión de sentir que en cualquier momento podía encontrar trabajo -es un decir- y tener que dejar de entrenar, me hizo plantearme las cosas con muchas ganas y ambición, aunque pudiera uno llevar a realizar lo contrario. Quería que pasara lo que pasara en mi vida, cuando me fuera, estuviéramos lo más arriba posible. Ya no en la clasificación sino como grupo humano. Porque ellos, mis jugadores, nunca me fallaron. Siempre han estado ahí. Y yo he intentado estar con ellos. Hasta el final.

En los procesos de selección compites en las primeras fases, que suelen ser dinámicas de grupos, contra otros tantos candidatos. Que han estudiado lo mismo y que tienen más o menos experiencia. Ahí yo siempre tenía las de perder. Ni trabajos destacables ni prácticas más allá de mi actividad como entrenador de fútbol base. En PepsiCo había mayoría de perfiles procedentes de Esade. Solo un servidor de la Pompeu. Entonces me acordé de KPMG, cuando el primer día fui el único de los presentes que no había hecho prácticas. Pese a todo, pasé a la siguiente fase y en teoría estoy esperando aún. Me faltaba socio tan solo. Son momentos algo incómodos en que te sientes por qué no decirlo, inferior. Todo lo contrario que desde la banda. Tenía tanta confianza en los jugadores que entrenaba que aunque no empezáramos muy enchufados como contra los colistas (Martinenc) o la Montañesa, que se adelantó en el marcador, estaba convencido de que se inclinaría el destino a nuestro favor. En partidos que no arrancábamos con la marcha adecuada dejaba pasar unos cuantos minutos sin dar demasiadas instrucciones. Observando y dejando que ellos mismos se dieran cuenta de qué estaban haciendo de manera desacertada. Si había errores graves como falta de confianza, ilusión y falta de entendimiento por ausencia comunicativa entre compañeros entonces sí que levantaba la voz para llamar la atención. Pidiendo calma en todo momento y más intensidad con el balón. Confianza, mucha confianza.

Solo viendo el calentamiento sabía si saldríamos bien o no. Así, el día de la Vila noté en ellos algo especial. Vi en sus ojos que querían liarla en el buen sentido. Fue un recital. Acabé muy satisfecho. A la semana siguiente, cuando el Barça se coronaría campeón de Europa estaba previsto que terminara la temporada. Vencimos 3-8 a la Montañesa. Pero quedaba un partido aplazado, contra el Turó de la Peira. El destino quiso que finalizara contra el mismo rival que tantos recuerdos me traía. Mi corazón sentía lo qué había pasado antes y después del partido de ida. Cómo me encontraba en aquellos momentos. Y pitó el árbitro. 12-0. No era consciente aún pero allí lo habíamos logrado. En casa. El primer jueves del mes de junio. 28 victorias en 28 encuentros. Saludé al entrenador rival y a los jugadores del Turó y me fui hacia el banquillo. Rápidamente, al volver la vista hacia el campo vi a los alevines acercarse. Portaban una bolsa. El gran delegado que he tenido esta temporada, Tony, me dijo que no me iba a librar de tener algún regalo...

Una camisa de manga corta que va entallada totalmente a mi cuerpo de S. Y...unas dedicatorias personales escritas para la posteridad. Me dijeron los no tan críos que las leyera en voz alta. Pero a la segunda ya era todo un poema. Todo un océano de lágrimas que no encontraba el consuelo. Ellos me rodeaban en círculo mientras estaba profundamente emocionado. Cada una de esas dedicatorias significaba todo para mí. Daban sentido a toda la lucha interior y exterior por lograr unos objetivos. Por buscar al fin y al cabo ser feliz con esto del fútbol. Lo que tanto he amado. Apenas podía pensar en que tenía una cena de trabajo -la primera- en una hora y media. Y en que debía hacer muchos esfuerzos para ocultar la emoción del momento. Todo se consume de repente casi sin querer en unos segundos. El sacrificio, las ilusiones, las intrigas personales vitales, las frustraciones, el compromiso con aquello que haces. Todo se condensa en esa multitud de lágrimas. Las mismas que cuando me dijeron que podía empezar al siguiente lunes. O las mismas que en las Bodas de Plata de mis padres cuando salí en público a intentar improvisar un discurso. Que duró digamos 10 segundos ya deben imaginar por qué...

Me abracé a todo el equipo. Vi algunos rostros algo desencajados, también embriagados por las circunstancias tras prácticamente 4 temporadas juntos. Hubo un abrazo especial entre tanto sabor a despedida. Posiblemente con el jugador más difícil de dirigir por su mentalidad dentro y fuera del campo. Lo conozco desde pequeño ya que jugué con su hermano a fútbol en el Bosco y fuimos juntos a clase. El más rebelde porque tiene dotes de liderazgo y es capaz de armarla en un sentido o en otro. Ha sido el mayor reto individual canalizar su motivación por el bien del equipo. Y creo que lo he logrado. Ha ganado en personalidad futbolística y se ha erigido en un auténtico referente para el colectivo ayudando en todo momento y sacrificándose por el bien de todos. Me fundí en un abrazo con él. Era el símbolo final. La metáfora ideal para poner el cierre a algo que estaba a punto de terminar. Aquél que siempre quería tener la razón y ejercía de abogado del diablo dentro del grupo como macho alfa sabía que debía seguir mis consejos y directrices. Que eso era el respeto y la disciplina. Y me lo agradeció.

Luego Nacho me dijo que era muy grande, felicitándome y alegrándose tremendamente por mí y los niños. Yo estaba en otro universo. Flotando. Y me fui para casa. Sin echar la vista atrás. Aún quedaban un par de torneos para acabar con el mejor sabor de boca posible. Al llegar a mi habitación intenté releer las dedicatorias pero me desestabilicé emocionalmente al momento. Mi madre me fue a consolar y me dijo la sabia frase de que:

"Jordi ya lo sabes tú muy bien, esto es la vida...'"

To be continued...

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