Quizás si escribo me alejo de la siesta que me está acompañando estos últimos días. No ha sido cosa de 30' sino de 3h, así que luego llegada la noche no tenía demasiado sueño. Si te levantas de una siesta casi a las 9 de la noche...milagros a Lourdes, que diría aquél.
Lo he pensado en el metro. Además un señor se ha subido en una de mis últimas paradas pidiendo dinero ya que acababa de salir hacía 10 días de la cárcel y le echaban del piso por deber 25€. Por otro lado, la lectura del último artículo de Sala i Martín también me hizo cuanto menos reflexionar un poco. Siento que debo escribir algo.
Aproximadamente un 30% de la población mundial -eso son muchos millones de personas, creánme- vive sufriendo los efectos perversos del hambre y la mal nutrición. Es una realidad que solo con la parte de la comida que simplemente no consumimos, todo aquello que desechamos, se lograría alimentar a toda esa parte de la humanidad. En el primer mundo tenemos a nuestro alcance multitud y variedad de productos, muchos de los cuales no llegamos a consumir nunca. Pero el libre mercado ofrece una amalgama de bienes brutal para satisfacer nuestros gustos y preferencias. Por eso, cada vez que acudimos a un supermercado de turno, encontramos aquello que buscamos, deseamos. Mientras en otras partes del planeta, esto anterior es sencillamente una utopía.
En algunas áreas no se tienen acceso a agua potable ni a alimentos de primera necesidad. En pleno siglo XXI. La distribución de los recursos naturales así como la manera de interactuar entre la oferta y la demanda no entiende de justicia social ni de necesidades básicas. Más cuando a raíz de la crisis económica que ha salpicado a Occidente, y de rebote, a los más pobres como de costumbre, muchos de los inversores cuyo fin último y más preciado es especular, han trasladado sus fondos de ahorros a commodities más seguras en estos tiempos de incertidumbre. Tal es el caso del oro, petróleo y las materias primas. Por eso, se da la paradoja de que se está especulando...¡con la comida! En los mercados de futuros más importantes se invierte en materias primas alimenticias, causando un encarecimiento de sus precios e imposibilitando el acceso a parte importante de alimentos de primera necesidad a porción de la población ya en serias dificultades para nutrirse correctamente. Productos como el trigo, la soja o incluso el arroz, están sufriendo un aumento de los precios descarado. Como si se tratara de acciones de una empresa, los inversores han encontrado una especie de filón en esta coyuntura económica actual.
No solo habría que reflexionar sobre el hecho de especular sobre bienes de primera necesidad cuando las consecuencias son causar más hambre y pobreza a parte de la humanidad, sino que también habría que pararse a pensar un momento en nuestros actuales patrones de consumo. Hablo de Occidente, el primer mundo. Como se quiera. Si en el resto de zonas de menor desarrollo se siguieran los mismos comportamientos consumistas, simplemente no daríamos abasto con la producción actual. Por ello, no hay que dejar de lado la siguiente idea: el sistema capitalista actual o de libre mercado se alimenta de un reparto muy desigual de los recursos -concentrados en manos de unos pocos- y la riqueza. Para que gran parte de la población viva en cotas dignas, otra gran parte debe vivir por debajo de ella. O, directamente, tratar de sobrevivir como pueda. Triste realidad cuando contamos con los mecanismos y recursos para que todo el mundo tuviera una oportunidad de prosperar. Cuando podríamos lograr que todos se fueran a dormir por la noche sin la angustiosa incertidumbrede saber si tendrán agua potable y alimento al día siguiente.
El hambre es una de las tragedias del siglo XXI. Muy real y cruel. A veces para sentirnos mejor, cerramos los ojos a la realidad y ya se sabe: ojos que no ven, corazón que no siente. Pero si he llegado a escribir todo esto es porque uno llega a sentirse impotente ante situaciones así, más cuando la percepción es que las cosas podrían ser diferentes. Que la hambruna y la mal nutrición no tuvieran carácter estructural ni endémico. Que más allá del libre mercado y las decisiones de Occidente, hubiera también espacio para una especie de justicia global. Hablamos de alimentarse. Una máxima y vital necesidad.

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