3.1.11

Incienso, oro y mirra

Piensas en la manera de dar la bienvenida al nuevo año. En los macarrones que te has comido hace muy poquito. Y es que seguramente no llegues a conocer a nadie que cocine tan bien como ella, tu madre. Con cebolla y atún, oh, qué toque tan exquisito. Ayer te llenaste. Parecía, como en la Nochevieja, que el objetivo era cebarte para al día siguiente llevarte al matadero. Sin embargo, cuando el sábado amaneció, lo que te esperaba era un resacón en toda regla. Noches en las que acabas teniendo lagunas.

El 2011 está dando sus primeros brotes. No es sarcasmo, no me refiero a los 'verdes' a los que aludía Zapatero. Ni tan siquiera a la temporada futbolística o la Champions League. Sí, lo sé, la economía española no está ya en la Champions League. Y la de verdad, la de los equipos del viejo continente no se reanuda hasta febrero. Así que toca esperar un poco. Por eso de la economía a lo mejor nos suben la luz. Y quien dice las tarifas eléctricas dice las tarjetas del transporte público (Barcelona). La más usada, la T-10, ha alcanzado los 8,25€. La inflación interanual en diciembre, por cierto, ha subido al 2,9%. Es la cifra más elevada en dos años. Tampoco, aunque no tiene nada que ver con materia económica, se puede fumar en sitios donde antes se hacía. Ni en parques infantiles, ni en las cercanías de los hospitales o fuera de ellos. Solo en la calle. Sí en los espacios abiertos reservados a los espectáculos deportivos como campos de fútbol que no estén totalmente cubiertos. Por tanto, en pabellones de baloncesto no se puede. Nunca he entendido muy bien que se permita fumar en un campo de fútbol o similar. Me parece un contrasentido en el binomio deporte-salud.

Los días de Navidad ya han pasado. Da pereza admitirlo. Son días que casi todo el mundo desea que vengan. Y pasan muy rápido, aunque no tanto como la Semana Santa, que aparece encabezando la lista de eventos efímeros en la vida de las personas. Incluso algunos afirman que la Semana Santa es un mito. Y no precisamente evangélico. Claro, hablando de los Evangelios aún falta por hacer la carta a los Reyes Magos. En realidad, siendo estrictos con la tradición, me tendrían que traer algo de incienso, oro y mirra. El incienso nos sería muy útil en casa ya que a mi madre siempre le ha encantado adornar nuestros olfatos con ese aroma esotérico que por otro lado sirve para canalizar los olores procedentes de actos tan cotidianos como cocinar. La casa disfruta con el incienso. La mirra desde luego que podría utilizarse para perfumar, como en la antigüedad. Para eso de embalsamar muertos, en principio queda descartado. He dejado el oro para el final porque seguramente sería lo más beneficioso -en términos capitalistas- en estos días. Cuestiones de compraventa, en efecto.

En fin, vamos a jugar un poco con los simbolismos. El incienso y la mirra pueden evocar la regeneración, la sensación de dar paso a una nueva etapa o ciclo. El espíritu de renovación. La mirra, con cierto toque amargo, es el aceptar inevitablemente lo que somos. Pero no como una carga sino como seña de identidad, de nuestra esencia. El incienso que arde, quema con todo lo vicioso y contaminado de lo pasado, lo vidido. Invita a imaginar un nuevo y bello porvenir. En cuanto al oro, todos pensamos en riqueza. Pero la metáfora perfecta es que uno no llega a tener todo el oro del mundo hasta que deja de desearlo. Hasta que alcanza la verdadera riqueza interior. Entonces uno no se va a sentir sino auténticamente millonario. Por dentro. Lo material, lo tangible, solo va a aplacar nuestra sed de ambición posesiva en el corto plazo. Los grandes remedios nunca requerirán mucho dinero. Solo paz interior, compartida por todos.

Esos tres regalos, trasladados al conjunto de una sociedad y simbolismo en mano, serían no solo el mejor alivio para el presente sino la base para prosperar unidos en el futuro. En una sociedad cada vez más individualizada pero conectada llegamos a sentirnos en ocasiones tremendamente solos. En un gran universo. No dudo que con algo (o mucho, si es posible) de incienso, oro y mirra, la gran paradoja del hombre contemporáneo podría ser menor. Podría ser la llave que abriera las puertas hacia un horizonte más claro, bello. Hacia un verde jardín lleno de flores de todos los colores cuya olor desprendiera el aroma de la felicidad.

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