5.1.11

Bella ilusión de esperanza

Cada noche antes de acostarse se ungía con crema las manos. Deslizaba con suavidad el índice derecho sobre el mar blanco y luego se acariciaba en todas las direcciones. Cada noche. El mismo ritual. Entonces miraba hacia el frente, buscando esa instantánea. Una señal de colores que anhelaba. Una canción que le alegraba pero le enternecía al mismo tiempo. Y entristecía. Era hora de buscar la almohada con una sonrisa. Antes, lanzaba un beso entre lágrimas hacia esa imagen. Ese bello recuerdo.

Despertaba y pensaba que se habían marchitado las flores para siempre. Que nunca más podría ser primavera en invierno. Dejaba de respirar unos segundos con sus ojos puestos en el horizonte, como antes de ir a dormir. Buscaba algo que no sentía. Una respuesta que pretendía encontrar entre la brisa marina que le saludaba a cada amanecer. Echaba de menos las valientes gaviotas que briznaban alocadas en la estación más calurosa. Al menos en aquellos tiempos tenía compañía, pensaba con pesadumbre. Por delante toda una mañana sin sabores agradables. Una como cualquier otra. El vacío se caía junto con las paredes de la casa. Y él se derrumbaba.

Agotado en sus pensamientos. Porque su cabeza parecía ir en dirección distinta que su cuerpo. Apenas respiraba el alma para poder palpar el frío de los primeros días del año. Sus emociones, más negativas que de costumbre, le amordazaban en exceso. Pero cuando caía la tarde tras una de aquellas insulsas primeras horas matinales, algo distinto sucedió. Inesperado. Un rayo de luz que le invitaba a entrar en el terreno de algo muy parecido a lo que él en otro tiempo hubiera dibujado como la esperanza. De aquella instantánea que no hacía más que mirar día y noche, brotó un hilo de voz. Le animaba a desafiar al tiempo. Y a las circunstancias. Que su existencia era efímera como el resto y que no valía la pena quedarse amargado todo el tiempo. Había que moverse y dejar de pensar en lo no tan primordial. Que, en efecto, lo esencial era invisible a los ojos. Si él corría, respiraba vida con alegría y celebraba cada amanecer como la mayor felicidad imaginada, entonces no brillaría sino con más fuerza el Sol jornada tras jornada. 

Y la voz se marchó, no sin antes hacerle una pequeña gran promesa: si él decidía luchar y rebelarse contra lo adverso, ella, lo visitaría de nuevo. 

Para todos aquellos que cuando se encuentren en momentos emocionales más bien negativos y bajos, encuentren la ilusión necesaria en forma de rayo de esperanza. Porque, sí, no habrá bello amanecer sin una agradable sonrisa. No saldrá el Sol sino ansías más que verlo y disfrutar de lo que nos da y regala: la vida. Porque como el protagonista de esta historia me confesó tras su relato: "No me siento ahora sino vivo por dentro y por fuera. Creo que me espera la eternidad".

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