18.7.10

El grillo de la calle


Cuando las primeras sombras se cernían sobre la calle preparaba talentosamente su escenario. Una vez ya la oscuridad reinaba, eso que llamaban la noche, salía finalmente a su encuentro. Con vigorosidad, noche tras noche, entonaba una melodía persistente, quizás demasiado contundente; si hubiera sido un zagal en una discoteca se habría llevado más de alguna calabaza de recuerdo. Repetía ese ritual sin ningún pudor; parecía que si la sensación de calor y de humedad era muy elevada las notas que emitía era como que crecían bruscamente.

En el caso que pasaran por aquél entonces los que conocían como seres humanos, trataban de buscar con la mirada, medio desesperados medio contrariados, una explicación. En sus mentes residía la empatía y la solidaridad de palabra para con aquellos vecinos que posiblemente tendrían dificultades para conciliar el sueño. Pero él seguía a lo suyo, ajeno a la realidad. Era su vida y había nacido para aquello. Pensaba en efecto que había alcanzado una nueva residencia feliz tras tener que marcharse de los suyos, lejos de lo que había sido siempre su hogar. Precisamente en esos momentos en que la melodía ya estaba en plena aceleración constante, pensaba en las dudas y temores de las primeras aventuras en esa calle completamente nueva para él. Se decía a sí mismo que había sido muy valiente y que su vida tenía que seguir por ese cauce.

Y mientras, él que seguía cantando y cantando. Intentaba mostrarse simpático con los vecinos y convencerles de que lo suyo era puro pragmatismo: les pretendía envolver en una atmosfera veraniega dónde una música muy reconocible les acompañara hasta sus sueños más profundos. Cuando ellos, por la propia naturaleza, caían sumidos en su cansancio monótono, la melodía desaparecía de sus pensamientos. Otros de aquéllos, en cambio, como si quisieran ser rivales de aquél bravo cantautor, se empecinaban en ser unos seres orgullosos de su nocturnidad.

Así, velada tras velada, repetía su comportamiento como quien sale al encuentro de su amada en pleno silencio y a escondidas del resto del mundo. Aunque es verdad que para muchos resultaba un incomprendido, un loco sagaz y un caballero perteneciente a otra edad, él no perdía la fe de que su voz, su auténtica vida, fuera reconocida algún día para siempre. Y sí, como aquellos a los que conocían como seres humanos, él también había soñado con conocer y compartir su felicidad con alguna hembra.

De alguna forma él, ese grillo, cantaba en busca de ella, un anhelo o incluso una señal, pero siempre a la luz de la luna de un firmamento tan bellamente estrellado.

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