No sabía aún la madrugada si dar paso a un nuevo amanecer. Algo me había despertado. Sobresaltado, abandoné unos segundos el calor de la almohada. Era la lluvia. A través de las pequeñas rejillas de la persiana se advertía que la luz natural estaba de camino. Y seguí durmiendo. Hasta que de nuevo algo me agitó el sueño. Era la alarma.
Ya desperezado me deslicé sinuosamente escaleras arriba para no hacer ruido. Una vez en la terraza, me quedé ensimismado contemplando el temporal a través de los cristales. Hacía bastante frío en esa parte de la casa, tan pronto. Un océano de lágrimas del cielo cubría las calles que alcanzaba desde mi posición. Seguramente toda la ciudad. En esos instantes me recorrió un ligero escalofrío de la cabeza a los pies y me sentí muy minúsculo.
Pensé entonces en la tragedia del terremoto y el tsunami en Japón. En como hay fenómenos imposibles de predecir con exactitud. En como de la noche a la mañana, todo un paisaje puede cambiar abrupta y violentamente. Con miles y miles de personas sufriendo los efectos de tan devastadores eventos. Sabemos que existen zonas del planeta más propensas que otras a sufrir determinados procesos geológicos y a padecer con mayor intensidad los efectos adversos de la naturaleza. Sin embargo no podemos anticipar que ocurrirán a tal hora en tal lugar. La impotencia es lo que nos preside cuando, pasada la tormenta, no llega la calma sino las temibles consecuencias. La cruda realidad. Un auténtico desastre del que habrá que armarse de valor para volver a reconstruir todo aquello donde antes brillaba la vida y la ilusión.
Porque aunque no podamos evitar la intensidad y el impacto de la violenta acción de la naturaleza en ocasiones como la más reciente en la costa del Pacífico, valga el recuerdo y honor de las víctimas para empezar ya a edificar las bases del mañana. Desde hoy. La madre Naturaleza nos avisa de vez en cuando que no estamos solos y de que no estamos capacitados para controlar absolutamente todo lo que nos rodea. Y si algo debemos extraer de toda tragedia es la fe por no rendirse nunca. La esperanza de seguir hacia adelante pase lo que pase.
Días en que el cielo se hace eco del sufrimiento. Seguro que la angustia y tristeza de hoy serán la alegría y el resplandor del mañana.

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