
No sabes por qué pero encuentras un momento de forma improvisada para sentarte, más bien apalancado, en una hamaca de esas de verano. Estás en la pequeña terraza, la tarde está agonizando aunque se resiste a caer, orgullosa ella, y plantas tu vista en el horizonte. Sabes que existe algo por allí pero eres incapaz de adivinarlo. Parece que estás en un lugar e instante idóneo para pensar.
Y te preguntas sobre tu vida y el futuro. Inspiras fuertemente y expulsas el aire de forma inapelable. Hace un año exactamente, a punto de vivir la final de la Champions que llevaría al famoso triplete del Barça que tanto saboreamos, no podría imaginar la mayoría de cosas que han ido sucediendo estos meses. En lo más inmediato tengo el sábado una prueba, de verdad, importante. No tengo nada que perder pero sí mucho por ganar así que si uno tiene suerte es posible que el año que viene acceda a segundo ciclo de Periodismo. Ya se verá. Ahora mismo, contemplando como quien no quiere la cosa el infinito...me siento tranquilo y esperanzado; pero ya se sabe que cuando se acerque el momento los nervios finales siempre suelen aparecer. Es natural.
Tras el año pasado, inolvidable a nivel deportivo directa (críos) e indirectamente (Barça), pensaba que sería difícil igualar o mejorar la marca. Pero la vida sorprende a escépticos y ateos por doquier así que de alguna forma he aprendido que unos años unas cosas giran sobre ruedas y otros años, otras distintas. Lo importante y no alarmante es que nunca giren al revés, que nunca se tuerzan las cosas en demasía.
Reposado sobre la hamaca, viendo como se acerca sigilosamente la noche con un oscuro cielo amenazante, sé que tengo motivos para sonreír y que este año especial ya será para la posteridad. A veces dudas mucho las cosas y otras tantas sin saber por qué, simplemente estás seguro de ello. Podría tratar de inmortalizar este curso al que le queda poco junto con el pasado en una palabra, mueca o gesto. Incluso una imagen, pero sería insuficiente. Es mejor imaginarse un conjunto de sensaciones agradables, satisfactorias...felices al fin y al cabo. Sería como un cuadro impresionista en que domina el colorido vivo y las luces silvestres.
El futuro más cercano está ahí, tras el horizonte. Veo cómo se avecina paulatinamente y sé que a medida que los pasos del presente sean más firmes y seguros, así lo será el porvenir. Porque las huellas que a diario vamos dejando van construyendo un camino de luces e ilusiones que vale la pena recorrer e incluso por el que merece arriesgar. Unas veces errarás por él, pero tras algunas equivocaciones ese mismo trecho te llevará a un lugar donde el tiempo no tenga sentido y donde todo excepto aquello que te hace más feliz y dichoso, se congele. Entonces una vez allí no tendrás otra opción que sonreír y agradecer al destino por semejante oportunidad.
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