La Costa Brava. Cerca de Platja d'Aro. Una isla medio oculta no lejos de la vida. Allí mismo la había conocido. Su nombre... No lo recuerdo. Cómo era... Morena. De piel. Mucho. Cabello a medio camino entre lo azabache y el otoño. No más alta que yo. Piernas firmes y flexibles. Cintura diabólica. Me perdía si alzaba un poco más la vista entre sus senos aterciopelados que dejaba entrever con su atrevido escote veraniego. Bastó un segundo, quizás dos. Que me quedé prendado de ella. Tenía que volver allí. Me moría de ganas de regresar a la isla cerca de Platja d'Aro. Sentir el calor de la arena en mis pies pero sobre todo notar aquella intensa mirada que parecía decirme todo en un instante. Nada parecía tener sentido.
Ya era el día siguiente. No era sencillo tener noción sobre el tiempo y el espacio. Todo parecía más breve que en la vida real. Pasaban las horas rapidísimas y las distancias se cubrían con escasa facilidad. Increíble.
Recorrí 200 km en bicicleta solo para volver a aquél lugar surgido casi en medio de la nada. Pero muy cerca de Platja d'Aro. Eso estaba claro. La isla se alzaba no muy lejos de mí cuando volví a cruzarme con su mirada. Su silueta brillaba bajo un sol de justicia y solo me bastó verla para recuperar el aliento. El cansancio ya no existía. No recordaba ni que había estado pedaleando un buen rato hasta alcanzar ese rincón. Pasamos un día inolvidable. Hablando, riendo. Riendo, hablando. Sus historias me tenían fascinado al tiempo que sus labios dibujaban la más bella de las perfecciones ante mis expresiones de incredulidad, sorpresa y emotividad.
Entonces, de repente, me dijo que se tenía que marchar. Su casa le esperaba. La acompañé hasta el final. Para acceder a ella tuvo que saltar desde un precipicio hacia abajo. Una distancia nada desdeñable. Sus piernas... ¡Ay qué piernas!, ayudaban a la causa. Yo me quedé arriba observándola mientras me hacía un gesto con la mano. Me decía adiós y me mandaba besos, todo ello combinado con su preciosa sonrisa.
Me desperté dulcemente con una mueca boba entre mis labios. Y comprendí que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son.

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