Hoy toca Cobá. O tocaba. Como aún tenía las dos manzanas del día anterior por morder, decido desayunar una de ellas tras ducha. Sigo bebiendo el suero oral que D me prestó. Me encuentro algo mejor y sobre todo más animado. Hago mejor cara y me propongo ir. Siento que debo ir a la excursión más allá de que la hubiera contratado y el dinero.
Me cuelo en el mismo autocar que N y sus amigos, L, C, E, M, J... Me siento junto a C, la novia de J. J no está en ese autocar. Conmigo la botella rellena de suero, una botella de agua, la gorra de los Red Sox que G me trajo de Boston y las Aviator. Le cuento a la gente sentada cerca mío qué me había ocurrido realmente hace dos noches y toda la historia del hospital. Durante el trayecto, atravesamos pequeños poblados mayas. Curioso observar las canchas de baloncesto cuando los mayas son precisamente bajitos y aman al fútbol por encima de otros deportes. Lo del baloncesto es claro... la influencia de los Estados Unidos está patente en México. Hacemos una parada de rigor a mitad de camino más o menos. Lo hacen con la intención también de que consumamos y compremos algún recuerdo. No deja de ser turístico todo junto.
Llegamos finalmente a Cobá. Justo antes hay una tirolina para bañarse con cocodrilos. Nadie lo estima adecuado, de momento. La temperatura es extrema. Unos 40º comentan, realmente hace mucha, mucha calor. Tenemos que andar un poco hasta llegar a las ruinas, y nos ofrecen la posibilidad de ir en bicicleta. Pienso que se pierde el encanto si no vas andando. La magia no estaría presente. Con todo, el camino me lo imaginaba más espeso; la selva más frondosa. Estaba todo muy bien habilitado y abierto, sin que diera la sensación de estar realmente en la salvaje jungla.
Nos hacemos alguna foto en una primera zona de ruinas. No recuerdo mucho las explicaciones ya que no estaba muy al tanto, lo reconozco. Tomo nota en mi mente del juego de pelota maya y de tener que pasar la pelota por el aro para salir victorioso. El fútbol de la época muy cargado de emotividad y sobretodo, mucho simbolismo. Un poco más allá, tras caminar ya una media hora si no me equivoco en los cálculos, alcanzamos la especie de pirámide que resta en pie, debilitada pero accesible. Tanta calor hace que nos hidratemos mucho, es esencial. El camino en verdad se ha hecho breve porque iba conversando agradablemente con todos los conocidos con los que me topaba o estaba.
Escalar hasta arriba del todo es muy sencillo. Confieso que tengo vértigo y que prefiero no mirar hacia abajo. Las vistas son majestuosas, preciosas. El horizonte muestra su más sincera y pura belleza más allá de los límites de la física. El espacio y el tiempo se funden en una dimensión de felicidad y tranquilidad desde las alturas. Se respira un aire sincero ajeno a toda complicación. Me hago varias fotos allí arriba, alguna de las cuales quedará para la eternidad como marco inconfundible, como un recuerdo ún
ico e irrepetible. Grabo en la memoria esas vistas hacia el más allá, hacia ese destino que se dibujaba a lo lejos tras la densa arboleda.
Bajar me resulta extremadamente banal y hasta bonito. No es como el miedo escénido a bajar en bicicleta por culpa del accidente en el pueblo hace unos veranos. Volviendo al tema, la mayoría muestra precaución bajando. Lógico. Yo le cogí rápido el truco y es que además estoy acostumbrado a todo tipo de escaleras y a subir o bajarlas a oscuras, aunque se trate de escalones más ordinarios, nada que ver con piedras irregulares que esperan a la mínima para dejarte en evidencia, o ridículo. Al bajar veo a L y me cuenta que no ha subido porque tiene vértigo. Yo me he hecho el valiente y he superado la prueba, el desafío que me había planteado. Éxito. Conozco a M, una amiga de N, muy simpática. C me cuenta que el año que viene empieza Políticas en la Pompeu. Yo les digo a C y M que mi intención es acceder al segundo ciclo de Periodismo también allí.
Regresamos por la misma senda que la ida hasta el autocar. Hablo mucho con L y nos hacemos un par de fotos muy guays, como ella diría, hasta que llegamos al autocar. En el asiento, algo incómodo, estoy escribiendo las notas básicas para el diario. Luego, la memoria y el recuerdo añadido de esas notas que reflejan unos momentos y situaciones determinadas, hacen el resto, el resultado. Nos ponen además un capítulo de Yo soy Earl para distraernos y reírnos. Puro surrealismo. Antes, vídeos de caídas y graciosos de todo tipo para amenizar la vuelta.
Llegamos al Kantenah y me despido de la gente. Me noto algo mejor en comparación con el día anterior. Decido comer algo nuevo además de arroz suave con algún ingrediente más (arrox a la mexicana). Un poco de pollo a la plancha recién frito. Me apetece y me entra bien. Sobre todo sé que estoy animado. Ir a Cobá me ha reconfortado, además de ver y hablar con N, que siempre ayuda. Esta noche a morir si cal con la cabeza muy alta... porque CocoBongo es imprescindible, tengo que ir sí o sí porque seguro que será tremendo. Después de comer, me relajo en la playa un poco. El sol ha caído y el aire no es del todo cálido, aunque no molesta en exceso. La gente intenta apurar gramos, centímetros de ese sol apenas palpable entre la brisa marina y el horizonte.
Estas palabras son escritas entre amigas, algo apartado del núcleo. Cócteles a mi alrededor, vasos vacíos, todo lo que viene y va y lo que está por llegar. ¿No existe el sol ahora? Parece que quiere amagar con irse y volver. Siempre volverá. Siempre. Volveremos, a escribir.
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