Era un pueblo muy, muy pequeño, rodeado de montañas y atravesado por un caudaloso río que lo dividía en dos mitades. A sus afueras, un gran castillo se erigía, monumental. Era mucho más alto y espacioso que cualquiera de las casas del pueblecito. En el castillo vivían unos señores que administraban la villa a su antojo. El señor y la señora habían sido los últimos legítimos herederos y no siempre impartían con justicia. Tenían a su pueblo sumido en el alfabetismo, sin escuela alguna construida. Además pasaban hambre ya que solamente podían subsistir de parte de la cosecha que no entregaban a los señores. Cuando no favorecía el tiempo a la siembra apenas podían llevarse algo a la boca aquellos humildes campesinos. Por eso aprendieron a guardar parte de lo que germinaba en sus austeras bodegas, para cuando vinieran aquellas gélidas jornadas que hacían imposible trabajar la tierra. Justo en el centro de la pequeña villa, a la altura del puente que permitía cruzar de un lado a otro, se había levantado en la época de los antiguos señores un molino desde el que se podía abastecer con pan a todos los habitantes. Se decía popularmente que el trigo y la harina de allí eran la mayor exquisitez que uno pudiera encontrar por la zona.
Los onerosos administradores, con su única hija a punto de entrar en la mayoría de edad, necesitaban un futuro gobernante que fuera digno de su querida doncella. Pero el desprecio que sentían por el muy pequeño pueblo que regían hizo que buscaran pretendientes en otros lugares, más o menos alejados. Mandaron emisarios con órdenes muy estrictas y claras de cómo debería ser el futuro señor de la villa. Pasaron las semanas y los meses y no llegaban ni los emisarios ni noticias. Hasta que tras un precioso amanecer invernal regresaron con nuevas. No era lo que esperaban así que decidieron prescindir de aquellos empleados a su juicio tan ineptos. Mandaron cortar sus cabezas.
Su hija, que no estaba del todo al corriente de las novedades ni de las intenciones de sus padres, tenía permiso para bajar al poblado dos días a la semana. Siempre acompañada por su criada, la misma que había hecho de partera en su nacimiento. En una de esas 'aventuras', tal y como le gustaba a la joven llamarlo, perdió de vista a su criada tras encantarse con la corriente de agua que arrastraba multitud de peces. Al principio se asustó un poco, pero se sintió pasados los segundos, libre. Como nunca antes. Entonces, de una vieja posada que la escoltaba, aparecieron dos jóvenes con la cara descubierta y un saco de los que utilizaban para guardar los kilos de patatas. La metieron combinando maña y fuerza, llevándosela a una de las casas de allí cerca. Una vez dentro, la dejaron salir del saco. Ella rogaba que la dejaran volver a su casa. Que sus padres estarían muy preocupados y que no sabría de qué serían capaces con tal de conseguir lo que ansían. Uno de los zagales miró atentamente a la joven doncella con ojitos de cordero degollado, tanto que ella se sintió incómoda y enrojeció inevitablemente. Él le dijo que la cuidaría y que no le pasaría nada. A cambio le pidió que le enseñara a escribir y leer. Había robado algunas escrituras en una feria de comerciantes en una localidad cercana y quería aprender.
Los señores no tardaron en mandar nuevos emisarios. Primero por los alrededores para buscar a su hija y luego por el poblado. Pensaban que le había podido suceder algo terrible de regreso a casa. Esta vez, aunque sus serviciales oficiales regresaban sin lo esperado, no ordenaron más sacrificios sino ir directamente ellos al pueblo. Habían transcurrido unas dos semanas desde que vieron a su primogénita por última ocasión. Cuando alcanzaron el poblado, vestidos de incógnitos para pasar desapercibidos, el señor y la señora no sabían por dónde buscar. Nunca se habían preocupado de verdad de administrar un pueblo tan pequeño y era como pisar tierra ignota. No conocían el viejo molino, los cipreses de la zona sur o las piedras preciosas que cambiaban de color según la intensidad con la que bajara el caudal del río. Ni tan siquiera se habían acercado a la bella Fuente de los Milagros, al final de la villa en sentido contrario a donde se encontraba el castillo. De esa fuente comentaba la tradición convertida en leyenda que quien de ella bebía, podría pedir un deseo que por muy imposible que pareciera, se acabaría convirtiendo en realidad. Cada vez que bajaban al pueblo, picaban por todas las puertas, preguntando si habían visto a una moza descrita a imagen y semejanza de como era su hija. Desesperados y habiendo perdido ya la cuenta de los días que llevaban sin ver a su amada chiquita, como les gustaba llamarla cuando era muy pequeña, decidieron ir a beber a la mágica fuente. Pensaron que era agua normal ya que su orgullo y rango pesaba más que cualquier destello de la imaginación y los sueños. Con todo, regresaron al castillo convencidos de que al día siguiente la encontrarían.
