No se reconocía demasiado en el último escrito. Parecían como retales de copiar y pegar sin mucho sentido. Impresiones salteadas sin mucho aderezo. Al fin y al cabo, estaba demasiado cansado y necesitaba dormir. Regresó en el mismo expreso de la ida, o eso pensaba él. Cerró los ojos en el oscuro vagón del medio y se sumió en sus sueños no se sabe por cuánto tiempo.
Le despertó un estridente bocinazo. Parecía que estaba a punto de disputarse un partido entre rivales locales, lo que llaman los aficionados popularmente un derbi. Extasiado y sin ataduras, iba a salir del tren con tan mala fortuna que olvidaba sus únicas pertenencias dentro. ¡La mochila! –exclamó con angustia en su mirada. Lo próximo que recuerda es un gran morado en la pierna derecha y estar apoyado a ras de tierra sobre su ansiado tesoro. “Menos mal”-pensó el excursionista. Y se quedó embobado con la vista en las nubes. Algunas dibujaban la silueta de dragones; otras de aves; incluso algunas parecían bellas mujeres a punto de ser seducidas. Se abrían como margaritas deshojadas. Primero un pétalo, luego otro. Así hasta el final. Un ritmo armónico pintado de equilibrio. “Hasta las nubes son capaces de hacer el amor” –sonreía el joven de forma pícara. Puede que entonces alguna cosa le hiciera golpear el corazón porque éste empezó a llamarle con mucha fuerza. Cada vez más. Estaba agitadísimo. Sentía mucho calor y se despellejó la parte de arriba. Caían pequeñas gotas de sudor por el canal del medio hasta descansar en el ombligo. “Hace tanto tiempo que…” – se sinceraba para sus adentros. Esa escena le hizo recordar algo tan apasionado que no pudo contener las lágrimas. Eran las primeras en todo el viaje pero desconocía si serían las últimas. Le avergonzaba mostrar sus sentimientos tan en público y siempre se sentía más cómodo en su hogar. Con las puertas cerradas a cal y canto. Pero quizás, donde fuera que en aquél momento se encontrara, era su nuevo hogar, y no tenía por qué temer nada.
El corazón paulatinamente dejó de brincar y el mochilero aprovechó la tregua para ir en busca de una fuente. O un río. Lo que fuera para refrescarse y zambullirse un poco. Como cuando veraneaba de pequeño en el camping y antes de comer, le encantaba ir a aquella piscina que parecía una isla pirata, con su puente, solo ausente de barcos y cañones. Con las gafas puestas para bucear lo desconocido, todo cristalino hasta topar con raros objetos que yacían en los fondos marinos. Era toda una odisea tratar de inquirir lo ignoto. Y subía a la superficie para recuperar el aliento. Respirar de nuevo. Entonces llegaría rendido a la mesa con la comida seguramente sobre ella o a punto. Habría alguna bolsa de patatas de esas de picoteo. De todo aquello que su padre le advertía que no comiera mucho para no llenarse. Y él se sentiría controlado y pensaría que era “un poco pesado”, aunque lo hiciera por su bien. En esa época tenía mofletes y estaba más rechoncho, se diría que aún estaba por hacer el cambio. Luego adquiriría un cuerpo más de dálmata que otra cosa. Sus padres le miraban con ternura: “solo apareces para comer y dormir, hijo”.
El camping era la libertad. El frenesí de cuando eres pequeño y nada te preocupa más que maximizar el placer. Aunque en esa época ni siquiera sabes qué es el placer y ni muchos menos maximizar. No hay duda de que en aquellos mágicos años él no tenía ni idea de que acabaría liado con curvas de oferta y demanda y minimizando costes, maximizando beneficios. Lo más similar a todo ello eran sus deseos de donuts por las mañanas junto a la taza de leche con cola-cao. Los donuts de la panadería, desde los normales hasta los de chocolate, pasando por los exquisitos rayados y otros que tenían cacao relleno, a los que apretabas y se producía el éxtasis. Para eso y para comprar el pan, le daban algunas moneditas que se guardaba como una auténtica fortuna en una especie de riñonera que con sumo cuidado se ataba a la cintura. Y cogía la bicicleta para ir al pequeño pero acogedor súper. Algunos días también llegaba para algún panfleto de propaganda culé. Eso…era lo más parecido al contacto con la economía y la administración de los recursos escasos.
Las nubes, repentinamente, habían desaparecido. Estaba oscureciendo y apenas se había dado cuenta, navegando en su pasado. Necesitaba algún cobijo. Lo encontraría por un estrecho trecho abrazado por unos pinares a ambos lados que finalizaba en un refugio. Pero no uno cualquiera. En el cartel de la entrada rezaba: El refugio de las hadas. Le encantó el nombre al joven excursionista y decidió adentrarse para conocer un poco más. Encontró un mundo de fantasía. Esa velada la recordaría perfectamente pasadas las jornadas, mientras seguía dejando marcadas sus huellas por su recorrido sin destino fijo. Pero hacia algún lugar. He aquí cómo sonaba la música de las hadas: (...)

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