Ha pasado ya un año. El cielo de Barcelona había amanecido cubierto por una capa de ceniza que cubría la ciudad de punta a punta. En las primeras horas de la mañana empezó cayendo una agua fina. Algo anómala y desconcertante. Desde la clase de Labour Economics en la universidad, mirando a través de las ventanas laterales, me sentía como dentro de una esfera donde estaba a punto de suceder algo distinto. Nuevo. Así, poco a poco, parecía que empezaban a caer ligeros copos de nieve sobre el patio de Jaume I. Pero el Campus de la Ciutadella aún no vería cuajar nada hasta después del mediodía. Era increíble.
Era lunes y no tenía clase por la tarde hasta las 5. El partido de la liga interna al mediodía no lo pudimos disputar por las condiciones climatológicas. De esa forma, después de comer, bajé a la biblioteca para mirarme diapositivas y contenido de Dirección Financiera II, a la que no hacía mucho había regresado tras una travesía por el desierto de las ausencias. Campanas. Estaba en la sala de ordenadores más próxima a les Aigües con la misma sensación que en clase por la mañana. Era como estar dentro de aquellos obsequios que vienen en esa pequeña cúpula que si la agitas, cae como nieve en forma de purpurina. Coquetos recuerdos de ciudades o lugares visitados con mucho encanto. Al acercarse las 5, hora de volver a las clases, no me podía creer lo que estaba viendo. Todo el patio nevado. Cubierto de blanco. Los estudiantes iniciando y desarrollando guerra de bolas, organizados como auténticos ejércitos que más que nunca mostraban una sonrisa de oreja a oreja y un espíritu de niño tremendamente adorable. Parecía imposible que estuviera cayendo todo eso de ahí arriba. ¡En Barcelona!
Me quedé hasta el final en clase, si bien desde la universidad nos anunciaron que debido al temporal, nos dejarían marchar antes de lo habitual. Entonces empezó una nueva odisea. Cómo llegar al metro a través del pavimento húmedo, resbaladizo y mojado como una auténtica piscina en las zonas en las que la nieve se estaba derritiendo. El hielo...sí, es muy peligroso. Y como luego compobaría con Cristian, mi amigo que me secuestró cuando estaba a punto de coger el metro de vuelta a casa, muy traicionero. Caminando por el paseo Marítimo metí -literalmente- la pata. Donde no debía. Como resultado, el pie derecho vivió unos cuantos minutos como en un congelador. Las manos apenas las sentía. No las gobernaba. Toda una nueva experiencia. Al llegar a casa no sin tomar especial cuidado para no ir esquiando desde el metro de Via Júlia hasta casa, no me resistí a la tentación de hacer fotos en casa. Arriba, estaba la pequeña terraza nevada. La chimenea. Desde allí, podía contemplar la calle con muchos caminitos de agua y nieve fundida. Parecía un laberinto de huellas iluminado por los faros. El balcón, como nunca. Menudo grosor. No parecía real. Nada de ese día.
Ha transcurrido un año. Era lunes, 8 de marzo. Como hoy, se conmemmoraba el Día Internacional de la Mujer. Entonces, quedaba un mes exacto para marchar a Riviera Maya de viaje de fin de carrera. Había muchas expectativas. De todos los colores. Y, ahora que han pasado los meses, es como si todo lo sucedido estos meses hubiera ido muy rápido. Nuevas experiencias. Cambios. Vivencias enriquecedoras. Incertidumbre. Tan rápido que a veces parece que todo ha sido un sueño, como aquella gran nevada de hace 365 días.
Por aquellos días en los que la imaginación se ve raramente superada por la realidad y en que se aparece un cisne negro en nuestras vidas cotidianas. Parece que hoy no va a nevar...
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