Comemos no muy lejos de Chichén Itzá. La bebida no está incluida. Por fin, Coca-Cola de lata. La echaba de menos. ¡Cuántos recuerdos y cuántos momentos hemos compartido, la lata y yo, yo y la lata! Opto por arroz mexicano y quesillera (burritos) con cochinilla. Me parece muy rica la comida, me sabe de lujo. De postre una banana. Bien servido me siento tras terminar. Comienza, repentinamente, a llover. Una lluvia tropical espectacular, nunca vista por mis ojos hasta entonces. Ya parecía por la mañana que el cielo algo se guardaba entre ceja y ceja, pero podía haber esperado un poco más para llevar a cabo su maquiavélico plan. Entonces nos 'soprenden' con un baile tradicional como colofón (previamente Isis nos había advertido que tendríamos una pequeña sorpresa a la hora de la comida, además de asegurarnos que estaría buena la comida; palabra de Isis; Amén). Se colocan botellas llenas encima de la cabeza para hacer más meritoria la ejecución rítmica. Les ovacionamos al final con gran cortesía.
Pese al breve camino entre el lugar donde comemos y donde nos espera el autocar para partir, nos empapamos de lo lindo. Literal. Nunca me había mojado tanto en tan pocos segundos; quizás alguna vez entrenando cuando también inesperadamente había caído algún que otro chaparrón antipático y desagradable. Pero ni punto de comparación. Ahora comprendo mejor que cuando leí el libro de Geografía de 2º de Bachillerato qué es eso de una lluvia tropical. Subidos ya en el autocar democráticamente se vota por ir o no a Valladolid. Yo realmente no sé cómo el conductor es capaz de ver y orientarse con la que está cayendo ahí fuera. No tengo palabras. Al final decidimos parar en Valladolid, en un sal y entra de unos 10 minutos. En Valladolid tengo tiempo para disfrutar poco, no suficiente, de la preciosa plaza mayor frente a la Iglesia. En la plaza está la dama del pañuelo protegiendo y velando día tras días los asientos destinados a las parejas de enamorados, mirando cada uno a una dirección. Lo bonito de ello es que están orientados hacia puntos divergentes para que cuando las parejas de prometidos se sientan sus ojos converjan en una sola dirección y hacia una única meta: el amor eterno. La Iglesia, por su parte, no tiene nada especial. Es por decirlo claro demasiado austera, de una nave y con bóveda de cañón. Es que me deja demasiado frío y eso que no me esperaba nada en especial. Quizás esa cierta fragancia a evangelización forzada que se respiraba en el ambiente explicaba parcialmente mis sensaciones y emociones. De todas formas, no pasé más que un minuto ahí dentro, el suficiente para ver lo poco que se requería. Ya volvemos, definitivamente, para casa.
De regreso me pongo a escuchar música animada. Lo que sería house y dance, no muy reciente, pero de los últimos años. Comercial, lo que ha venido sonando en el pasado más cercano en Flaix sobretodo, sonido Pioneer, más algún que otro descubrimiento. Me motivo bastante y huele a noche grande, a esas típicas noches que no sabes por qué pero tienes ganas de tajarla, de 'liarla' en el buen sentido. En una expresión: a fuegote. Duermo un poco al ritmo de la música. Otra vez las famosas cabezadas al aire, que cuando te cercioras de que las estás cometiendo piensas en el ridículo que debes estar haciendo y cómo la gente de tu alrededor si te está viendo se parte la caja seguro.
Ya en el hotel, casa, de vuelta. Me tomo dos cubatas... volviendo para no abandonar, al ron-cola. Le dije adiós a los cócteles días ha. Está poco cargado, por eso otro no viene mal antes de ducharse. Esas escenas me retrotraen a Platja d'Aro (PDA para los amigos) y como nos llevábamos los cubatas a las duchas del camping cuando nos disponíamos a arreglarnos antes de salir a las tantas, a eso de las 12-12 y pico de la noche. PDA es un templo sagrado.
Volviendo a la realidad, nos espera la famosa y esperada White Party. Por fin ha llegado. Estamos radiantes y curiosos de blanco. Es de esas pocas veces que a alguno nos sienta bien el blanco. No será una constante en nuestras vidas, hablo al menos por mí. Yo suelo preferir tonos oscuros, sobretodo camisas negras y pantalones también oscuros, que de noche me encanta cómo visten, aunque existen colores y tonalidades para todos los gustos y épocas del año. Y cierto es que dicen que el negro te hace parecer más delgado. Sea como fuera, ahí me encontraba con las havaianas blancas pensadas en el momento de la compra para tal circunstancia (un 65%) además de ser bonitas (un 35%), unos pantalones mitad lino, mitad algodón, adquiridos específicamente para la ocasión (de esas prendas que tu padre o tu madre te dice que "a ver si te las pones más de una vez") y el polo tan majo que me trajo X de Hong Kong a finales del curso pasado. Ideal. Me veo bien en el espejo. J y X también están radiantes, lo están petando. Así que nos hacemos una foto en la habitación para el recuerdo.
