23.4.10

Diario de Riviera: 9 de abril (2/2)


Como no mejoraba sino casi todo lo contrario y estaba deshidratado totalmente, H y X hicieron todo lo posible para conseguir que viniera un médico. Tuvieron muchos trámites y problemas con las de la agencia, que inicialmente se pensaron que había agarrado un coma etílico y que sería desde luego trivial, no algo ciertamente serio y preocupante. Viene finalmente un médico, muy majo y simpático. Se muestra tranquilo y paciente para no alarmar. Recuerdo que me acaba pinchando en el culo con una aguja, algo vasto, me cuentan luego. Apenas noto nada. Por no sentir, no me noto ni a mí mismo. Mi conciencia está en otro lado y las pocas fuerzas que me quedan las intento concentrar en algunas imágenes y recuerdos vivos como la sonrisa de N. Me cuenta que me tienen que trasladar al hospital porque estoy deshidratado y que allí me inyectarán en vena lo que necesito. Recuerdo algunos masajes en la zona abdominal y que me tomó la temperatura. Había tenido seguramente fiebre en alguna fase. La ambulancia está en camino.

Llega por fin. Me subo a ella con X. H se queda a dormir en nuestra habitación y le dice a X que en cuanto sepa algo que le envíe un sms a mi móvil, que se queda con ella haciéndole compañía mientras se cargaba. Me sabe mal en esos momentos porque sé que algunos amigos y amigas no se han ido de fiesta por mi situación y porque estaban muy preocupados. Aunque creo que algo más ha debido ocurrir. Hubo momentos mientras aún no había llegado el doctor que me había derrumbado en la cama estirado, hasta el punto de llorar desconsoladamente. Me daba vergüenza llorar delante de ellos allí, pero estaba desalmado profundamente y sin fuerzas; me sentía tan débil que no podía ni frenar las lágrimas. Todos se portaron tan bien conmigo esa noche... y sé que los que me conocían que no sabían aún nada también hubieran hecho lo mismo.

En la ambulancia me estiran en la camilla y ya me prestan la primera dosis. La enfermera que está conmigo es muy maja la verdad, muy corpulenta, ya no digamos en comparación conmigo. Voy recuperando a pulgadas el color y el ánimo. Al llegar al hospital me encuentro algo mejor dentro del estado, por decir algo. Bromeo con que no tenía pensado ir de excursión al hospital, en lo que será reconocido en el ambiente como el Pack 4 de Excursiones, que incluye Hospiten. Sé que me hacen alguna prueba y me preguntan por mi situación, qué me había ocurrido y todo eso. Recuerdo básicamente que me iban a hacer una analítica para ver si se trataba de algo vírico o de algo no vírico. Si era vírico, podría regresar en unas 4 horas al hotel. Si no fuera vírico debería permanecer ingresado allí en observación casi todo el día siguiente. X y yo pensábamos en el Madrid-Barça y nos aseguramos de que hubiera televisión en caso que la visita al centro hospitalario se alargara inevitablemente. Al final, algo vírico. Mucho mejor. Solo me tuvieron que inyectar electrolitos en cantidades industriales, los cuales mi cuerpo no paraba de chupar y chupar, hasta que me pudieron dar el alta. Fueron unos 3 litros y medio o algo así que intravenosamente mi cuerpo admitió. Logré dormir algo aunque me sentía bastante incómodo en la camilla de un hospital. Con lo aprensivo e hipocondríaco que yo soy... ¡Quién me iba a decir que acabaría allí! X se quedó sobado en la habitación de al lado, profundamente. Estaba muy cansado y había hecho mucho por mí. Recuerdo entonces que había tenido la tensión muy baja, excesivamente baja para alguien relativamente sano y deportista como yo. Fue el único momento que me asusté porque combinaba arritmias con baja presión.

Finalmente llegó la hora, me dieron el alta. Últimos trámites; me dieron los informes con los resultados de los análisis; factura. La simpática enfermera cuyo nombre no recuerdo (el de la doctora era D), me colocó una tirita gigante para ocultar el punto en el que me pincharon para rehidratarme. Me sentía mucho mejor y más animado, aunque tremendamente exhausto. Ese día había durado demasiado y no había terminado como esperaba. El taxi aguardaba en la puerta para regresar al Kantenah. La ventana de delante estaba abierta y el aire salpicaba de lo lindo, aunque no me molestaba. Me sentía único y en mi mundo, como si hubiera estado levitando toda la noche, sin pegar ojo, más cerca de otro mundo que el que dicen de verdad.

Ya en el hotel, parecía que todo había acabado. Dormimos hasta bien tarde, ya entrado el mediodía y la hora de comer. Aguardaba en el horizonte más cercano el partido, no uno cualquiera, del Barça.

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