Hay recuerdos que sin saber bien por qué permanecen guardados entre flores en algún rincón de nuestro interior. Lo puedes llamar corazón, alma... En un bello jardín disfrutan de un retiro casi eterno. Para siempre. Y, de la misma forma que llaman a la puerta, vuelven para descansar allí de donde han venido. Como algo efímero. Puntual, pero intenso.
12 años. Corría el verano del 2000. El mes de julio. En el camping. Habíamos disputado el prestigioso torneo internacional de la Donosti Cup con el equipo de fútbol tras ganar la Liga. Había sido una experiencia maravillosa. Única e irrepetible. Solo el paso del tiempo te hace comprender la magnitud de vivencias similares. No sin producir algo de nostalgia, inevitablemente.
Empiezas a conocer tu cuerpo. No con poca ingenuidad e inocencia. Y no sé cómo empezó todo pero de repente apareció un cisne negro a mi alrededor. Era capaz de verlos a todos blancos. Menos a uno. Era una chica alemana. Algo que deduje de la matrícula del Wolkswagen. No recuerdo pero grabé en mi memoria que procedía de Rostock. Era rubia, de cintura estilizada y piernas de atleta de fondo. Una cara perfecta. Todo simetría y armonía. No tenía ningún defecto. Era preciosa. Como un ángel caído del cielo. Con su piel dorada por el aroma soleado de la Costa Brava. Aquello era lo más bello que había visto hasta entonces en mi vida.
Cada vez que pasaba con la bicicleta por delante de su parcela, asomaba con no demasiada agilidad la cabeza para ver si estaba ella. Se me aceleraba el corazón repentinamente. Incrementaba el pedaleo y seguía con esa especie de ritual de cortejo pueril y grácil. Mi inglés estaba empezando a madurar a marchas forzadas por aquél entonces. Sin embargo, era todo timidez y aquella germana que consumía mis pensamientos y deseos de cariño me cortaba el aliento. Me dejaba sin respiración y apenas podía ver la realidad tal como era. Hasta que un día una amiga suya me preguntó si me gustaba Daniella, que así se llamaba la princesa que vino de Alemania. Le contesté que 'yes, a little bit'. Me moría de vergüenza y además pensaba que era un poco idiota o mucho al haber mentido. Porque la chica me encantaba. No 'a little' sino 'a lot'.
El paso de los días era incesante. Tan constante que me hacía pensar en el día que marcharía para su tierra de nuevo. Aunque trataba de no llegar a eso nunca, porque me apenaba. El tiempo parecía una gacela huyendo de su depredador en plena sabana. Pero allí estaba ella, mañana tras mañana. Y yo, que cogía la bici para pasar delante de ella y mirar de reojo para contemplar la perfección esculpida en una chica.
Cada vez que pasaba con la bicicleta por delante de su parcela, asomaba con no demasiada agilidad la cabeza para ver si estaba ella. Se me aceleraba el corazón repentinamente. Incrementaba el pedaleo y seguía con esa especie de ritual de cortejo pueril y grácil. Mi inglés estaba empezando a madurar a marchas forzadas por aquél entonces. Sin embargo, era todo timidez y aquella germana que consumía mis pensamientos y deseos de cariño me cortaba el aliento. Me dejaba sin respiración y apenas podía ver la realidad tal como era. Hasta que un día una amiga suya me preguntó si me gustaba Daniella, que así se llamaba la princesa que vino de Alemania. Le contesté que 'yes, a little bit'. Me moría de vergüenza y además pensaba que era un poco idiota o mucho al haber mentido. Porque la chica me encantaba. No 'a little' sino 'a lot'.
El paso de los días era incesante. Tan constante que me hacía pensar en el día que marcharía para su tierra de nuevo. Aunque trataba de no llegar a eso nunca, porque me apenaba. El tiempo parecía una gacela huyendo de su depredador en plena sabana. Pero allí estaba ella, mañana tras mañana. Y yo, que cogía la bici para pasar delante de ella y mirar de reojo para contemplar la perfección esculpida en una chica.
Ella con aquél modelito de pantalones pirata de color blanco, las adidas clásicas con las franjas rojas y una camiseta estilo top del mismo color que dichas franjas. A juego. Combinando magistralmente. No obstante, a pesar de su belleza, fue elegida como Dama de Honor en el certamen de Miss Camping. Fue un tongo con mayúsculas, ya que la joven autóctona que ganó no alcanzaba su lírica ni poesía. En ninguno de sus versos y ni mucho menos en el conjunto de estrofas. En cambio, Daniella estaba compuesta de rimas tan naturales y dichosas que hasta en la injusticia estaba radiante, más simpática que nunca. Ella era la estrella que más brillaba en un firmamento como aquél, en plena noche de verano. En un lugar idílico como la Costa Brava.
Pero... Llegó el día. Más bien la madrugada. Porque partieron pronto. Me desperté casi al instante que se empezó a escuchar el motor del Wolkswagen. Los días anteriores ya había observado, no sin melancolía, cómo iban recogiendo los bártulos en su parcela. Preparándose para un largo viaje. Deseaba poder meterme entre el equipaje. Ni que fuera en aquél amplio maletero. Pero más aún, hubiera querido adentrarme en el corazón de la princesa alemana para que cada mañana sus latidos me sirvieran de despertador. Para que llegado el momento de mirarme ante el espejo para desperezarme, no viera sino su mirada en mis ojos. Para poder tocar su piel dorada que desprendía olor a jazmín. Poder acariciar su rubio cabello y adivinar a que sabían sus labios color de fresa. A jugar como en aquellas películas que siempre tenían un final feliz.
Se alejaba con su familia. Rumbo a casa. Sentí un vacío como nunca en mi cuerpo y mi cabeza dibujaba el anhelo a cada pensamiento. Cada recuerdo iba acompañado de su imagen. Su sonrisa clavada en mi interior. Tanto que no pude ocultar por la mañana una sensación de tristeza y pena. Se me notaba distinto. Algo había crecido ese verano en mí y no sabía bien qué era ni cómo llamarlo. Y, ahora que han transcurrido los años, tampoco sabría bien cómo definirlo. Solo sé que fue seguramente la primera vez en que vi un cisne negro en medio de un lago lleno de cisnes blancos. Que desde entonces soñé con volverme a reencontrar con Dani algún día. Imaginando que cuando fuera más mayor y cumpliera los 18, me iría a su país a buscarla.
Ahora ya han pasado 11 años y no la he vuelto a ver. Sin saber por qué, en una jornada como hoy mi anhelo ha salido a la luz. No es la primera vez ni supongo que será la última. Porque hay recuerdos que permanecen guardados entre flores en algún rincón de nuestro interior. Dispuestos a salir a flote en cualquier momento. Por muy inesperado que parezca.
A Daniella, un bello cisne negro que apareció en mi vida cuya huella parece imborrable a pesar del paso del tiempo.

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