29.12.11

De lágrimas


Dicen que la vida no se mide por las veces que respiras sino por aquellos momentos que te dejan sin respiración. Instantes únicos, vivencias que guardas para siempre en tu interior, recuerdos que con un solo toque de anhelo e inspiración emergen a la superficie, escenas que anidan en lo más profundo de nuestro corazón. 

Intento asimilar el año que inevitablemente agoniza con algo de perspectiva y, realmente, ha habido algunos de esos momentos. Pero este 2011 ha sido el de las lágrimas. Llorar no siempre es un acto reflejo que dibuja la tristeza al exterior. En algunos casos todo lo contrario. 

Fluyeron algunas noches entre lágrimas. Echar de menos a alguien con quien has imaginado todo el universo a tus pies. No era sencillo. En la soledad junto a las estrellas. Entre unas paredes que parecían rebotar miles de imágenes por minuto. Multitud de sensaciones que jugaban siempre alrededor de la nostalgia. Las sábanas y la almohada como cómplices. Querer ver con el corazón pero apenas tener fuerza para sentir y para mirar el horizonte con ilusión. No fueron pocas las veces que me quedé dormido tras desprender algún mar de gotas cristalinas. 

Desde otro prisma bien distinto, el Barça nos volvió a ofrecer más capítulos de su bella historia que agrandan su leyenda. Nuevos títulos a su legado, plagado de un éxito a la par tan reciente como casi inaudito en sus más de 110 años de existencia. La exhibición en Wembley ante el ManU, donde se completaba una cuadratura del círculo que no evocaba sino continuidad más que el final de una época, me produjo una emoción tremenda. No viví la final de México 1970 entre Brasil e Italia pero sabía que estábamos a un gol de redondear el marcador con un contundente 4-1. El símil, iba más allá. La canarinha campeona que lideraba Pelé preside el altar de grandes conjuntos de fútbol de toda la Historia. Allí donde el Barça entrenado por Guardiola ya pertenece por méritos propios. No somos plenamente conscientes, absorbidos por la inmediatez de los sucesos que viajan junto a nosotros, de todo lo que está logrando este equipo mágico. Eterno.

Poco antes de Wembley, lloré. Fue tras un entrenamiento con los alevines. Llegué a casa y mis padres me dieron la enhorabuena. No pude contenerme y los abracé como nunca. Un oceáno de lágrimas. Literalmente. Tras una búsqueda que no acababa de far fruto alguno, me llamaron de Pepsico. Comenzaría el 17 de mayo bajo contrato de prácticas. Por fin alguien me daba la oportunidad de tener experiencia laboral en una compañía y en algo relacionado con mis estudios. Habían sido muchos los meses y uno acababa por sentirse inútil e incapaz de lograr lo deseado. Fue una inyección de moral enorme al mismo tiempo que todo un desafío. Me siento muy agradecido por la confianza que me dieron y el tiempo que esté en la empresa intentaré dar lo mejor de mi mismo. 

Igual que en el Bosco... De allí nacieron las otras lágrimas especiales cuyo sabor resulta aún hoy día indescriptible. Y todo se condensa, siendo muy injusto, en una tarjeta repleta de detalles cuya trascendencia protegeré siempre bajo llave en el cofre de mi alma. He aquí aquello con lo que me sigo emocionando siempre que le echo un vistazo. Son palabras que están ahí. No se las llevará el viento. Igual que quienes las escribieron, nunca fallan. Ellos nunca me fallaron:

1- Rome: Nunca te olvidaremos Chopi, hasta luego.
2- Raúl (Rayu): No te vayas sino te pegamos! Que tengas novias!
3- Sergi (Tapi): Chopi nunca te olvidaremos ni lo que nos has enseñado. Dew.
4- Òscar: Chopi gracias por todo lo que has hecho y espero que te vaya bien la vida, el trabajo y las novias. Nunca te olvidaremos.
6- Roger: Chopi ets collonut. Ets el millor! K estoy muy LOKO!
7- Prats: Eres un buen entrenador y una buena persona, te conozco desde hace muchos años y creo que todos no te olvidaremos. PAZ. Y aprovecha tu vida al máximo vale!!!
8- Alex Mateo: Que te vaya bien el futuro.
9- Gaspar: Nos has entrenado bien estos años, te recordaremos siempre. Adiós.
10- Dani: Chopi espero que te vaya bien en el tajo y que te saques una novia!! Y no de las imaginarias que tienes!
11- Segu: Eres el mejor entrenador del mundo. Te queremos.  

Seguramente este sea el último post que escriba hasta 2012. A todos los que habéis dedicado parte de vuestro preciado tiempo en acercaros, muchas gracias. Es un placer.

No prometo nada pero volveré. Si no con más cantidad, sí mayor calidad.

¡Feliz Año Nuevo a todos! 

Paz y Amor.






23.12.11

Un nuevo camino



Si cada año fuera un camino, el final del mismo se vislumbraría ya muy cerca. Como si empezáramos a ver la luz al final del túnel. La vida, en esencia, año tras año, constituye un único camino. Con sus vueltas de tuerca, sus altibajos y todo tipo de tirabuzones inimaginables. Giros inesperados del destino que juegan con nuestros corazones, nos abrazan momentos irrepetibles y nos condenan bien al disfrute más dulce, bien al sufrimiento más terrenal y terrible. Como una moneda, tenemos ante nosotros dos caras: en una habitan las alegrías y en otra las tragedias.

La dualidad de la vida en su apogeo…

Inevitablemente, el dolor y el sufrimiento forman parte de nosotros. De las personas que respiran a nuestro alrededor y el contexto que nos envuelve. Pero todo en la vida te aporta, por muy mal trago que te haga pasar. Es aquello que llamamos experiencia. Para bien o para mal, todo te debe hacer más fuerte mentalmente. Tanto si tenemos éxito, para no sucumbir ante la comodidad y tratar de aspirar a más. Ascender es un aprendizaje continuo. Tras alcanzar una cota, se aparecerá una nueva algo más arriba. Y así una y otra vez. La ambición, canalizada con humildad y como desafío por no rendirse nunca, dignifica al ser humano. Y, por el contrario, en las dudas, fracasos y desaciertos, también debemos aprender. Para intentar no cometer los mismos errores. Es algo que solo conocemos a posteriori, nunca ex ante. ¿Qué emoción tendría todo este juego vital si supiéramos los resultados de nuestras decisiones de antemano? Por eso, cuando tomamos una decisión debemos comprometernos con ella. Ya habrá momento de buscar alternativas o soluciones más adelante, vistos los resultados. Porque hoy por hoy no tenemos la capacidad de recorrer al unísono dos vías distintas. Solo en universos paralelos, si existen.

Quizás…

Sin embargo, al llegar a ciertas edades, cuando cambias el colchón escolar y universitario por otro lleno de incertidumbre, el paisaje se dibuja más caótico e imprevisiblemente aterrador. Como esa escena en sueños en la que uno se ve llegando al final de un paseo que conduce inevitablemente a un acantilado. Justo estás en el borde. Miras abajo. Con la sensación de que puedes caer tan fácilmente. Pero también miras al horizonte. Donde parece dibujarse la esperanza. Y la felicidad. ¿Cómo saber que acertarás con tus decisiones? ¿Cómo saber que los pasos que darás te permitirán seguir avanzando hacia ese anhelado horizonte? ¿O nos caeremos al suelo?

Suceda lo que suceda, nos volveremos a levantar…

Y vendrá otro año, un nuevo camino dentro del gran sendero de la vida. Aciertos, errores. Imprevistos tremendamente únicos y bellos. Ojala estemos aquí para contarlos. No olvidéis este momento. Recordadlo para la eternidad. Porque ya no volverá a suceder de la misma forma.

Siempre es tiempo de sonreír y tratar de disfrutar, más allá de las circunstancias. Porque cualquier día, aunque parezca amanecer en la vulgaridad más vaga puede cambiarte la vida… Para siempre.

