1.4.11

Novela iniciada, inacabada


Cuando quiso volver la vista hacia atrás ya solo se veia la huella del humo reflejada sobre el asfalto. Allí, impregnados y apilados yacían la multitud de recuerdos que justo antes de marcharse ella habían pasado ante sus ojos. Tristes y desangelados, caían sobre el propio peso del cuerpo que apenas podía mantener el equilibrio, balanceándose y serpenteando al tenue ritmo de un corazón casi helado por las circunstancias y por la tregua de la canícula en ese día demasiado especial. Se dijo a sí mismo que no quería jamás volver a pasar por aquello, que odiaba –cuando en realidad era temor- las despedidas; sentía miedo de tener que volver a pasar por una situación similar y deseaba con las pocas fuerzas que le quedaban que el destino no le jugara con unas cartas parecidas a las del último mes.

Era una sensación para nada desconocida, alguna explicación había en aquél rostro y alguna razón había en su mirada para comprender que no era la primera vez. Se llamaba... “ bueno no importa”-se decía hacia sus adentro. Ashley. Sin más, sin apellidos para hacer de una posible búsqueda una tarea mucho más ardua y para irradiar un aroma de épica y leyenda a todo aquello. Era lo que menos se le pasaba por la cabeza en esos momentos y es que sabía que Kansas estaba demasiado lejos y allí no se le había perdido nada. Nada.

Pero la tez de nata que adornaba su cuerpo forjado en las llanuras y los ojos a medio camino entre lo azul, lo verde y lo etéreo dibujaban algo más que un recuerdo. Una ilusión de cabellos dorados creando una sensible melena que se movía al compás de sus movimientos y palabras. Poco importaba que la hubiera conocido con dos copas o tres en el estómago. Sin cacique o con él, ella estaba allí. Pero no lo iba a estar para siempre. Porque el verano nunca estaba para siempre; las estaciones caducaban a una velocidad relámpago y en especial las veraniegas. Se reúne lo efímero, lo pasajero, lo transitorio, creando un clima de sensaciones y sentimientos ambiguos que colapsan al final, cuando ya todo termina. Cuando cesa el sueño y uno despierta a la cruel realidad. Y esa chica de dulces muñecas y sabrosas palabras, de cintura atrevida y universitarias piernas curtidas con encanto, pechos redondos y sublimes, rubia al sol y castaña a la luz de la luna, de nombre Ashley, acaba marchándose a lo lejos. Desaparece dejando huella pero ella, lo real, lo físico y lo palpable se aleja tras el horizonte. Lo intangible, el recuerdo, la ilusión, el sueño, su sueño, sus sueños, permanecen fieles a su lado cuán dócil perro. Le harán compañía durante cierto tiempo y él lo sabe, asume su carga y arrastra a duras penas y con mucho desgaste su pesada magnitud.

De aquél volcán en erupción solo quedaban algunas cenizas esparcidas por el paisaje. Ella, la playa, ella, ella… Todo era ella y la veía como a través de una neblina en el cielo plomizo, imaginaba su rostro en las hojas de los árboles y esculpía su cuerpo con el agua del manantial que resbalaba sobre sus manos. Bajo la ducha, cerraba los ojos y sin tragar agua, aguantaba la respiración tras suspirar. Suspiraba por ella. Suspiraba porque sabía que había amado a una chica desconocida en tan solo un mes y que se habían dejado llevar por la pasión como si tuvieran tanta prisa para coger el tren que se habían quedado a dormir en la misma estación para no perderlo, para que no es escapara. Más a pesar de la dejada y abandonada inocencia tantos años atrás, no quisieron nunca asumir lo inevitable y lo que estaba por llegar. No les importaba jugar con un fruto prohibido cuyo final era indeseable pero demasiado conocido y familiar para muchos, incluso para él y ella. Pasado el tiempo incluso él dudaba de hablar en términos de “nosotros”.

Era finales de agosto de un año sin importancia hasta que Ashley apareció en su vida. Pero ella ya se había marchado de vuelta a Kansas, y él seguía donde siempre, con unas sensaciones nada ajenas y que ya había experimentado en alguna ocasión aunque cada romance tiene su embrujo y su esencia. Unos sentimientos que él mismo decidió plasmar por escrito en uno de sus rincones favoritos de Internet a su vuelta a casa:

(...)

Cuando Martín terminó de escribir las anteriores palabras el firmamento neo-industrializado escasamente estrellado de la capital catalana anunciaba para el día siguiente un amanecer más soleado. Los últimos coletazos quizás del verano. Allí, contemplando la oscuridad celestial, buscando pistas hacia su interior, en un viaje que no conduciría ni a Kansas ni Alemania ni a Segovia ni a lugares más cercanos de la costa de Cataluña. Dejó caer su cuerpo sobre el colchón y una calmada brisa lo arrastró en sueños de una forma directa y profunda.

(...) to be continued

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