28.3.10

La música de las hadas


Una noche cualquiera se acercó un hada. Se posó en la repisa y con un toque de su varita a la ventana me despertó suavemente. Apenas había podido abrir los ojos completamente que la tenía posada elegantemente sobre mi hombro derecho. Desprendía un olor delicado y enigmático, de esos que te envuelve en un aroma de frescor y pureza. Brillaba como las estrellas, tanto que iluminaba la habitación de rincón a rincón.

La hada me dijo que no tenía nombre, como el resto de ellas. Su alma era eterna y eran capaces de hacer reír al más infeliz de los humanos. Su magia se extendía por allí donde volaban. Cada hogar al que se acercaban acababa convertido en un palacio de ilusiones, sueños y esperanzas. Entonces voló unos segundos por mi alrededor. Su aleteo era intensamente romántico y ágil. Presumía de belleza, algo coqueta.

Tras su presentación me confesó que había llegado hasta mi habitación por casualidad ya que solía ser un poco impuntual y despistada pese a sus poderes mágicos. Eran tiernamente humanas en el fondo. Entonces de repente cogió su varita y dibujó un pentagrama en el vacío. A medida que iba añadiendo notas, estas iban sonando encadenadas configurando una bella melodía clásica, vital y épica, de esas que te erizan el vello y te causan un cosquilleo que te recorre todo el cuerpo. Ella explicó que sólo yo podía escuchar esas notas musicales y que por tanto no me preocupara por mis padres que estarían sumidos en un sueño profundo. Que esa melodía estaba hecha a medida para mí y que mi vida entera se podía resumir en esa música. Mi pasado, mi presente y mi futuro, mi destino, la inmortalidad del alma...

Que llegaría el día que como al resto de hombres y mujeres, tocaría dar el paso de renunciar a vivir físicamente para cruzar a la otra orilla. Pero que aunque el cuerpo dejara de respirar y funcionar, el alma seguiría sonando por todos los rincones por los que había pasado a lo largo de la vida. Y sonaría precisamente con esas mismas notas que ella misma me había estado dibujando. Que aunque nos vayamos, una parte de nosotros siempre acompañaría a aquellos que han estado contigo, para guiar en momentos de incertidumbre, animar en la tristeza y aplaudir en las alegrías. Para estar siempre ahí.

Y al despedirse dejó recorrer por toda la habitación: La música que tocamos en vida resuena para la eternidad.
Para todos aquellos que creen en las hadas pero que sobre todo sonarán para siempre en nuestras vidas.

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