Cena de blanco (que por cierto X se mancha a las primeras de cambio de forma poco afortunada mientras íbamos a pedir la pasta que queríamos). Me decido por Farfalle a la Boloñesa y manzana roja de postre. Irse a lavar los dientes es clave en una noche de fiesta, es un tópico pero es necesario, indispensable. Vamos a mover el esqueleto al Riviera, donde finalmente se ha emplazado la White Party debido a la incesante lluvia. No sé si soy yo, pero observo a la gente progresivamente como decae en 'tajas' bastante considerables; parece que no era el único en tener esa extraña sensación de la voy a tajar mucho. Estamos de blanco inmaculados el 90% de los asistentes. La fiesta es muy interesante, en términos de ambiente, compañía y música. La gente tiene ganas de fiesta, que rezaría el anuncio. Beber y bailar, qué gran placer. A la 1 vamos para playa del Carmen, en autocar, claro. Al Coco Maya. El nombre suena bien. Mejor suena que tengamos 3 copas incluidas. De hecho, para los que fuimos a Isla Mujeres, es una contrapestración en forma de teórica compensación por el timo (palabra usada por gente cercana a la agencia además de muchos de los que fuimos) y por el descontento general que irradió tal excursión contratada. En pocas palabras, compraron nuestro descontento por tres cubatas. Hay mucha gente 'pedo', casi por los suelos, pero lo importante es que mucha alegría y felicidad. Queda poco para terminar y volver a la vida real.
En el Coco Maya, la música es espectacular, apetecible y exquisita. Se trata de un garito al aire libre que da el pego. Es lo más alternativo y especial que hemos tenido, lo menos turístico. Mezclados en el ambiente de noche en Playa del Carmen, bajo la lluvia, las notas que sonaban del DJ que te embargaban el alma y te ensimismaban a cada segundo, los cubatas poco cargados pero al fin y al cabo tres más... En un momento de la noche se me acerca un joven para decirme que quiero. Pido los dos que me faltaban por gastar y luego me reclama propina. No le dí nada porque la verdad no tenía. Me supo mal, lo reconozco. Pero hasta ahora no había comentado nada de la propina, algo que me irritaba en parte porque siempre nos decían expresamente que dejáramos propina si queríamos, a conductores, servicio de hotel, restaurante, etc. No entiendo esa cultura de ir pidiendo propina, ya que a mi entender, ésta debe ser algo voluntario que surja sin necesidad de que te la reclamen de forma sistemática. De todas formas, es su cultura y su tradición, que aunque no la compartan, les compadezco...porque es algo que han heredado y llevado al extremo de los españoles que antaño fueron a conquistar con vehemencia gran parte del continente americano. Pese a todo, aquí no pedimos propina sino que es algo implícito. Y no dejamos mucha normalmente.
Como era de suponer, esa noche bebí bastante. La líe un poco, a mi manera. Hablando quizás demasiado a amigos y siendo demasiado sincero. Supongo que el alcohol te ayuda en casos así a desinhibirte más de la cuenta pero no puedes arrepentirte, más si te lo pedía el cuerpo como algo que llevabas dentro y que quería ver la luz. Luego, aunque parezca que no, te quedas más a gusto. Tampoco creo que fuera muy tomado. Me sentía muy sereno aunque sabía que había bebido bastante. Aún así, me lo pasé bien y era feliz, mejor dicho, feliciano, e iba disfrutando de cada instante como podía. La noche acabó cayendo por su propio peso y en el autocar parecía que había cucarachas, hecho fundamental que me impide dormir con tranquilidad y sin remordimientos. Se sienta al lado una desconocida que parece simpática y que tiene mucho pecho. Cuando digo mucho, es mucho. No menos llamativo era su escote. Imposible no mirar.
Llegada al Palladium. Dormir rápido sería algo escrito de forma injusta. Me duermo algo intranquilo, con la sensación de que la he líado un poco de forma involuntaria y sin mala fe ni nada por el estilo. Noches así las he tenido de vez en mucho y supongo que si alguien lee esto pude sentirse relativamente identificado. Intuía que al día siguiente no me levantaría muy tarde para escribir un poco y tratar de recuperar la paz y la tranquilidad interior. Faltaría solo un día en el Paraíso y no era plan de que la noche de blanco diera más de sí. Un capítulo, curioso, completo y hasta gracioso en muchos momentos, que había que cerrar y poner el punto y aparte en esta aventura. Y es que sólo quedaba un día. Bueno, un día y medio.
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