Ya saben lo que decía el maestro: la vida puede ser maravillosa.

8.12.11

Un petó val més que mil paraules


Un primer petó. S'obre el cel. Tot un univers de sensacions recorre el teu cos. Dubtes. Continuar. O separar els llavis d'aquells que semblen enganxats per art de màgia. Uns segons. I us mireu als ulls. Quina preciositat. No havies mai reparat en aquelles perles que dibuixen un oceà mig blau, mig verd, segons la llum que s'hi reflexa. Voldries parar el món en aquell precís instant. Un desig, però, que es trenca perquè els seus llavis i els teus esdevenen novament un de sol. És maduixa o potser gelat de gerds. O una barreja. Sigui com sigui, és un postre deliciós que t'agradaria poder gaudir tota l'eternitat. Allò semblava justificar tota una vida. 

Pareu uns segons. Dos somriues es troben en plena harmonia, capritxosament dissenyats. Ella s'atansa una miqueta més i s'encongeix. Quedant el seu cap sota el teu braç esquerre, a l'altura del teu pit. L'acaricies suaument des de la galta fins arribar a penetrar la frondositat dels seus cabells. Amb especial delicadesa i cura. Com qui vetlla perquè tot surti perfectament. Tu improvitzes i ella et segueix: 

- M'agrades. M'agrades molt.

- Quant és molt?

- Molt. Molt és molt.

- No em serveix...

- M'agrades molt. Molt més que tu.

- I com ho saps això?

- Ho sé. Senzillament ho sé.

- Tampoc em serveix...

- Doncs em rendeixo.

- Això sí que no... Ja no et crec. 

- I com puc fer perquè em creguis?

- M'ho hauràs de demostrar. No nomès amb paraules sinó amb fets dia rere dia. 

En aquell precís moment sembla que el silenci volgui apoderar-se de la conversa. 

Aleshores tu, agafant-la pel coll amb fermesa però elegància, la beses amb una passió ben bé desconeguda. Com si t'anés la vida en aquell petó.  

6.12.11

Contrastes


Algunas hojas caídas anuncian que el otoño no se quiere fugar. Me acompaña un gélido viento que amaga a festivos invernales. Las luces de Navidad, teñidas de un intenso colorido que despierta la imaginación, decoran el paseo mientras recorro la Diagonal. Atrás he dejado el frenesí patente del consumo. Clases acomodadas cuya demanda fluye sin condicionamiento alguno, sea la coyuntura que sea.

Más adelante, el contraste. Un par de indigentes mendigando con escasos ropajes en medio del frío y del río incesante de gente que viene y va sin reparar en sus miradas. Esas miradas vacías que cortan la respiración mientras se fijan en un punto concreto del paisaje urbano. Inertes. Sin alma. Robados de una vida que otrora soñaron y cuyos destinos han llevado a tan mísera y desgraciada situación.

Me siento afligido por dentro y hasta responsable durante todo el trayecto hasta que logro evadirme profundamente con un artículo de Rubén Uría sobre Fernando Martín, fatídicamente fallecido en accidente de coche el 3 de diciembre de 1989. Al llegar a casa, aún tengo esa amalgama de sensaciones mezcladas y encontradas. Contradicciones que sacuden mi interior, golpeando en forma de preguntas. Pero no encuentro respuestas.

Por si faltaba algún ingrediente, añado nostalgia leyendo algunas cosas muy visibles en la habitación. Y no puedo sino emocionarme. Después hallo la paz definitiva a partir del chorro caliente. Cómo me gusta. La ducha abraza mis pensamientos.

Había sido una tarde muy ilustrativa. Didáctica. Vivimos en un frenesí tan constante que tendemos a olvidar lo que somos. Lo afortunados que debemos sentirnos. Es más importante, con el paso del tiempo, ser recordado por cómo eres y lo qué has aportado, que no por lo que tienes. Nuestra mayor riqueza y posesión es la esencia humana. La felicidad es el camino. Entre todos podríamos conseguir que en medio del frío no se tuviera que dibujar rostro alguno de pobreza sino de alegría.

Tenemos un potencial de recursos intangibles, materiales y apoyos tecnológicos como nunca antes en la historia, pero seguimos en mayor o menor medida absorbidos por una espiral de egoísmo que en muchos casos roza la codicia extrema. Esa avaricia tan recelosa de la generosidad y la empatía. Para que no solo en Navidades sino durante todo el año y los venideros, podamos disfrutar todos de una existencia digna. Igual que quien escribe o tú, querido lector.

No es en la palabras donde reside la lucha por un mundo mejor sino en la conciencia de cada uno de nosotros. Está en nuestras manos que nuestros hijos y nietos puedan ver la luz del Sol brillar con más intensidad de lo que lo hicieron nuestros padres y nosotros mismos.

4.12.11


El lunes de la semana pasada contemplé Barcelona desde las alturas. En las Arenas. Algo que no hacía desde abril. Y como la primera vez me quedé algo pensativo oteando el horizonte. Con la vista hacia Montjuic. Siendo consciente de cómo habían cambiado las cosas desde entonces. Era como regresar al pasado con un nuevo disfraz, algo más abrigado, y lleno de confianza en algunos aspectos. Pero con otras dudas e interrogantes. Había llovido mucho desde aquél caluroso día del cuarto mes del año y realmente algunas de las gotas que había conocido durante el camino eran especiales.

Pero la vida fluye. Nada permanece.

Así también me encontré a mi mismo ayer en Sala B, lugar al que no acudía desde mayo, mes en que empecé a trabajar. Las circunstancias han cambiado notablemente así como las expectativas dentro de la organización. Sin opciones reales de promocionar una vez se acabe el contrato, piensas hasta qué punto es racional darlo todo por algo en lo que no puedes subir. Promocionar. Uno en la vida siempre busca ese punto necesario de ambición. Incentivos a los que responder con sacrificio y compromiso. Pero son tiempos complicados en lo laboral y cuanto menos, hemos de valorar la experiencia adquirida, que no es poca, y la oportunidad de contribuir con nuestras acciones, por muy invisibles que parezcan, dentro de una compañía de prestigio y calidad reconocida. Una puerta abre otras en distintos lugares y ante todo, el trabajo bien hecho y el esfuerzo, siempre tienen su recompensa. Siempre.

Quizás aún más se acrecenta la sensación de incertidumbre e inseguridad porque tras más de 6 meses no solo has aprendido los detalles de tu posición y vas defendiéndote mejor o peor en tus funciones, sino que además has podido ver la realidad. Cosa seria. La vida tal y como es, de la A a la Z. Como se plantean unos objetivos de ventas y luego lo crudo que es salir a la calle con el camión y vender. Hay una distancia inevitable entre la oficina y el aire libre. Imperceptible cuando te pasas más de 8 horas allí metido. Sentado delante de la computadora.

Esa vida en la que puedes comer el miércoles y jueves con un compañero de trabajo, como las últimas casi treinta semanas, y de repente, saber desde el viernes, que ya no volverás a verlo en el mismo sitio. Era ir al cooler a por agua y saber que iba a estar ahí. Que irías y le preguntarías: 'què tal tot, molta feina...heu guanyat aquest finde?' Es la cara de la crisis, tan cercana y vivida en primer plano prácticamente. Es joven y tiene toda la vida por delante pero son sucesos francamente desagradables. Al fin y al cabo, era el más barato del departamento en términos de indemnización por despido (menos tiempo en plantilla que el resto). Así que, desde luego, por si alguien lo dudaba, somos una cifra. Me imagino el trabajo de aquellos que suman y restan para calcular a quién es más rentable despedir. Muy duro asumir la realidad. Le deseo lo mejor de cara al futuro. Un gran tipo al que echaré de menos durante el tiempo que siga en la empresa. Se hará extraño estar un miércoles o jueves y ver como llegan casi las 2 y él que no aparece con un 'baixeu a dinar? Tinc tupper avui'.

