El corazón no engaña. No entiende de disimulos. Él sabe cuando reír, cuando llorar. A quien abrazar. A quien ayudar. Es quien se pone nervioso antes de determinadas situaciones. Deseados y esperados encuentros. Cuando se advierte en la lejanía la sombra de quien te gusta. Cuando dos miradas se cruzan inevitablemente. Es el corazón quien te avisa, dando un brinco. Saltarín como nadie cuando el momento es especialmente único. Juguetea con sensaciones mezcladas que recorren tu cuerpo en todas las direcciones. Entre ellas, ese cosquilleo que pretende agujerear en el estómago. Cientos de pequeñas hormiguitas que van haciendo sus rutas allí en medio. Para aquí y para allá. Y la piel se eriza con sublime sensualidad.
Escuchas su voz. Se acelera el pulso. La ves. Te deshaces como el hielo en plena canícula. Hablas de ella y sonríes. Cada vez que pronuncias su nombre tu imaginación hace el resto. Son tus ojos más brillantes que nunca y los labios parecen saborear suavemente su silueta, con la lengua recorriéndola de arriba a abajo. Esos gestos y esas muecas te delatan. Pareces otro aún cuando su presencia solo es evocada. Con esa sonrisa a medio camino entre lo risueño y lo pillo, de oreja a oreja. Si el hecho de que te gustara alguien fuera un crimen, estarías confesando. Sin vacilamiento y ni mucho menos arrepentimiento.
Inconscientemente te delatas ante ti y el resto. Porque tu interior desobedece a las mentiras y a la traición. Da brincos de alegría y se emociona cuando alguien te gusta. Es inevitable. Los latidos bailan al compás de una melodía a veces suave, a veces más acelerada. Sufriendo altos y bajos, pero siempre en movimiento. Dando señales de vida porque el corazón, ante aquella persona que de verdad te gusta nunca es ni se muestra indiferente. Él nunca engaña. Porque no sabe.

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