28.3.10

Descanso


Confieso que ayer tenía previsto escribir. Era la idea. Pero sí algo he aprendido estas últimas semanas, más que finanzas, marketing, estrategias y compañía, es que los sucesos inesperados y no planeados al final son siempre más bonitos y provechosos. Están llenos de una magia capaz de romper los muros de la monotonía, la rutina y de todo aquello que se supone que debes hacer y seguir haciendo.

Eran cinco asignaturas; un trimestre denso. Peor no podía comenzar por el famoso iPod robado que había estrenado recientemente. Entrar a las 9 cada día era peligroso y nocivo para la salud para alguien que ama trasnochar. Entre semana los días son efímeros. De hecho, es una relación de amor-odio la que tengo con el madrugar. Siempre he preferido ir de mañanas para poder combinármelo mucho mejor con el fútbol. Está uno más que acostumbrado a amanecer antes de las 9 cada sábado. Pero luego llegan y se van sucediendo los días, y se hace duro esto de entrar a pronto. Pronto es relativo... otros viven peor, lo sé.

Luego también perdí el paraguas en uno de aquellos días de lluvia, una constante estos meses. Más de un día y de dos, obviaba el estuche en el aula. Entonces en el descanso de la clase siguiente volvía para buscarlo. En un día recuerdo que me ocurrió dos veces. Parecía que no acompañaban las cosas en enero. Para colmo, con el equipo, no ganamos un partido en todo enero puesto que fuimos incapaces de sumar más que un punto contra todos los rivales que jugamos. Eran los Alpes de la liga. Jugamos contra los mejores equipos de forma seguida y no fue bien. Solo pudimos ganar el día del empate pero el árbitro descaradamente nos lo impidió. Sí, también tengo una relación especial con los árbitros... aunque sé que en el fondo sin ellos no habría juego. Muchas veces restan más que suman y perjudican más que ayudan al fútbol base.

Mi padre, por otro lado, estaba desempleado desde finales de verano. Y mi madre, desafortunadamente, se había quedado sin algunos servicios que cubrir. Podían ir mejores las cosas en ese aspecto pero nos agarrábamos a una especie de fe vital y supongo que los rezos de mi madre y mi abuela ayudaron. Mi padre hace pocos días cumplió dos meses en su nuevo trabajo. Es un contrato temporal de 6 meses y si resulta bien la experiencia pues quizás le renueven. Ya es una suerte que en su situación, con 52 años, y dada la coyuntura laboral, haya encontrado empleo. Mi madre también tiene más o menos los mismos casos que antes de Navidades así que mejor.

A veces en la vida parece que todo va mal y a peor y entonces en esos momentos el dramatismo es como si nos ahogara. Cuesta luego valorar cuando la inercia cambia, ya que solemos ser más propensos a destacar lo negativo más que lo positivo.

Yo mismo, al empezar el trimestre, apenas escribía, si no recuerdo mal. No encontraba el momento porque no lo buscaba, demasiado ocupado en las preguntas y no en las respuestas.

Y si en casa la fortuna nos visitó a la familia, desde el punto de vista personal, de mi ego, algo parecido difícil de explicar tocó el timbre. Fue un serendipity total. Desde entonces, los días se hacían más breves porque las noches se acortaban y porque se disfrutaba mucho más. Fuera causa del azar, lo inesperado o los caprichos del destino, lo cierto es que si aquello no hubiera nunca ocurrido yo no estaría seguramente ahora mismo escribiendo estas palabras. Simplemente estaría viendo cualquier partido de fútbol pensando a ratos en cuántos cubatas y chupitos bebí ayer con los amigos y en las risas e historias que compartimos. Los accidentes afortunados gravan con letras doradas el camino y el destino de las personas que se cruzan con ellos.

(Una voll-damm. Cubatas, tres. Chupitos... cuatro quizás)

Llegaron los días de exámenes y nunca antes en casi cuatro años habían resultado tan amenos y distraídos. Cualquier señal o símbolo era recibida como una sonrisa de magnitudes exponenciales que venía a significar que había merecido la pena amanecer, y con creces. Cualquier detalle antes de irse a dormir hacía del descanso un momento más placido donde los sueños te invitaban a entrar a su salón.

Ahora vacaciones. Suena bien. Aunque las de Semana Santa siempre pasan volando, el hecho que a continuación vayamos a Riviera Maya alarga las fiestas unos cuantos días más. Tremendo. Ayer y anteayer ya se ha celebrado el final de exámenes y he vuelto a beber después de semanas. Increíble. Siempre había agarrado alguna cogorza al final del segundo trimestre. En primero fue majestuosa. Al día siguiente no sé cuál sería mi aspecto comiendo calçots en casa de una de mis tías. En segundo fue más calmada la cosa pero para no variar ese año, acudía de empalmada a dirigir a los críos. Era un poco impresentable, un poco más que ahora... El año pasado me esperé al sábado para celebrar todo puesto que teníamos el partido más importante de la temporada en el campo de los segundos. Renuncié a una farra al lado de casa. Estas cosas solo ocurren una vez en tu vida y a veces coinciden.

Y este año también ha sido distinto. El viernes fue estupendo y eso que la discoteca estaba a rebentar y la música bueno... no es lo principal. Suerte que nos colamos para poder entrar un poco más pronto. Ayer nos pasamos pero no se nos fue de las manos, así que es cuestión de ir calentando y preparando el cuerpo para aquello que llaman Paraíso.

Porque el Paraíso está al caer, ya no queda nada. Entre medio, vacaciones y fútbol del bueno con la Champions League.
Agotado y tocado por el cambio de hora me he despertado a las 16,30h. No recuerdo algo así en mucho tiempo.
Como decía el gran Montes: La vida puede ser maravillosa.

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