Hacemos camino al andar. Y buscamos una identidad. Respuestas en busca de una anhelada certeza. Algo de sentido para nuestros latidos, como el miércoles por la noche abstraído completamente mientras viajaba con la música de Simon & Garfunkel. Inconscientemente consciente de que el reloj marcaba ya algo más de la 1 de la madrugada. Curiosamente, una hora similar a la de hoy. Cuando justo el portátil indica la 1:16.

Todo gira y nosotros nos movemos hasta acudir a un mismo lugar que en el pasado. Idéntico paisaje, esencia incluso inquebrantable respecto a la última vez. Pero nosotros no somos los mismos. Por eso cuanto más creo que sé, más me siento como Sócrates. Sonarán nuevas canciones. Sin embargo algunas no dejarán de hacerlo toda la vida. Como aquella que empieza de la siguiente forma y que en la ya entrada madrugada, con el silencio como único compañero de viaje, cobra una magnitud trascendental:

'Hello darkness, my old friend
I've come to talk with you again...'

19.11.11

El Fútbol es vida



Cuando era pequeño, como muchos otros niños a temprana edad, quería de mayor, ser futbolista. Ya desde chico me gustaba dar patadas a todo aquello que fuera o se asemejara a un balón. Mis padres no me inscribieron en el Bosco Horta de fútbol, el equipo del colegio, hasta segundo de Primaria. Querían que estuviera seguro de que me iba a gustar aquella actividad extraescolar en la que sumarían un nuevo esfuerzo económico. No se equivocaron. No me equivoqué. Aunque ellos sí que tuvieron que sacrificarse mucho. Fin de semana tras fin de semana.

En aquellos primeros tiempos, no sabía perder. Prácticamente como ahora. Eso realmente no ha cambiado demasiado. Aunque ahora uno es capaz de internalizar mejor las cosas y aceptar con filosofía que no siempre se puede salir victorioso. Un amigo de mi padre, cuando me cabreaba porque perdíamos jugando en el camping me llamaba Hristo, en honor del delantero búlgaro que marcó una época con el eterno Dream Team de Cruyff. Por otro lado, en el equipo, recuerdo que no fueron pocas las veces en que decidía tirar el brazalete contra el suelo tremendamente ofuscado y cabreado con el mundo cuando perdíamos. Aunque fuera tan solo en mi primera temporada...

Yo quería ser futbolista. Aunque sabía que costaría. Al empezar un año más tarde que el 75%-80% de compañeros de generación/curso tuve desde el inicio que demostrar mi valía y ganarme un puesto como el que más. Al inicio no resultó nada sencillo puesto que tuve verdaderamente la fortuna de nacer en un año mágico como 1988: gran cosecha en el colegio. Mucha competencia. Pocas escuelas de fútbol podían llegar a reunir tanta calidad en cantidad con niños íntegramente del colegio. Era tremendo. Con el tiempo, entre unas cosas y otras, en un margen de tres años desde que empecé, acabé siendo indiscutible para cualquier entrenador e incluso llegué a convertirme en capitán. Tenía fama de jugador disciplinado y ordenado. El responsable a seguir. Aunque no gozara de la excelsa calidad de algunos de mis amigos y camaradas en el campo.

Quería seguir siendo futbolista. Aunque, con el paso del años, comprendía que no iba a ser tan fácil como auguraba con 6 años. Además, los defensas no destacaban tanto. No era tan fácil marcar goles partiendo desde tan atrás y si recibías algún tanto en contra, te podías llevar las culpas por presuntamente no haber defendido bien. Los laterales entonces no estaban tan revalorizados como ahora. Con todo, algo más crecido, en segundo año de Cadete, logré marcar bastantes goles para lo que era habitual en mí. Aunque ya me falla la memoria en cuanto a la cifra exacta y quizás solo Will lo tiene apuntado en algún archivo excel de antaño.

Fueron los mejores años de mi vida en el colegio-fútbol. En promesas, pre-benjamín, benjamín, alevines, infantiles, cadetes...hasta juvenil. Llegué a completar el ciclo, 'retirándome' mientras terminaba primero de ADE en la Pompeu Fabra. En ese instante, ya sabía que no podía ser futbolista. Tenía más calidad que cuando empecé, muchísima más. Pero, en esencia, sentía la misma ilusión por el balón que el primer día de entrenamiento.

Y esa ilusión, conjuntada con tremenda pasión y compromiso, el que intentaba plasmar en el césped cuando jugaba en el Bosco, es el que mantengo. Por eso me da cierta lástima y mucha pena ver como, incapaz de haber podido llegar a ser futbolista, ese mítico sueño frustrado de juventud, un servidor acaba en ligas de aficionados donde algunas personas no entienden el juego y van más allá de lo deportivo y competitivo. No es el fútbol que yo he mamado, amado ni el que defenderé a capa y espada. No es el deporte que yo he tratado de inculcar a los críos que he tenido la suerte de entrenar estas pasadas cuatro temporadas. No es mi fútbol. Y hago esta reflexión porque esta noche me han podido partir la pierna y hacerme mucho daño jugando, no en una acción fortuita ni mucho menos, sino con toda la mala intención del mundo. No han sido pocas las jugadas de corte similar en que los contrarios han sobrepasado los límites. Y como me ha afectado a mí, le podría haber ocurrido a otro de mi equipo. O podrá suceder otro día si no se erradican actitudes así, que no son dignas de nada.

Puede que mucha gente no lo entienda, pero para mí el fútbol significa mucho. Trasciende más allá de la razón por todo lo que ha supuesto a lo largo de mi vida, en el mejor de los sentidos. Fueron muchas las victorias junto a mis amigos y compañeros, no pocas las ligas y los buenos resultados que celebramos, pero sobre todo el mayor triunfo fue poder disfrutar como un chiquillo haciendo lo que más me gustaba: jugar a la pelota.

Por eso, tanto a quienes empiezan desde pequeños a practicar como a los formadores/entrenadores de base, no dudéis en incular el noble espíritu competitivo del fútbol. Que el compromiso, esfuerzo y solidaridad con unos valores colectivos estén presentes así como la atención a las necesidades y características de cada individuo/jugador.

Porque, en esencia, el fútbol es vida. La vida es fútbol. Y quiero seguir disfrutando. Igual que cuando era un chiquillo.

5.11.11

Historia de amor aleatoria


El parque estaba muy cambiado. O no lo recordaba así. Multitud de chiquillos corriendo arriba y abajo hacían de la soledad una carga menor. Casi imperceptible. Pero ahí estaba. Tratando de buscar algo. De encontrarse a sí mismo. Buceaba en su interior intentando averiguar por qué había llegado hasta allí. Las razones que le habían conducido a aquél lugar. Parecía un capricho del destino demasiado jugoso para ser real.

De repente, empezó a llover con intesidad. Cada gota que saludaba desde el firmamento iba a convertirse en una lágrima de nostalgia y profundo anhelo. Justo como la última vez que había pisado el parque. Cuando llegó inevitablemente el invierno. Y terminó todo. Lloraba y llovía. Y no sabía por qué.

Como no tenía paraguas, puesto que el último lo había perdido en el metro, se apresuró a salir de ese entorno al aire libre. Hasta que se encontró refugiado en el centro comercial más próximo. Suerte que están abiertos a todas horas prácticamente, pensaba para sí mismo. Pasados unos minutos de rigor hasta acomodarse de nuevo para seguir reflexionando en silencio, decidió entrar en el FNAC. Y se dirigió a la sección de libros. Una de sus aventuras favoritas era perderse entre ese océano de títulos y variopintas portadas. No con propósito de acabar comprándose alguno sino como un ejercicio de evasión. Algo así como soñar despierto.

