Las paredes de casa parecen querer abalanzarse sobre ti. Sobre todo las de la habitación. Esfera de muchos recuerdos, espacio de algunas vivencias únicas. Tan significativas como eternas. Están ahí y es algo inevitable. Decides vestirte rápido y asir un libro contigo. No uno cualquiera. Alguno que estabas deseando empezar a leer. Cuando pensaras que había llegado el momento adecuado. Coges la estación de metro más cercana y te sientas. Ni al principio ni al final. Buscando la armonía y el equlibrio para observar qué ocurre a banda y banda. Empiezas a leer hasta que levantas la vista y decides bajarte en la parada que toque en ese preciso instante. Nunca has estado allí pero lo habías imaginado. Tu mente había recreado las sensaciones con un alto grado de perfección y emotividad. Te dejas llevar cuesta abajo mientras sigues prestando atención al libro. No importa que te tomen por un loco allí donde el Tibidabo se ve más próximo. La gente te mirará, extrañada y confundida. Aterrada. La mayoría no se atreverían a hacer eso. En un mundo de prejuicios y apariencias sobre lo que está bien y lo que está mal toda realidad es susceptible de juicio subjetivista y opinión sesgada.
Con lo fácil que es dejarse llevar. Golpea el aire fresco en tu rostro. Y piensas que a lo mejor de aquí a unos días tendrás anginas. Pero qué más da. Todo está en tu mente. En la fuerza de atracción. Una capacidad innata que tenemos todos y que deberíamos explotar más a menudo, tanto consciente como inconscientemente. Podemos atraer todo lo que deseamos. Soñar que tenemos todo aquello que buscamos. Visualizar esas instantáneas de placer y pura felicidad. Todo llegará. Lo has de sentir en ti mismo. Como si ya lo estuvieras viviendo. Aún sin saberlo acabamos en una situación que se había empezado a forjar en nuestro interior. Atrayendo lo bueno o lo malo. El miedo, el temor, la falta de valentía...suele conducir a situaciones indeseables. La esperanza, el amor, el esfuerzo...a circunstancias agradables y amables.
Han pasado un par de horas quizás. Estabas envuelto en una espiral hasta entonces desconocida. No sabes realmente qué estabas sintiendo. Pero era real. Cuando vuelves a tu hogar, las paredes parecen pesar un poco menos. Sientes por unos efímeros segundos que todo llegará. Y recreas en tu mente todos tus sueños hechos realidad. Porque más tarde o temprano, se cumplirán. Solo tienes que salir a buscarlos.
Porque como rezaba Nietzsche: La esperanza es un estimulante vital muy superior a la suerte. O si lo prefieren, como en el poema de Miquel Martí i Pol: que tot està per fer i tot és possible.

2 comentarios:
Joder Chopi, macho, se me saltan las lágrimas. Especialmente con eso de que "En un mundo de prejuicios y apariencias sobre lo que está bien y lo que está mal toda realidad es susceptible de juicio subjetivista y opinión sesgada."
Enhorabuena, de verdad, no había leído algo tan malo desde tu anterior post.
También me ha llegado mucho la parte en la que coges una estación.
Sentinella, esto es un drama humano y literario. Que horror.
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