Mientras, su hija había enseñado a leer a aquél mozo campesino de manos torpes pero muy risueño. A ella le costó poco encariñarse ya que nunca había podido tratar con ningún chico. Le costaba pronunciar sin hacer algún que otro gracioso parón y hasta algunas veces ella no podía evitar reírse ante su entonación. Al tiempo que iba aprendiendo a leer, iba anotando con pluma en una especie de pergamino aquello mismo que sus ojos seguían. Hasta que una mañana, la señorita despertó y encontró un trozo de pergamino junto a su lecho. El joven le había escrito que ya podía regresar al castillo, que sus padres estarían preocupados y además, le daba las gracias por todo. Faltaba alguna tilde en sus palabras pero no le importaba a la joven , quien no pudo contener las lágrimas cuando detrás de todo aquello había escrito en un tamaño más pequeño que lo otro un TE QUIERO. Esta vez sin falta alguna. Cuando pudo reencontrarse con el mozo campesino le dijo que no quería marcharse, que estaba muy a gusto con él y que le había dado miedo al principio pero luego ya comprendió que tenía buenas intenciones. Y que también le quería. Con mayúsculas.
Salieron a tomar el fresco y en ese instante aparecieron los padres de la doncella, vestidos como dos pobres campesinos más. Al cruzarse las miradas, inmediatamente corrieron a su posición y la abrazaron con fuerza. Los tres en una estampa única. Pero rápidamente volvieron a la realidad y trataron de ajusticiar a aquél haraposo que merodeaba a su lado, demasiado cerca para el gusto de los señores. Su hija les explicó toda la historia y aunque sus padres refunfuñaban como nunca, intentaron convencerla de volver a casa. Ella se negaba. Decía haberse sentido más en su hogar con ese campesino que no los casi 18 años que llevaba en el castillo prácticamente encerrada de la vida de verdad. En ese preciso instante, como por obra de un milagro empezó a acercarse a donde se encontraban los señores, su hija y el mozo, el poco gentío que vivía en la villa con todo tipo de herramientas en la mano, sobre todo hoces y martillos. El pueblo era un clamor pidiendo justicia y libertad. Querían ser propietarios de sus tierras. Demandaban una escuela para sus hijos e hijas. Ante la multitud, que parecían muchos más de los que verdaderamente eran, los señores acabaron cediendo, resignados y vergonzosos, con mucho miedo e ira en sus miradas.
Tras ese episodio, convirtieron su castillo en una gran escuela y ellos pasaron a vivir con el resto del pueblo. Se convocó una asamblea para elegir de forma mayoritaria y consensuada a la gente que debía administrar la villa. Eso fue solo el principio puesto que ese muy pequeño pueblo rodeado de montañas y atravesado por un caudaloso río que lo dividía en dos mitades, se acabaría convirtiendo en una referencia en la zona. La escuela, antes castillo, se convirtió con el tiempo en la primera universidad. Todo un centro de conocimiento. El pueblo acabó creciendo mucho. En dimensiones y en población. Más allá de la Fuente de los Milagros. Una fuente de la que todos los habitantes habían bebido alguna vez en su vida, dándoles el tiempo la razón a aquellos que habían confiado en que los sueños se hacían realidad.
Así sabemos que, regresando a la hija de los que fueron los últimos señores, había bebido agua por primera vez de ese sitio en una de las 'aventuras' con su criada para luego pedir con todas sus fuerzas encontrar a un chico noble y justo que la enamorara de verdad hasta el fin de los días. Por esa razón, junto a la famosa mágica fuente construyeron dos figuras. Dos jóvenes cuyas miradas parecen cruzarse por primera vez. Desde entonces no solo es un destino de peregrinaje para saciar la sed de forma milagrosa sino también un lugar de culto para aquellas parejas que acaban de conocerse y que están empezando a dar sus primeros pasos en la misma dirección. La misma con que dos miradas que se cruzan por primera vez parecen decirlo todo.

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