Entonces, cuando ya emprendía la salida, chocó accidentalmente con una joven. Apenas se podía adivinar su cabello a medio camino entre lo castaño y lo rubio puesto que portaba una gorrito beige. Un detalle que la hacía tremendamente sugerente. Atractiva. Se disculpó ante el chico por su torpez y rápidamente siguió su propio camino. Pero él la detuvo con un espera bastante rotundo. Fue en ese instante cuando descubrió que llevaba en la mano un libro. No uno cualquiera. Le preguntó dónde lo había encontrado, si no le importunaba en exceso la cuestión, y ella amablemente le indicó. Sin perder el tiempo fue al encuentro de esa deseada obra. Pero esta vez fue la joven quien no quiso perderlo de vista y le detuvo.

- ¿Ya has leído este libro, no? -se interesó.
- Digamos que sí... Lo escribí yo - replicó.
- ¡No, de ninguna manera! No lo puedo creer - se sorprendía entre una impresionante niebla de incredulidad.
- Pues empieza a creer. El autor de esa breve novela que tienes entre manos soy yo.

Ella lemiraba atónimanete. Claramente la persona que tenía a escasos metros tenía un aire con la imagen más jovial e imberbe de la contraportada. Abrió una página al azar de libro y le retó a que recitase y recordara ese fragmento. Él vaciló un poco al inicio y se excusó con que había pasado el tiempo. Y que no quería viajar atrás en el tiempo. Es pasado, logró balbucear finalmente. Pero la joven no quiso darse por vencida y necesitaba convencerse de que efectivamente aquél chico treintañero era la persona que decía ser. Pasaron unos segundos mientras se miraban en silencio hasta que él empezó:

Cuando la vida se viste de rojo no eres consciente. Se pone ella el traje mucho antes de que lo adviertas. Solo sientes la llama de ese fuego incandescente que no deja de arder en ti. Una sensación única que crece día tras día, cuando la ves y estás cerca de ella. Cuando la notas dentro de ti. Cuando tus labios son sus labios y tu piel es su piel. Nada más importa. Que no se extinga es tu deseo. Que el rojo sea para siempre el color del amor, el sexo y la pasión. De tu vida y la de ella, juntos. Buscando en cada segundo compartido la eternidad.

Era el final de la página 73.

Ella se quedó más alucinada por la sensibilidad cómo pronunció ese abanico de frases que encerraban tantas historias juntas que por el hecho de recordarlo todo. Tanto que perdió algo el pulso y la fuerza en las manos, de manera que la novela se iba a desparramar contra el suelo sin remedio. Pero su autor, el joven destartalado que otrora había desprendido algo de brillo con su pluma, ágil de necesidad, evitó que sus palabras chocaran contra el tapiz del comercio.
- Toma. Esto es para ti. No lo pierdas ni lo dejes caer de nuevo. Es probable que la próxima vez no esté yo para cogerlo - le guiñó el ojo.
- Ehh...Gracias... - no se atrevía a pronunciar su nombre.

Se quedaron mirando ambos mútuamente con una suave capa de magia a su alrededor. Como si en aquél preciso momento estuvieran solos en el universo con todo el cielo estrellado. Sonrieron. Ella le preguntó si se volverían a ver. Él dijo que se encontrarían de nuevo. En el mismo lugar y a la misma hora el siguiente sábado. Porque el destino así lo había querido.

Pasó una semana y el joven se acercó no exento de nervios a su cita. Pero por mucho que esperó no llegó nunca ese día la dulce chica del gorro beige. Ni a la semana siguiente. Ni a la otra. Ni tampoco a la que siguió después. Hasta que ya casi sin esperanza, decidió que dos meses después sería la última vez que iría al encuentro. Esta vez ya estaba ella allí, aún más atractiva que la primera vez que coincidieron.

- Siento el retraso - se disculpó con sinceridad aparente.
- Solo he esperado un mes y medio para volverte a ver. No es tanto - ironizaba el chico sin ganas.
- Bueno en realidad quizás hemos esperado más. Ambos. No solo tú.
- ¿Qué quieres decir? - se sorprendía con el tono de la chica.
- Antes de nada, debes saber que sí he venido todos los sábados. Igual que tú. Pero me dediqué a observar en la distancia porque no estaba segura de que fueras a venir todos los días.
- O sea, me has ido poniendo a prueba semana tras semana...
- Algo así, pero por favor, no te molestes.
- No entiendo nada, como no quieres que me moleste si me he sentido muy ridículo todas estas tardes pasadas. Solo. Perdiendo la ilusión de que pudiera volver a mirarte a los ojos.
- Las cosas no son tan sencillas - continuó con un tono misterioso.
- ¿Qué quieres decir? - casi le cortó la frase.
- Soy yo, cariño. Soy yo.

A él se le paró literalmente el corazón. No era posible. Comprendió al fin que tenía ante sí la razón por la que había escrito Cuando la vida se viste de rojo hacía casi 15 años. Pero ella parecía más joven y se había conservado mejor, justo como la imaginaba y describía en la novela. Era increíble. Se sorprendía de no haberla reconocido el primer día, pero el tiempo había pasado entre ambos. Demasiado. Y ella, dándose cuenta de que después de tantos años había vuelto a ver al chico que una vez deseó con tanta locura, quiso estar del todo segura antes de volver a enfrentarse con una parte de su vida que pensaba ya caducada. Olvidada para siempre.

Así que ahí estaban ellos dos. Unidos bajo el destino de una novela que había sido escrita en parte a raíz de la pasión que un día llegó a fluir entre ambos. Y, como si no hubieran pasado 15 años, se besaron apasionadamente hasta que la eternidad dijo basta.

1.11.11

¿Qué ves cuando cierras los ojos?


¿Qué ves cuando cierras los ojos?

Escucho tu sonrisa. Leo tu mirada. Palpo tus lóbulos con mis finos labios. Te veo a ti y nada más. Justo antes de caer en un sueño profundo. Para que las últimas escenas antes de quedarme realmente dormido sean nítidamente dichosas y llenas de júbilo. Para que al siguiente despertar, siempre que afortunadamente haya, fluya un aroma de felicidad.

¿Qué ves cuando cierras los ojos?

Veo nada y todo a la vez. Claridad entre las sombras. Relajación en plena agitación. Sobriedad en un estado de embriaguez incontrolable. Corro mientras camino. Duermo mientras vivo. Me tranquilizo cuando me atropella la ansiedad. Juego si estoy cansado. Sonrío si estoy triste. Navego sin barca, manejo sin motocicleta, pedaleo sin bici.

Y tú, ¿qué ves cuando cierras los ojos?

Te veo a ti. Eternamente viva. Con el deseo de seguir respirando para que la próxima vez que los abra estés a mi lado.

30.10.11

Entrada otoñal


Suelo comentar que escribir es una necesidad. Algo que fluye desde el interior y quiere salir a la luz. Una idea, vagos pensamientos...y el resto es creación. Dejarse llevar. Un acto puramente reflejo, casi inconsciente. Valiente, atrevido. Que pretende alejarse de toda previsión o planificación. Asociación de conceptos. Relacionar hechos de tu vida con lo que vas observando día a día. Todo aquello que vas grabando en tu memoria casi sin darte de cuenta. Como intentando retener lo que tus ojos ven a cada latido que marca el corazón. Vivir al fin y al cabo.

Eso es lo que he intentado hacer este mes de octubre. Y, paradójicamente, es cuando he escrito menos. Ahí viene Mourinho: ¿por qué?

No lo sé, camaradas.

Pero uno llega a casa después de varias horas en la oficina y no tiene ganas sino de una buena ducha con el chorro bien caliente, cenar y echarse a dormir en el sofá. Se está tan a gusto... Dejas de lado el hábito de encender el portátil, consultar los mails, mirar ofertas de trabajo (porque tarde o temprano, el sueño de Pepsico se terminará) y meterme en el chat del Facebook, entre otras cosas. Alex siempre me recuerda que nunca me conecto. Cuando él tenga whats, será distinto.

