¿Te has parado alguna vez a contemplar estirado las nubes que navegan por el cielo? Mientras golpea una suave brisa marina tu tez aterciopelada de olor a jazmín y frutas del bosque. Dibujan personajes y formas de todo tipo. Solo hace falta tener un poco de imaginación e ingenio. Las nubes allí arriba van cambiando de postura, recreando pasajes, circunstancias, hasta formar auténticas historias con principio y final. Algunas hablan de momentos de pura entrega y pasión. De todos aquellos segundos en los que dejarse llevar sonaba demasiado bien. Lo efímero es sublime. Sensual. Otras exhiben situaciones tristes, propias de la vida también. Acarrean cierto sufrimiento y se desvanecen rápido en un mar de lágrimas que se evaporan como por arte de magia. Visto y no visto. Incluso algunas parecen mostrar el perro que nunca tuve y siempre deseé o aquellos seres queridos que echo de menos. O que ni tan siquiera pude conocer. ¿No estarán sino allí arriba, velando por nuestro bien?
Quizás echando un vistazo al firmamento cuando el anochecer busca su sitio es suficiente para no pensar en nada. Ensimismado, observas una corriente continua que se mueve en todas las direcciones. Sin orden aparente. Es como aquellas ciudades donde el tráfico urbano es un puro caos. Sin embargo, dentro de ese desorden parece reinar junto a la armonía un equilibrio casi maquiavélico.
Tras cerrar los ojos unos instantes, vuelvo a mirar hacia arriba. Sin duda los aviones vuelan alto. Pero a esas alturas también es posible subir sin necesidad de aparatos con motor. Sencillamente estando tan a gusto que pierdes la noción del tiempo. No hay relojes que cuenten las horas de forma precisa porque la relatividad se despacha a su antojo. Sintiéndote tan bien que es como estar más allá del cielo. Fuera de los límites. Allí donde todo lo que no vemos se hace realidad. En la frontera con los sueños. El lugar donde un deseo sincero puede convertirse en la estrella que por la noche, toda brillante, anuncie un bello amanecer al día siguiente.
Tras cerrar los ojos unos instantes, vuelvo a mirar hacia arriba. Sin duda los aviones vuelan alto. Pero a esas alturas también es posible subir sin necesidad de aparatos con motor. Sencillamente estando tan a gusto que pierdes la noción del tiempo. No hay relojes que cuenten las horas de forma precisa porque la relatividad se despacha a su antojo. Sintiéndote tan bien que es como estar más allá del cielo. Fuera de los límites. Allí donde todo lo que no vemos se hace realidad. En la frontera con los sueños. El lugar donde un deseo sincero puede convertirse en la estrella que por la noche, toda brillante, anuncie un bello amanecer al día siguiente.
Es momento de irse. De dejar de contemplar las alturas. Las nubes te hacen un guiño y te piden que no tardes tanto en volver a encontrarte con ellas. Nunca se sabe. Ellas esconden secretos y enigmas que solo se pueden ver bien con el corazón y desde la bondad. Entonces sonrío. Tengo motivos para ello después de todo.

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