Cuando despertó, tenía mucho apetito. Y no solo le llamaba el estómago. No muy lejos tenía quizás una solución de emergencia. Cerca de Oude Kerk encontraría lo que buscaba. Recordaba perfectamente un callejón por el que la primera vez que estuvo allí, pasó no menos de 5 veces. Arriba y abajo. Mirando de reojo para no quedarse embobado y aparentar que se trataba de un turista sin demasiadas intenciones. Cuando estaba a punto y preparado para su cita, algo le sorprendió al fondo del pasillo. Era la silueta de una chica claramente, algo mayor que él aunque no demasiado. A medida que se acercaba parecía más evidente que llevaba sus equiláteros senos al descubierto. Sus miradas ya posaban una frente a la otra y ella le dijo en un casi perfecto inglés con sujetador tendencioso en mano: “Are you leaving”? El muchacho le iba diciendo a todo que sí, ya fuera asintiendo ya con un tímido pero pícaro “yeah, yeah”. Su mente ya no estaba en los alrededores de Oude Kerk sino en la cercanía de los pechos de quien tenía posando a escasos centímetros de distancia. Era una chica de intenso azabache, más bajita que él, con la piel curtida al sol del este de Europa. Ese rostro que se había visto reflejado en las aguas del Danubio cada tarde de su infancia le hacía un ademán para que se acercara. Le dijo que “I’m from Hungary” aunque el mochilero no sabe si realmente fue un “I’m hungry”. Se lo tomó como algo personal y la besó apasionadamente contra la pared mientras con una de sus pequeñas pero firmes manos alzaba el brazo izquierdo de la joven. Entraron a trompicones en la habitación, no descuidando dejar la puerta abierta. Allí se estaba como en un volcán en erupción. Sobre la cama, las sábanas quemaban con osadía. Todo a su paso se prendía. El suelo se movía al ritmo de ellos dos, alocadamente poseídos y desenfrenados. Cuando les daba por mirar hacia arriba, les parecía que el techo se venía abajo, sensación incrementada por los efectos giratorios del ventilador. Allí no se notaba más que calor. Pasión desatada. Todo el día o casi todo estuvieron así. No había noción del tiempo y el espacio ya no era el de horas atrás sin duda. Hasta que el volcán empezó a dar cada vez menos guerra y el clima se apaciguó. Deshidratados; presentaban síntomas evidentes de sed. Y, como por la mañana, el joven tenía hambre. Aunque ya había saciado parte esencial de su apetencia. Rendidos. Izaron finalmente la bandera blanca. Y se quedaron dormidos.
Cuando los ojos ya le picaban para volver a ver la luz entre los que no quieren seguir soñando, se encontró de costado en medio del lecho como quien abraza a una sombra. No había nadie más que él y se sintió por un momento absurdo. Entonces, se levantó rápidamente en busca de alguna señal por la habitación. Los sentidos no le podían estar jugando una mala pasada. Sabía que se había dejado llevar por el instinto no hacía demasiado y debería haber alguna prueba por allí. Como estaba empezando a perder un poco la paciencia optó finalmente por las bravas. Agarró la almohada con vehemencia y cuando se disponía a estamparla por toda la sala cuán culpable de un aparente delito, sus ojos se toparon con una pequeña nota escrita a mano:
“I really had a good time with you. I have to go on my own road. P.S. Your hungry Hungarian.”
En ese momento asumió que su tiempo en Amsterdam había finalizado. Era tiempo de seguir también adelante. Abandonando la ciudad, en uno de esos buques lanzaderas, ya no quiso echar la vista atrás. Le esperaba impaciente la panorámica que le ofrecía el horizonte. Todo por descubrir. Y si hubiera sido fumador, se habría encendido esta vez un cigarro normal para ofrecer unas cuantas caladas al porvenir.

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