Y, a colación de lo precedente, qué tiempos aquellos del Messenger. Una herramienta de socialización brutal en los albores del siglo XXI. No fueron pocas las veces que intentamos ligar a través de la ventanita, con nuestra foto en el costado izquierdo. Una imagen que estaba buscada a conciencia para causar el mayor impacto posible y despertar el interés de la otra persona. Así como los nicks. Los estados del face de hoy en día. Algunos buscaban canciones; otros plasmaban sus nombres o motes decorados bien rococó bien góticos, con un dominio absoluto del arte en sus diferentes interpretaciones; otros, en cambio, mostraban cuán enamorados estaban y lo mucho que querían a sus novias, amigas o hermanas aún no compartir la misma sangre. Imagino que en algunas facultades deben estar analizando en profundidad a modo de tesis los comportamientos y actitudes que se daban a través del messenger. Lo dicho: qué tiempos aquellos...

Fotolog también falleció. Muerte lenta, vaticinada. Sigue perdurando de forma muy reducida como esas comunidades naturalistas que viven en plena armonía con el medio ambiente. Como dios nos trajo al mundo. Literal. Porque el flog, en esencia, era una excusa para subir fotos con cierto estilo macarra, choni y de aroma garrulo. Para escribir con k, empleando la economía lingüística y buscar los 20 comentarios para justificar una nueva actualización. Porque sí, era un motivo apetecible para desafíar a los administradores a que te cerraran tu cuenta colgando contenido sugerente y pseudo-erótico. Puramente hormonal. Material exclusivamente masturbador. Como esa fotos horrorosas realizadas con prematuras y precoces cámaras de móvil delante del espejo del lavabo. Con ese flash emulando la luz del Barroco más tardío. Leibovitz se frotaría las manos, creánme.

A Tuenti no sucumbí. Aunque parece ser que es muy efectivo para tener citas rápidas y sexo seguro. Eso cuentan. Ojo. No debe ser tan malo entonces.
Volviendo a Facebook, sigue reinventándose. Pero yo ya me he perdido un poco con las últimas modificaciones. Cuando era medio NI-NI (es un decir), dedicaba más tiempo a los entresijos de la red social más famosa del mundo pero ahora apenas puedo cotillear. Porque la obra maestra de Zuckerberg es un medio para el chafardeo gratuito y el qué hacen terceras personas con sus vidas. Yo mismo, como soy hijo único y tengo complejo de llamar la atención necesito ser esuchado, leído (que no comprendido) así que me encanta ir poniendo según qué estados de vez en cuando, seleccionar muy bien el contenido visual que merece ser mostrado a mis contactos, etc. Casi todo ello lo realizo con el móvil. La tecnología avanza imparable. Una auténtica Stampida made in Port Aventura.

Y si donde paso más tiempo realmente a lo largo de la semana es en las oficina de la planta 8 de Pepsico Iberia en Barcelona, de forma virtual lo hago en Twitter. Es otro universo. Una realidad paralela que se ha inventado para todo tipo de gentes con el fin de acabar encontrándote con un TL que satisface tus gustos, aficiones e intereses. Es como una novia que siempre te va a ser fiel por mucho que se empecinen en eso de 'nunca digas nunca'. Twitter es poder. Información al segundo. Vivir, literalmente, conectado al mundo. Todo ocurre y se desarrolla a partir de secuencias de 140 caracteres. El río que fluye sin oposición, montaña abajo.

Pero... No solo de las redes sociales vive el hombre. Este mes he intentado vivir. Y todo ha sido gracias a alguien que ha cambiado mis pasos estas últimas semanas. Y ya van unas cuantas, afortunadamente. Nunca es como hubieras imaginado y siempre tienes hambre de más, pero la felicidad está ahí. En esos pequeños detalles. En los paseos eternos que se hacen tan cortos como el verano, en la sonrisa al verse, en una mirada descarada de seducción incontestable, en los momentos de intimidad bajo un firmamento estrellado, en el oleaje marino y el graznido de la gaviotas, en esas nubes que dibujan historias que combinan la realidad y la ficción. En la soledad y oscuridad de un parque cuyos árboles parecen cobrar vida y hablar. Ocultando en todos sus rincones los secretos de centenares de amantes y de individuos que allí acuden a lo largo del día. En las escenas de despedidas, que igual que sucede en las películas, terminan con un happy ending. Imaginando que es un otoño en Nueva York.

Intentaré seguir alimentando al blog más a menudo para que no se ponga demasiado celoso.  Un puntito, el justo, no es malo tampoco. También tengo pendiente una novela que dejé a medias antes de terminar Cuando la vida se viste de rojo. En cualquier caso, volveré. Y no sé de qué escribiré la próxima vez ni si ya estará Rajoy de presidente. Ni si aún habrá gente que siga pensando que el anuncio de ETA acerca del fin de su actividad armada es una mala noticia. O si ya habremos superado los 5 millones de desempleados. Esto es un país que se llama España y todo es posible.

He renovado 6 meses más en Pepsico. Estoy contento. Quiero seguir adquiriendo experiencia, disfrutarla, aprender de los errores y tener esta oportunidad es muy gratificante. Es más que improbable que cuando crezca el mes de mayo pueda continuar allí así que por entonces habrá llegado el momento de seguir labrándose un destino. Antes, de hecho. Es la vida que fluye. Que viene y va. Que en ocasiones te quita y en otras tantas te da. Y a mí, ahora mismo, me está dando mucho.

Como tras un paseo junto a ti, vuelvo a escribir.

3.10.11

Conversando con el carlino


Ayer domingo el carlino me despertó temprano para que lo sacara a pasear. Parecía algo intranquilo e inquieto, como si quisiera más de la lasaña que había sobrado del día anterior. La verdad que al final había quedado muy rica. Para chuparse los dedos.

El carlino sonreía reluciente mientras movía sus caderas, es un decir, por las desoladas calles de esa mañana dominical. Una como cualquier otra en alguna urbe del planeta. O no. El aroma entre aquella solitud y ambiente algo desangelado parecía sugerir precisamente lo contrario. Que no era una fecha cualquiera.

Mientras paseábamos, se le antojaron unas de esas chuches con las que de vez en cuando le obsequio. Si se lo merece. Y es que si ingiere demasiado, le suelen sentar mal. Sí, seguramente es cierto aquello de que el perro se acaba pareciendo inevitablemente a su dueño. De hecho, no son pocas las ocasiones en las que andando junto a él me fijo detenidamente en el resto de parejas callejeras de baile y me pregunto: ¿son los perros los que acaban siendo casi idénticos a sus propietarios o viceversa? Fíjense, de verdad. Sobre todo en lo físico y en la forma de caminar. Como las tiendas estaban aún cerradas, se quedó sin chuches. Gruñó descaradamente y le llamé la atención por ser tan sibarita en esas circunstancias. Debía ser más comprensivo.

De vuelta a casa, me explicó por qué había amanecido algo traspuesto. Decía que te quería conocer. Que tenía ganas de verte. "Si estás así de feliz -solo hace falta verte esa sonrisa boba, agregaba el canino- debe ser por algo especial". Yo le conté que lo era, desde luego. Que no sabía cuando la iba a poder conocer pero que no se impacientara. No llegó al portal demasiado convencido con mis palabras y trató de persuadirme con esa mirada a medio camino entre carlino de toda la vida y el gato con botas de Shrek. Qué de injusta es la vida ante situaciones así, de veras. Uno no puede hacerse el duro ni el interesante demasiado...

Le conté cómo nos volvimos a conocer. Porque en cierta forma era así. De lo curiosa e inesperada que resultaba la vida en este tipo de asuntos. Y, al final de mi historia, me miró fijamente para dejar en el ambiente con un suave, pausado y dulce ladrido: ¿Destino o azar?

