5.3.10

Cuento sin cuento


En un país muy lejano, pequeñito y variopinto, convivían culturas distintas desde tiempos inmemoriales. Los siglos se sucedían y seguían sin cortarse las raíces de árboles que no ofrecían verdor alguno a los páramos nacionales. Siempre unos querían regar en una dirección, los otros de otra forma.

Cuentan que antaño llegaron a convivir en paz las tres culturas monoteístas por excelencia: cristiana, judía y musulmana. Pasado el tiempo, las etnias son más y más variadas, signo de los nuevos tiempos y de la edad contemporánea repleta de tantos cambios y revoluciones a nivel social, económico y tecnológico.

Un año llegó a lo más alto un Príncipe, heredando sin esperarlo, todo el país. Sus primeros meses parecían dignos de poesía y de atrevimiento. Una nueva forma de dirigir se había instalado en palacio y el pueblo ofrecía una debilidad exquisita hacia el Príncipe. Él, tras una era más comedida empezó a desatarse como alguien altivo y orgulloso. Intentaba acercarse a todos los rincones y palpar el pulso de todos los detalles.

Contentó a parte del pueblo, a minorías y a clases que echaban de menos otra forma de llevar el pequeño país. También se empezaron a orquestar campañas y actos de algunos contrarios al nuevo Príncipe, al que acusaban de Bambi y de no tener dos dedos de frente. Parecía que la tranquilidad y la serenidad, la paz social, arrasaban por los cuatro costados del territorio.

Sin embargo, como había pasado otros tiempos, algunas zonas revoloteaban en busca de nuevos horizontes y metas. Pueblos que pedían más libertad y autonomía dentro de la geografía nacional. El Príncipe trataba de esquivar diplomáticamente los problemas para satisfacer el ego de todos los pueblos del país.

Así terminó su primer ciclo reinando; entonces, se avecinaba para los expertos, una terrible crisis económica cuyo origen estaba más allá de los mares cercanos al país. En otro océano parecía que estaba asomando aquello que llamaban recesión. Aquí el Príncipe negó con los suyos de confianza tal coyuntura, y consiguió así ampliar su mandato un tiempo más.

Pero la Historia no se iba a equivocar y no dejaría de golpear cíclicamente al país. En las calles, la gente salía desesperada a pedir empleo. Los sitios donde tanto tiempo habían acudido a trabajar, o estaban ya cerrados, o se habían trasladado a otras partes de fuera de los territorios más cercanos y conocidos.

Desde un principio, el Príncipe se sintió desbordado por el cariz de los acontecimientos. Ya cada vez más había inclinado la corte entera hacia su fragor, desprendiéndose de todos aquellos que anteriormente habían dado otros aires a su esfera. Cada vez más encerrado y apresurado, el Príncipe tomaba decisiones acorralado en su propio interior, víctima de las prisas y los malos consejos. Conejo tras conejo bajo la chistera, daba golpes a ciegas. Y en las calles, las gentes se reunían, parados.

Allí donde en otras épocas crecía hierba fresca y con un olor envolvente, ahora yacía la desolación, el desánimo y la falta de esperanza. El Príncipe no había sido capaz de revertir los problemas estructurales crónicos que uno tras otro, se encontraban los distintos dirigentes de palacio a lo largo de los tiempos.

El futuro decían que para el Príncipe era negro. Se sabía que faltaría poco para un relevo en la cumbre. El heredero estaba esperando. Pero no iba a ser la solución para el pequeño país. Cambiarían los colores, los puestos, y algunos olores, pero la esencia inquebrantable de la que adolecía el territorio apestaba por los cuatro vientos.

Entonces apareció un mago de la nada, destinado por la Historia para iluminar el camino en plena oscuridad y declive. Decían que habían otros magos por zonas de océanos alejados que habían transmitido confianza y esperanza a sus pueblos. Aquí no sería una tarea fácil pero la población estaba dispuesta a agarrarse a cualquier clavo ardiendo para prosperar.

Sus tierras, sus empleos, sus casas, sus posesiones... estaban arraigadas a ese pequeño país y no querían dejarse vencer por los malos tiempos. Sabían que unidos ellos podrían realmente cambiar las cosas sin esperar al nuevo ocupante de turno de palacio. Otros preferirían tomarse la justicia por su cuenta y optar por decisiones, luchas extremas. Razones tenían todos para encaminarse hacia un valle u otro, pero lo que sí que todos compartían era el sueño humano de vivir en armonía i paz.

Y esos sueños nunca serían robados sino vividos, realizados.

Dicen que pasados los años aquél pequeño país se recuperó y cambió su imagen a mejor. Era bello, rico y tremendamente variopinto en un clima pacífico de convivencia repleto de dignidad, tolerancia, respeto, solidaridad y mucho amor.

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