Recuerdo la vergüenza que pasaba cuando mi abuela paterna me acompañaba en el bus camino del colegio. Eran los años de Primaria pero yo quería ir solo al colegio sin necesidad de ir con nadie, y menos con mi abuela. Le encantaba ganarse su espacio en el bus en busca de sitio, empujando como solo hace la gente mayor si hace falta. Hasta se ganó el apodo de la "Abuela del Betis" por parte de un sector joven del bus. Ya a partir de la ESO pude acabar yendo al colegio con más libertad...
Mi abuela paterna (de ahora en adelante la abuela o iaia) es la única de las dos que he podido conocer. A mi abuelo paterno tampoco lo conocí. Y mi abuelo materno que sí tuve la suerte de conocer ya descansa en paz.
Ella ha convivido el 90% del tiempo con mis padres y conmigo aquí en Verdún. Sólo en verano, cuando se valía aún por sí misma, era capaz de coger un autobús para ir hasta su pueblo. Yo entonces era pequeño. Con el paso de los años acabé yendo con mis padres y ella a pasar casi un mes en el pueblo. La abuela se quedaba más tiempo por tierras segovianas y luego la hija mayor la solía traer de vuelta. Es verdad que sus dos hijas (mis tías) no han trabajado casi nunca, a diferencia de mis padres, ambos trabajadores de toda la vida, pero aún así, la abuela ha estado casi siempre con nosotros. Mi padre es el pequeño de los hermanos; el primogénito nunca lo pude conocer pero siempre me han dicho que si él aún viviera todo hubiera sido distinto en la familia, y por tanto, también en mi abuela.
Siempre he creído que mi iaia es un poco tacaña y agarrada. Le encanta cargarse de oro, es un decir, en todas las celebraciones familiares como cumpleaños, bodas... Toda su vida ha estado cargada de energías y con ganas de salir a pasear cada día por la Via Julia, comprar el pan y para ir a misa todos los domingos. Es una devota como las de antes y reza por mí siempre que tengo exámenes. Me explica que he de rezar a Santa Gema que es la que nos protege a los estudiantes. Incluso en el colegio llevaba conmigo en la cartera una estampa de la Santa, que ya hace tiempo guardé en el cajón. Hablando de santería, este año para Sant Jordi me ha regalado una figura del mismo que me ha hecho mucha ilusión por inesperado. Yo soy el nieto más pequeño y el vivir tanto con ella al final tiene algún tipo de rédito material...
Al comenzar la universidad, y dado que no me ponía el móvil de despertador aún, mi abuela me venía a llamarme y me gritaba: ¡es la hora, Jordi! Yo le contestaba que sí de forma borde y más si me lo volvía a repetir desde la distancia como si no la hubiera oído. Ella, como la gente mayor, ensordece...es una pena. Siempre me quería hacer la cama pero dejé hace tiempo de aprovecharme de ella; se ha querido sentir útil siempre y la verdad que ha hecho muchas cosas por mí. Me ha cuidado en momentos que era más pequeño y estaba malo mientras mis padres trabajaban, me ha acompañado al colegio como he comentado, me ha dado cariño, mucho más del que yo le he dado a ella, y ha rezado mucho por mí. Siendo pequeño hasta jugábamos alguna vez a la brisca, un juego de cartas, y recuerdo su peculiar forma de contar los puntos como si fuera ayer. Seguro que está muy orgullosa de haber asistido a mi bautizo, comunión y confirmación, aunque no entienda ni comparta mis comentarios nada religiosos.
Desde que volví de Riviera la he notado como más deteriorada. Ya son 91 años sí, pero ha pegado un bajón muy pronunciado. Le ha sobrevenido el hecho que le tengamos que inyectar insulina con un virus estomacal y una gripe que le cuesta irse. Se le ha juntado todo, que diríamos. Incluso un viernes, de camino al entreno, casi lloro pensando en cómo estaba viendo a mi abuela. Me aguanté las lágrimas y traté de ser optimista y no pensar en fatalismos. Tenía que pensar como solía hacer, que por su sincera religiosidad, era una enviada de Dios y que llegaría a rebasar los 100 años.
Son muchos años y la vida nos tiene reservada una fecha y un lugar pero es triste observar día a día como alguien tan cercano y querido que ha demostrado siempre una vitalidad por encima de su edad y que ha sido capaz de valerse por sí misma hasta entrados los 90 años, va mostrando esas progresivas señales de dependencia y ayuda por parte de terceros, de nosotros.
Ahora cada mañana al despertarme tras la alarma del móvil soy yo quien le pregunta cómo se encuentra y qué tal ha dormido.
1 comentario:
Aii creo que tu abuelica y la mía tienen mucho en común, vienen de la misma época y ambiente parecido diría.
Es una pena que se nos vayan a escapar, pero es ley de vida. Si al menos se pudiera guardar todo lo que saben en algún libro, y pudiéramos abrirlo y leer sus consejos...
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