No pude sino sonreír de forma pícara y acariciarle el lomo justo antes de iniciar una de nuestras pequeñas guerras entre perro y humano. Hasta que él acabó rendido. Levantó una banderita blanca en su zona de defensa y con el hocico como única referencia me avisó que se iba a dormir algo. En el fondo quiso decir perrear. Entonces me estiré sobre el sofá mirando al techo. Allí estabas. Me sentía feliz.

26.9.11

Magia


Por mucho que uno piense que la vida no te puede volver a sorprender, acabas sencillamente equivocado. Puede ser casualidad, azar, destino… O todo junto. No hay demasiada diferencia a no ser que alguien desde un lugar oculto entre nosotros tenga ya de antemano y por escrito nuestras vidas. La novela de nuestras almas capítulo a capítulo.

No lo ves venir. Aparece. Sucede. Como de forma caprichosa. Y va fluyendo casi de forma imperceptible. Hasta que en algún momento llegas a preguntarte cómo es posible que haya sucedido algo así. “No pienses, actúa”, decía Barney Stinson en HIMYM. Es lo que haces inconscientemente. Te dejas llevar porque no era nada previsto. No habías conectado alarma alguna en el móvil para que un día concreto despertaras con esa intención. Nada de eso. Todo lo contrario.

Lo inesperado cambia nuestras vidas. Son como accidentes afortunados que suelen ocurrir más veces en las películas que en la vida real. O quizás eso es lo que suele pensar la gente. Porque detrás de cada aventura vive un origen. Aquello que en las facultades llamarían explicación. O causa de. Pero la clave no es sino el camino. Lo que recorremos es lo que pasa a la historia. Aquello que siempre recordaremos.

Notas como si algo fuera creciendo en tu interior. Que te sientes distinto. Hacía tiempo que no respirabas esa fragancia aunque sabes que no es la primera vez. Igual que no existen dos personas idénticas, nada se repite de la misma forma en tu vida. Afortunadamente. Pero cuando no buscas algo, es como si todo supiera mejor. Porque es como haber encontrado motivos para sonreír a diario.

Te llevas su olor, su mirada, su sonrisa. El roce de su piel. El tacto de sus manos. Así es como tenerla siempre que quieras a tu lado.

Hasta que te das cuenta. Ha pasado el tiempo de verdad. Tan rápido… De nuevo solo. Y no deseas sino volver a ver esos labios que dibujan magia.

14.9.11

15 en 23


Es como volver a tener 15 años. 16 quizás. Sensaciones otrora perdidas, que no olvidadas. Aletargadas. Como si hubieran estado mucho tiempo pidiendo salir para ver la luz del sol. De ese verano que se alarga inevitablemente. Pero que acerca a la estación de las hojas caídas. Y este, a su vez, al frío invierno. Como diría aquél, que ya estamos en Navidades.

Porque hay momentos que por sí solos reflejan la esencia de la vida. Instantes que paralizan todos tus sentidos, impidiéndote pensar más allá del placer del momento. Goce, disfrute. El roce y la atracción que fluyen río abajo, pero sin desembocadura. Deseando que no lleve a puerto alguno ni concreto. Porque lo fundamental no es la meta. No es hacia dónde vamos. Sino el sendero que recorremos. La felicidad es el camino.

No importa lo que te diga el reloj. Es la hora que tú quieres que seas. No hay mejor momento que otro. Siempre lo es. Si algo te sobrevuela por la cabeza es la certeza de estar tan a gusto que nada más importa. Apartadas quedan las preocupaciones, obstinaciones, dudas y heridas nunca cerradas. Si es que las hubiera.

Es como volver a tener 15 años. 16 quizás. El espejo ha cambiado o eres tú el que ha crecido. Madurar ya es algo más complicado. Sientes que algo te hace sonreír más a menudo. Que parece hasta fuera de lo común. Empiezas a imaginar más durante el día y a soñar con mayor frecuencia junto a la suave almohada que siempre te había servido de consuelo. Ella guardaba tus secretos y anhelos. Como tu mejor confidente.

Todo parece más bonito. O puede que sencillamente ya fuera así y no te habías dado cuenta. Los detalles ahora no son triviales. Son una razón de peso. No existe el tiempo ni el espacio. Solo dos almas y dos cuerpos unidos por aquello que nos referimos como azar. O destino. ¿Cuál es la diferencia? Nosotros, jugando las cartas que él baraja.

Entre esa baraja, precisamente, apareció una carta especial. Y estoy seguro ahora mismo de querer tenerla cerca. De que hay trenes que solo pasan una vez en la vida. Como aquél metro de agosto.

Volver a tener eso. 15, 16 años. Qué más da. La vida puede ser maravillosa.

8.9.11

Entre la incertidumbre


Tras casi tres meses he vuelto allí donde pasé tantas y tantas tardes a la semana. Allí donde acudía quincenalmente tras madrugar un sábado. Un lugar que ha sido durante toda mi vida como mi segunda casa. Bien, sin contar el metro, claro.

Multitud de recuerdos te invaden de repente cuando observas desde tu perspectiva privilegiada las dos porterías de fútbol 11. Inmediatamente piensas en el caucho y en cuánto se enfadaban tus padres por traerlo contigo a casa, como quien vuelve de sacar a pasear al perro. Ves en segundos chispazos continuos, sucesiones de imágenes sobre años anteriores. Todo sencillamente efímero. Como el propio tiempo. Porque no te das cuenta y pasan las semanas. Lo suficiente como para parecer que algo ha cambiado. Nostalgia cuando piensas en los buenos momentos sí. Eso siempre. Ha sido una etapa maravillosa. Pero es como si uno se hubiera mentalizado tanto de que no iba a seguir con las funciones de temporadas anteriores que sientes que no perteneces del todo a ello. Una sensación que no deja de ser ambigua y curiosa. Hasta cierto punto, extraña. Como si no hubiera brocha alguna para ti en esas circunstancias.

La cabeza me pedía no continuar entrenando. A veces en la vida tomas decisiones que pueden ir parcialmente en contra de tus aficiones, gustos o preferencias. Que se disfrazan quizás de algo de racionalidad, por qué no describirlo así. El año pasado estuve tan centrado buscando trabajo que sin darme cuenta terminé por focalizar mucho la atención en el resto de cosas que hacía, fuera poco o mucho. Según se mire. Dediqué tanto tiempo al alevín que dirigía que al final la planificación, la ilusión y las ganas por trabajar semana a semana dieron sus frutos. Aún hoy, cuando alguien de ellos me dice que me echa de menos, no hago sino emocionarme. Significa mucho para mí. Palabras así de niños de 12 años que dan sentido a todo. Al sacrificio. A todo aquello en lo que tú crees. Pasarán los años y recuerdos así permanecerán grabados incandescentemente en tu interior. El resto, éxitos o triunfos incluidos son mera circunstancia. Me hicieron grande mientras yo intentaba que crecieran lo máximo sin que perdieran nunca el hambre por aprender y disfrutar. Nunca hubiera imaginado nada de lo que sucedió cuando empecé. Me siento realmente muy agradecido y satisfecho.

Pero mi momento ha pasado. No sé hasta cuando. Soy consciente que la vida da muchas vueltas y que algunas puertas afortunadamente nunca se acaban de cerrar del todo. Sencillamente no lo sé. Lo más lejos que ahora mismo estoy de la incertidumbre acerca de mi vida gira entorno a dos paisajes. En el primero, tengo contrato hasta mediados de noviembre. Ello implica buscar trabajo dada la conyuntura actual aunque quiero pensar que cuento con posibilidades de ampliar algo el contrato si así es mi voluntad y mi deseo. En el otro paisaje, aprecio verdes llanuras y cascadas interminables. Una bahía que dibuja el paraíso y unos cielos que no son de este mundo. Ahí está a quien de verdad echo de menos y tengo ganas de ver.

