¿A qué huelen los recuerdos? ¿Qué forma tienen? ¿Por qué a veces parecen tan fríos y distantes, y otras veces, tan cálidos y próximos? ¿A qué sabe el anhelo? ¿Cuánto de agridulce resulta el olvido?
No entendía por qué esas preguntas navegaban a su alrededor. Alborotadas de un lado hacia otro mientras no podía evitar que la botella de ginebra cayera violentamente contra el suelo desde el costado este de la mesita de noche. Justo al otro lado de la misma, un sobre. Dentro, una carta escrita a mano con una caligrafía delicada cuya firma estaba incompleta y con una gota oscura justo a continuación de las primeras letras de aquél nombre tan musical.
La cabeza le daba vueltas. Quizás era la habitación la que se movía. Sin sentido. Como si su cuerpo estuviera montado en una de esas montañas rusas al tiempo que su cabeza y pensamientos yacían aletargados en otros lares. No lo entendía. No había respuestas a sus preguntas. Le ardían tantas cosas por dentro que era incapaz de mantener la concentración en busca de alguna conclusión acurada y acertada. También le quemaba el estómago por dentro. Demasiada ginebra por la noche anterior. Buscando el olvido. Desesperado. Prefiriendo ahogarse en su propio llanto y soledad. Sin ánimos por mirar hacia adelante.
Nunca te olvidaré. Pero me tengo que ir. No soy feliz contigo. No te puedo querer como antes. Ya no más. Los tiempos han cambiado. No soy la misma que cuando nos amábamos. No puedo seguir así. Adiós.
Lau
Y la gota oscura allí mismo. El blanco papel apenas arrugado. Lo había cogido con tanto mimo que apenas lo sostenía con la respiración mientras a cada palabra, a cada frase, le temblaba el corazón. Solo pudo recordar de memoria el final de esa carta. Era incapaz de volver a releer el resto. Le dolía demasiado. No quería asumir la realidad. Solo seguir preguntándose continuamente, '¿por qué?'
Tendría que volver a comprar más Ginebra si quería seguir por aquella senda ese día también. No se reconocía en el espejo cuando decidió cambiar de postura. Alcanzó el lavabao arrastrándose, medio moribundo. Había envejecido 20 años de golpe. Su mirada no transmitía nada. Soledad, tristeza, ansiedad. Incluso el chorrito de la ducha le parecía patético y desagradable. No le sirvió de nada. Cuando tan solo algunos días atrás, aquello hubiera sido la gloria. Allí tenía demasiados recuerdos grabados con fuego.
Salió a la calle. Hacía un frío descomunal pero no se había abrigado demasiado. No daba la impresión que fuera a ser un invierno tan duro como los dos anteriores en la gran ciudad. Aunque para él, la ausencia de calor era en esos instantes, el menos importante de sus males. Se dirigió a la parada de metro más cercana. Con paso lento e inseguro se acercó hasta el borde del andén, lo justo para seguir manteniendo la verticalidad sobre el piso. Miró hacia la izquierda en busca de las luces del tren. Aún no se visualizaba foco alguno. Apenas había gente en la estación así que no llamaba mucho la atención con esa actitud tan desgraciada y tamaña falta de cordura.
Dos minutos después, se acercaba el metro. Se iba a decidir por saltar al vacío, pero justo cuando notó muy cerca el pitido del maquinista a modo de última oportunidad, dio un par de pasos hacia atrás con tan poco estilo que acabó tropezando consigo mismo, asustado en sus propios miedos y temores. Estirado en forma de cruz sobre el andén, se negó a recibir ayuda para levantarse aunque apenas tuviera fuerzas, ganas y energía para ello. El metro siguió su curso, alejándose más allá del túnel donde reina la oscuridad. Y no fue hasta transcurrido un buen rato que un funcionario le hizo entrar en razón, echándole una mano.
Volvió a casa y cogió la cuchilla de afeitar. Por un instante dudó en si clavársela a la altura de la yugular pero rápidamente desistió. Se volvió a duchar. Esta vez con agua más fría y tras remojarse, se quitó la barba y el bigote que le añadían más años. No sabía cuánto tardaría en volver a sonreír pero comprendía que al fin y al cabo, no estaba tan solo. Necesitaba comprender que la vida no terminaba allí. Y volvió a ver las mismas imágenes que en el andén, cuando pensó en dejarlo todo. En tirar la toalla y abandonar. Sus padres y sus amigos. Estaban ahí. No vio pasar la vida en imágenes sino que contempló en décimas de segundos todo aquello que no estaría si decidiera saltar abajo.
Y puede que no fuera la última botella de Ginebra que se estampara contra el suelo de la habitación, pero solo el tiempo podría curar las experiencias desagradables de la vida. Solo él tenía la llave de su destino. Porque no había camino para la felicidad. Sino que la felicidad era el camino. Debía tener una fuerza de voluntad especial para seguir adelante porque la vida continuaba. No podía terminar ahí. No.
Por eso decidió escribir una carta. A ella. Y fue entonces cuando encontró algo de paz consigo mismo. Escribiendo. Lo próximo que pensó fue en terminar aquella novela incompleta que había abandonado por simple dejadez y publicarla. Quizás aquél día en el metro volvió a nacer. Justo cuando había decidido dejarlo todo para siempre.

No hay comentarios:
Publicar un comentario