30.4.10

Diario de Riviera: 12 de abril


No sé por qué no pensamos mejor la excursión de Isla Mujeres; era como si nadie hubiera reparado en que era al día siguiente de Coco Bongo. Llegué con mucho sueño a la habitación, dispuesto para dormir y sin ganas de tener que ir a la tal Isla. Vinieron S, A, M, L y C a perturbar cualquier intento de dormir y nos animaron para mantenernos desvelados. Yo estaba cabreado y de bastante mala leche, totalmente agrio y borde porque no quería más que dormir. Por dentro pensaba que ya empalmaba suficiente durante el año cuando salía de fiesta y tenía que ir a dirigir a los críos, aunque cada vez intentaba hacerlo menos, a diferencia sobre todo de hace dos temporadas.

Así las cosas, sin dormir ni nada parecido (unos diez minutos con los ojos cerrados), bajamos a desayunar y me llevo cereales de provisiones para la jornada. Estaba muy cansado por el sueño. Me subí en una Van que nos llevó hasta la zona marítima de Cancún. Parecía que la zona sufría una resaca tremenda, mayor que la acumulada entre nosotros. Era como si fuera otra ciudad de la noche a la mañana, totalmente cambiada y distinta. Dos mundos en uno, dos realidades.

Lo que fue una realidad de mal gusto fue Isla Mujeres. Yo me pensaba que sería una Isla a lo Lost, virgen, salvaje y no un espacio cutre, cursi y turístico con una pequeña entrada al mar para bañarse, una piscina de dudosa limpieza, un chiringuito en el que servían a destajo, muchas hamacas para freírse literalmente al sol, un restaurante por llamarlo de alguna forma con comida nada exquisita... Quizás me estoy excediendo con las críticas y la descripción, sesgada por los efectos de no dormir. Los que habían contratado los delfines, snorkel aparte, lo disfrutaron mucho más. Pero también era más caro.

Con todo, el barco estuvo bien. En la ida, cuando navegábamos rumbo a Isla Mujeres, estaba el ambiente tranquilo y poco animado. Los rostros de la gente reflejaban situaciones similares a las mías. Estábamos todos comentando casi lo mismo. Hacía mucha calor. La vuelta, lo más deseado de la excursión porque todos queríamos abandonar la Isla de Port Aventura, mejoró bastante y se convirtió en una especie de Boat Party, que pese a la lluvia que saludó a mitad de trayecto, no desincentivó el consumo de cerveza ni la fiesta. La Boat Party formaba parte de las actividades programadas para la excursión, y si bien uno siempre se imagina una fiesta en un barco en plan lujo y ocioso, lo pasamos realmente genial. El cansancio por momentos se desvaneció y aquello era un festival. Incluso el maya que servía las birras se subió a una especie de tribuna improvisada para marcarse unos bailoteos. La gente estaba flipando colores al tiempo que no dejaban de beber y beber.

Ya de nuevo en Cancún, nos espera la Van para llevarnos de regreso al Kantenah. Durante el camino me llama la atención una publicidad estática en la que aparecía algo así como Hero y un pollo. En el hotel presidía la noche, imperial, y tras la ducha cerimonial fuimos a cenar. Pasta para variar un poco... Era la última noche de L entre nosotros puesto que volvía al día siguiente para Boston a proseguir sus estudios en Bentley. Siempre que recuerdo a L en Boston me vienen a la mente en un santiamén las fotos de los dulces y pastas -más allá de los famosos muffins- que cuelga en face. Me hubiera gustado quedarme más tiempo e ir a la discoteca para despedirme como dios manda pero estaba tan agotado y los últimos días había hecho un esfuerzo adicional tras la fatídica segunda noche, que no podía sino desear coger cama para recuperar energías y prepararme para el Chichen Itza y compañía. Así que a las 12, como los abuelos, ya no pude más y la cama me abrazó profundamente y con cariño. Entonces la almohada me confesó al oído que me había echado de menos, mi fragancia, el tacto de mi pelo y esa manera peculiar de cogerla y hacerla bailar lentamente una balada mientras dormía.

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