En un mundo de idas y venidas, de cambios y giros de tuerca inesperados, apenas sabemos si mañana vamos a amanecer. Por eso, ojalá los sueños se hagan realidad. Que al siguiente despertar lo primero que pueda ver sea tu preciosa sonrisa en la ventana junto a los tempraneros claros mientras la almohada desprende tu suave fragancia. Y que, dentro de tanta inseguridad laboral y económica, pueda uno labrarse un futuro de lo más digno y prometedor.

31.8.11

El círculo


Cuando era pequeño, mi madre me solía leer un cuento antes de ir a dormir. Uno que me encantaba especialmente era un libro llamado algo así como 365 días con animales. Había como un relato para cada día del año, de forma que estaba pensado para leer según la fecha en que nos encontrábamos. Era muy didáctico. Fábulas si no me falla la memoria. No sé por qué, pero me gustaba tanto quedarme dormido escuchando la dulce voz cordobesa de mi madre...

Quizás ayer recordé todo eso porque mi madre había quedado más que satisfecha con la novela que yo había escrito. Solo le falta convencer a padre para que la lea, sin que se emocione. Aunque eso le costaría ya que no puede separar la imagen de su hijo del contenido. Ella entonces le dice que simplemente piense que es otro quien ha escrito todos esos párrafos.

Es como una especie de círculo. De mi madre leyéndome de chiquitito a terminar algo íntegramente elaborado por mí. Uno de mis hobbies, escribir libremente dando rienda suelta a lo que fluye de dentro hacia el exterior. Porque siempre es así, un acto más bien reflejo, como un impulso que te lleva a teclear una letra tras otra. Aunque no siempre es fácil convencer ni mantener la atención de la persona que está al otro lado. Si nadie me leyera, seguiría sintiéndome lleno cuando escribo, pero tendría menos emoción todo junto. Es el aroma narcisista y ligeramente pedante, hasta egocéntrico, que tenemos cuando hacemos lo que nos gusta. 

Como tampoco es fácil no echar de menos a alguien. Es un acto inconsciente, inevitable. La vida da muchas vueltas, no es algo baladí, y en algún momento de tu sendero se presentan giros totalmente inesperados que te acaban llevando a bellos jardines inundados con flores de todos los colores y olores. Todo huele a primavera y sabe a dulce. Es fácil sentirlo. Difícil mediante palabras. Sensaciones únicas que siempre apetece repetir con mayor frecuencia e intensidad. Porque todo pasa rápido cuando estás a gusto. La vida es así, sencilla, cuando todo parece encaprichado en mirar en una sola dirección. Es tremendamente bonito. Único.

El verano está agonizando nunca mejor dicho. Es el primero en que no he tenido vacaciones de verdad. Siempre hay una primera vez para todo. Ya tocaba, lo sé. Tengo contrato hasta el 16 de noviembre. Desde luego que hay incertidumbre en el mercado laboral y las perspectivas aún no son nada halagüeñas. Así que mientras pueda adquirir experiencia en una empresa de tal calibre siempre va a ser algo que sume. Claro que me gustaría cotizar y ganar algo más, pero será cuestión de etapas y de ir progresando. Nunca sabes con qué te va a sorprender la vida.

Como a mí me soprendió en pleno verano. Porque si de algo estoy seguro es que desearía poder de nuevo escucharte con la mirada y verte con el corazón mientras sonríes.  

24.8.11

De las nubes


¿Te has parado alguna vez a contemplar estirado las nubes que navegan por el cielo? Mientras golpea una suave brisa marina tu tez aterciopelada de olor a jazmín y frutas del bosque. Dibujan personajes y formas de todo tipo. Solo hace falta tener un poco de imaginación e ingenio. Las nubes allí arriba van cambiando de postura, recreando pasajes, circunstancias, hasta formar auténticas historias con principio y final. Algunas hablan de momentos de pura entrega y pasión. De todos aquellos segundos en los que dejarse llevar sonaba demasiado bien. Lo efímero es sublime. Sensual. Otras exhiben situaciones tristes, propias de la vida también. Acarrean cierto sufrimiento y se desvanecen rápido en un mar de lágrimas que se evaporan como por arte de magia. Visto y no visto. Incluso algunas parecen mostrar el perro que nunca tuve y siempre deseé o aquellos seres queridos que echo de menos. O que ni tan siquiera pude conocer. ¿No estarán sino allí arriba, velando por nuestro bien?

Quizás echando un vistazo al firmamento cuando el anochecer busca su sitio es suficiente para no pensar en nada. Ensimismado, observas una corriente continua que se mueve en todas las direcciones. Sin orden aparente. Es como aquellas ciudades donde el tráfico urbano es un puro caos. Sin embargo, dentro de ese desorden parece reinar junto a la armonía un equilibrio casi maquiavélico.

Tras cerrar los ojos unos instantes, vuelvo a mirar hacia arriba. Sin duda los aviones vuelan alto. Pero a esas alturas también es posible subir sin necesidad de aparatos con motor. Sencillamente estando tan a gusto que pierdes la noción del tiempo. No hay relojes que cuenten las horas de forma precisa porque la relatividad se despacha a su antojo. Sintiéndote tan bien que es como estar más allá del cielo. Fuera de los límites. Allí donde todo lo que no vemos se hace realidad. En la frontera con los sueños. El lugar donde un deseo sincero puede convertirse en la estrella que por la noche, toda brillante, anuncie un bello amanecer al día siguiente.

Es momento de irse. De dejar de contemplar las alturas. Las nubes te hacen un guiño y te piden que no tardes tanto en volver a encontrarte con ellas. Nunca se sabe. Ellas esconden secretos y enigmas que solo se pueden ver bien con el corazón y desde la bondad. Entonces sonrío. Tengo motivos para ello después de todo.  

22.8.11

El economista y la artista


Parece que se avecina una noche de insomnio. Entre la tremenda calor en la ciudad condal que alcanza un nivel desesperante a estas alturas del mes de agosto y los cambios de ciclo nocturno fruto del fin de semana...

El primer chico que conocí en la universidad fue Javi. Justo antes de un seminario de Matemáticas I, cuando el reloj se acercaba irremediablemente a las 9 de la mañana. Sería un jueves. El primero como aspirante a licenciado en un futuro horizonte de unos cuatro años, si todo iba bien. Pregunté en voz alta '¿Javier Ibáñez?' ante la sospecha de que aquél chico de ojos claros con un portátil entre manos podría ser quien buscaba. Y, efectivamente, era él. Así nos conocimos. Íbamos a tener que trabajar juntos con tres chicas más para realizar un proyecto de Anàlisi de Dades. Por ello, la primera chica con la que traté fue Helena. Inevitable recordar que desarrollamos una alternativa al Red Bull llamada Mini bull: la conquesta de la nit. Sí, el eslógan fue obra de un servidor. Por eso es improbable que me gane algún día la vida en el marketing, lo sé.

Además de ellos dos, Mireia y Georgina, a partir de ahora, Gina, estaban en el colectivo. Precisamente en clase casi siempre me sentaba junto a Javi y Gina, además de estar siempre por ahí cerca Omar y Dani. Acabamos haciendo muy buenas migas con Dani, y el tiempo nos reuniría en un trabajo sobre la Derbi junto a Javi, Helena y Laura García, una de las chicas más simpáticas que he conocido en mi vida y que siempre ha tenido palabras de bondad hacia mí. Aunque no siempre las he merecido, debo destacar.

Dani, Javi y Gina eran geniales. Lo son. Con ellos las clases del primer ciclo, que en la UPF son comunes en cuanto a Economía y ADE, pasaban muy rápidas. Entre lección y lección no eran pocos los comentarios jocosos, bromas y historietas que compartíamos. Era un placer ir al aula solo por estar junto a ellos. Luego el tiempo pasa a la velocidad de la luz y comprendes insatisfecho que nunca vas a volver a aquellas circunstancias. Así que entre unas cosas y otras, primero de carrera transcurrió y empezó segundo. Seguíamos llevándonos muy bien, pero Dani y Gina aún no tenían la misma relación y confianza que Javi y yo con ella. Con todo, el destino, de forma inadvertida e inesperada por nosotros que los conocíamos, acabó uniéndolos.

