Era como si todo aquello hubiera estado encerrado bajo llave en un cofre con mucho mimo dentro de su alma. El rememorar todo aquello había posibilitado alumbrar esa historia. Su propia novela. No quiso continuar porque le había invadido al mismo tiempo cierta nostalgia. Era inevitable no rendirse ante un anhelo tan poderoso. Y volvió a sepultar con cuidado esos detalles en su interior. Hasta quién sabe cuándo. Tenía fuerzas y ganas de seguir caminando. Tantas que sin darse cuenta, apareció justo al lado de un letrero bien grande de letras rojas y blancas: I amsterdam. Había estado antes allí pero no de la misma forma. Andaba con paso firme y muy seguro, como dirigido por los mandos de una videoconsola. La apacible capital de los Países Bajos, con sus canales y sus incontables bicicletas le abría el paso, simpática y educadamente. Hasta que alcanzó un hostal algo céntrico que por fuera parecía honestamente cutre. Al mochilero, no obstante, le encantó. A veces sus gustos estaban llenos de contradicciones y nunca sabías si estaba dispuesto a optar por deleites más o menos bohemios. Tenía cama donde poder soñar y una cocina a compartir por todos los que se encontraban en similar situación. Cada uno buscando sus propias respuestas a lo largo del sendero. Perdidos, encontrados. No importaban las razones. Solo la mera coincidencia y compartir algo del destino, aunque la obra de cada uno tuviera distintos colores y algunas estuvieran ejecutadas bien con trazo grueso, bien con fino. En otras tantas, en cambio, no existía el dibujo. Directamente una amalgama de sensaciones salpicadas, sin previo razonamiento. Impulsivas. Valientes personas que no se preguntaban qué hacían allí. Con las que se aprendía a ver la vida con diferente prisma, aunque no fuera lo que más le convencía al joven excursionista. Siempre había sido muy atento y no le importaba escuchar a los demás. Sus cuentos; sus miedos; sus ilusiones. Él también necesitaba comprensión y cariño en ocasiones, y aunque no le gustaba dar muestras de ello, comprendía perfectamente a los que lo requerían. Lo llamaban empatía. Inteligencia emocional.
Se pasó todo el día conversando con otros viajeros sin rumbo fijo, entre la cocina y el comedor conjunto. Algunos le habían ofrecido algo por lo que era típicamente conocida la ciudad. Rechazó champiñones varios y solo se atrevió a dar alguna calada a los que podríamos denominar cigarros de María. No de la Virgen, precisamente. Con eso tuvo más que suficiente para quedarse dormido ya que no estaba acostumbrado a fumar. Ni mucho ni poco. Y, quizás esa droga le produjo efectos afrodisíacos, ni que fuera estando en otro mundo:
Llegaba la hora de descansar. A su lado aquél hecho no era nada banal. Todo lo contrario. Poderla abrazar, poder fundirse con ella en un suspiro de eternidad. Si sonaba algo de música, como aquellas baladas suaves que rezan en los bailes de boda, entonces aún la belleza y la simetría invadían en mayor medida los rincones de la casa. Después del abrazo, un beso de buenas noches y tratar de dormirse estirado hacia arriba. Los cuerpos se rozan mientras los sueños individuales se desarrollan paulatinamente y llegan a condensarse en uno sólo. Ambos lo comparten, son los protagonistas absolutos y la respiración se acelera de forma persistente. Llegan a hacer el amor en sueños. No hace tanto que lo habían hecho de verdad, en carne y hueso, justo antes de fundirse en aquél eterno abrazo.

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