Me quito el sombrero. Éramos 10. 10 contra 11. Nos han expulsado a un jugador en la segunda parte cuando íbamos 0 a 1, terminando con 9 los últimos 20 minutos aproximadamente. Nos han acabado empatando a falta de dos minutos. El árbitro ha sido lamentable, pero esto ya no es inusual. Para añadir más dramatismo, uno de nuestros jugones particulares, el 10, el rubito de oro con una zurda endemoniada, ha vomitado de camino al campo. Luego acabaría marcando nuestro gol en una cabalgada messiánica desde el centro del campo.
Justicia o no, una victoria moral es algo intangible que a la larga marca y mucho. Les he dicho antes de empezar que pasara lo que pasara, si nos dejábamos la piel y nos sacrificábamos como un equipo, que entonces daría igual el resultado y que continuaríamos siendo los mejores. Que para mí siempre serán ellos los mejores y que era un orgullo ser su entrenador. Al final del partido les he comentado que aunque en la clasificación no ponga que somos sextos, en realidad podemos considerarnos ganadores y merecedores no ya de esa posición sino de la quinta o la cuarta. Que una victoria moral es algo mucho más importante en el largo plazo que tres puntos ahora mismo.
Que era una demostración que ante las dificultades había que crecerse y madurar; y que eso lo tendrían que aplicar a todas las facetas de la vida. Hoy seguro que será un partido que recordarán por mucho tiempo. Lo grabarán en su ADN y cuando tengan dificultades en su camino, individual y colectivamente, sacarán el orgullo y la pasión, la dignidad por no darse nunca por vencidos.
Hoy hemos perdido dos puntos al final y grandes opciones de subir una posición en la tabla, pero lo más importante es que los pequeños grandes hombres, unos auténtico guerreros hoy llenos de esfuerzo y talento, han demostrado que la épica, una vez más, es posible en el mundo del fútbol.
La gesta no ha sido completa pero hoy más que nunca estoy orgulloso de ellos, los auténticos héroes que han demostrado mucho valor y personalidad. Con partidos así, uno no puede sino agradecer la suerte y la oportunidad de entrenar y dirigir a un grupo de críos tan increíbles.
A uno se le queda el mal sabor de boca, agridulce, de saber que estabas tocando con la yema de los dedos algo inaudito, casi mítico y celestial, con dos menos...tan cerca del triunfo. Casi ha sido un milagro protagonizado por unos pequeños que en su mayoría no han cumplido los 11 años. Estoy seguro que pasará el tiempo pero en su memoria y entre ellos recordarán por muchos años que fueron capaces de desafiar todas las adversidades posibles y levantarse como luchadores agotados para morir con la cabeza bien alta. Con dignidad.
Apenas me queda el último partido de liga con ellos y el torneo además de quizás algún amistoso. Son tres años con este núcleo de jugadores tan especiales y días así, todo lo que se ha trabajado y todo aquello a lo que personalmente he renunciado para dedicarme a ellos, merece la pena y compensa en cantidades infinitas. Es un sentimiento, una sensación casi indescriptible y única.
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