20.3.11

Pequeños retazos (II)


Iba a emprender un viaje intenso. Más que largo. Y profundo. Por tierra, mar y aire. En todas las direcciones. No precisaba de brújula. Le guiarían los sentidos. Su instinto de excursionista y mochilero. Sabría moverse como pez en el agua por todo tipo de situaciones. Correrá si hace falta. Nadará cuando deba y saltará los distintos obstáculos que encuentre por el camino. Piedras y rocas que se verá obligado a superar. Ya no habrá marcha atrás. Una vez comience solo mirará hacia adelante. Podrá acompañarse del recuerdo y la nostalgia pero tiene que ir hacia algún lado.

Ése día empezaba su viaje a… ¿Desea iniciarlo usted, querido lector, también?

El excursionista cruzó su ciudad natal en medio día. Sería la única y última vez que iba a ser plenamente consciente del tiempo. Todo parecía tan relativo… Y llegó a un río que nacía en la frontera entre la tierra que le vio nacer y lo que había sido un pequeño poblado obrero a finales del siglo XIX e inicios del XX. Esas colonias fabriles donde uno echaba raíces junto a la familia. Su vivienda, el economato, la iglesia… Todo florecía alrededor de un núcleo industrial. La fábrica. Daba trabajo a todos los habitantes. Lo de florecer es un decir, puesto que el color ceniza decoraba los cielos en esos lares, sufriendo impotente el verdor de los bosques desde donde se aprovechaba la madera para las construcciones. Ahora ya abandonado, el excursionista oteaba el antiguo poblado después de verse reflejado en las sinuosas pero calmadas aguas del río. Entonces, con algo de aprensión y cierta precaución, decidió darse un baño. Ese paisaje le había hecho recordar algo. Se dio un buen chapuzón entre renacuajos y algún sapo desafiante en algunas pequeñas charcas junto a la orilla, con las piedras de testigo que parecían erigirse como los tronos de esos atentos anfibios. Dejó a elección de la naturaleza lo de secarse. Con los pelos algo alborotados y cayéndole finas gotas por los costados de la cara, iba arrugando las húmedas y pobladas cejas hasta que, tras una mueca desconocida, decidió coger la libreta y escribir:

Decidió caminar un poco más, ya seco con sus ligeros tejidos cubriéndole el cuerpo. Hacía calor. Alguno opinaría que era insensato y descarado ir con tan poco ropaje. Para el excursionista, sin embargo, lo importante era el interior. Las apariencias pueden engañar y cuando nos mostramos verdaderamente como somos es al estar desnudos. Como cuando nuestras madres nos iluminan el nuevo mundo. Parte de la esencia humana reside y acaba en ese acto. Nacemos tal y como somos. Algunos nunca vuelven a encontrarse. Por eso –pensaba él- había que seguir caminando un poco más.

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