Las semillas de aquél romance vibrante y bello acabaron por dar sus frutos en el viaje de ecuador a Túnez. Recuerdo que algunos dentro del grupo pensaban que me gustaba Gina porque teníamos una relación bastante estrecha y como he explicado, de confianza. Pero nada más lejos de la realidad. Nunca sentí por ella más que amistad y respeto. Y me alegré profundamente, como el que más, cuando vi que estaban liados. De hecho, como les dije ayer, eran un ejemplo para mí y deseaba que todo les fuera siempre genial como pareja. Cierto es que se perdió algo de contacto, pero es inevitable alejarte ni que sea un poco cuando empiezas algo con una persona que te gusta y a la que acabas queriendo con locura.

Al año siguiente, Dani se fue de Erasmus a Amsterdam. Junto a Helena, Pol o Carlos entre otros ilustres. Tuvimos una buena excusa para ir de visita. Además, con Ainara y Laura Qli en Maastricht, estaba todo dicho. A partir de ahí comprendí desde la perspectiva ajena, como tercera persona, cuán difícil podría llegar a ser la distancia. Lo que entonces no sabía es que -la vida da muchas vueltas- algún día viviría algo similar en primera persona.

Algo más de dos años después, estamos a la salida de Apolo. Una madrugada de domingo. Con Gina y Dani. Y te vienen multitud de recuerdos a la cabeza. Sabes que por dejadez e inconsciencia, sobre todo en los últimos tiempos, no has tenido con ellos el contacto de antaño. Que podrías haber hecho las cosas algo mejor. Pero no vale arrepentirse ya. Y, sin controlarlo, se te saltan algunas lágrimas. Porque son dos personas que aprecio muchísimo y que siempre les desearé lo mejor, como pareja y como individuos. Él va a vivir ahora una gran oportunidad y espero que la suerte le sonría. Gina sé que estará como una reina en Richmond y que podrán seguir viéndose pese a la distancia.

No sé qué nos deparará el destino ni las vueltas que seguirá dando esto de la vida. Lo que sí sé es que con personas así, el mañana tiene mejor pinta. Con Gina seguro que nos veremos antes de que se marche y le seguiré recordando que guardo sus dibujos y caricaturas. A Dani, bueno...en un futuro no muy lejano nos veremos, desde luego.

16.8.11

Improvisación

Ahora es cuando nos acordamos del amable julio y de su bondad. Aquí, en la terraza, con las mangas subidas como si llevara tirantes. Al aire libre. Pero lo de puro sería un topicazo que no casaría con la realidad. El cielo tan netamente azul claro que parece blanco. Aunque pensándolo mejor, esto de los colores es muy subjetivo. No hay dos personas que miren idénticamente a las cosas. Al fin y al cabo, solo vemos el reflejo. La esencia. Lo que nos sugiere. Prácticamente veo mi cara en la pantalla. La barba, relativamente arreglada de forma espontánea y natural. Porque me afeitaré mañana seguramente, igual que hice la semana pasada. Contra más crece más aspecto de mexicano tengo. Culpa del bigote denso y la negrura. Y cortarme el pelo... Esperaré a que vuelva el peluquero de aquí a una semana y media. Es que uno se acostumbra a algo y es difícil optar por el cambio. Ya se sabe, animales de costumbres.

No sé si acabaré llevando gafas. Tantas horas delante del ordenador en la oficina creo que pasan factura. O quizás es solo vista cansada porque, efectivamente, tengo más sueño que un oso perezoso. Menuda comparación -pienso para mis adentros. Se está relajado, alienado y ciertamente me siento comfortable aquí respirando algo distinto al aire acondicionado. Es un decir. Nunca había gozado de un moreno de esos de interiores tan pronunciado. Ya ha desaparecido el tono de moreno entrenador, antes conocido como paleta. Cualquier adjetivo es válido si la metáfora es adecuada y sutil. Qué oscuro tengo el cabello. Mi abuelo paterno lo tenía así y muy espeso. Habré heredado. A la gente le suele gustar tocarlo recién duchado y secado. Gana más volumen y presenta una compostura peculiar.

Esta semana ha comenzado la JMJ. No. No son el nuevo modelo de bambas de Michael Jordan. Es la Jornada Mundial de la Juventud. Seguramente, igual que en las villas olímpicas de los atletas, se agotan los profilácticos. Los preservativos. Sí, los condones. No es un comentario provocativo. Si el sexo es vida, y ellos si algo se consideran es pro-vida, el razonamiento es muy sencillo. A todo el mundo nos encanta eso, digamos... Hacer el amor. Y no la guerra. Pues si eres creyente, más aún. Digo yo.

So far away, de Staind. Una canción que me encanta. Ha sonado como cinco veces, mínimo, esta tarde. Es verano. 16 de agosto. Y hace tres meses que empecé a trabajar como becario en PepsiCo. A veces la vida te da alegrías inesperadas fruto del azar, sin advertirlo. O de la improvisación. Igual que acabo de hacer con esta entrada. Dejándome aleatoriamente llevar.

15.8.11

Continuar


¿A qué huelen los recuerdos? ¿Qué forma tienen? ¿Por qué a veces parecen tan fríos y distantes, y otras veces, tan cálidos y próximos? ¿A qué sabe el anhelo? ¿Cuánto de agridulce resulta el olvido?

No entendía por qué esas preguntas navegaban a su alrededor. Alborotadas de un lado hacia otro mientras no podía evitar que la botella de ginebra cayera violentamente contra el suelo desde el costado este de la mesita de noche. Justo al otro lado de la misma, un sobre. Dentro, una carta escrita a mano con una caligrafía delicada cuya firma estaba incompleta y con una gota oscura justo a continuación de las primeras letras de aquél nombre tan musical.

La cabeza le daba vueltas. Quizás era la habitación la que se movía. Sin sentido. Como si su cuerpo estuviera montado en una de esas montañas rusas al tiempo que su cabeza y pensamientos yacían aletargados en otros lares. No lo entendía. No había respuestas a sus preguntas. Le ardían tantas cosas por dentro que era incapaz de mantener la concentración en busca de alguna conclusión acurada y acertada. También le quemaba el estómago por dentro. Demasiada ginebra por la noche anterior. Buscando el olvido. Desesperado. Prefiriendo ahogarse en su propio llanto y soledad. Sin ánimos por mirar hacia adelante.

Nunca te olvidaré. Pero me tengo que ir. No soy feliz contigo. No te puedo querer como antes. Ya no más. Los tiempos han cambiado. No soy la misma que cuando nos amábamos. No puedo seguir así. Adiós.

Lau

Y la gota oscura allí mismo. El blanco papel apenas arrugado. Lo había cogido con tanto mimo que apenas lo sostenía con la respiración mientras a cada palabra, a cada frase, le temblaba el corazón. Solo pudo recordar de memoria el final de esa carta. Era incapaz de volver a releer el resto. Le dolía demasiado. No quería asumir la realidad. Solo seguir preguntándose continuamente, '¿por qué?'

Tendría que volver a comprar más Ginebra si quería seguir por aquella senda ese día también. No se reconocía en el espejo cuando decidió cambiar de postura. Alcanzó el lavabao arrastrándose, medio moribundo. Había envejecido 20 años de golpe. Su mirada no transmitía nada. Soledad, tristeza, ansiedad. Incluso el chorrito de la ducha le parecía patético y desagradable. No le sirvió de nada. Cuando tan solo algunos días atrás, aquello hubiera sido la gloria. Allí tenía demasiados recuerdos grabados con fuego.

Salió a la calle. Hacía un frío descomunal pero no se había abrigado demasiado. No daba la impresión que fuera a ser un invierno tan duro como los dos anteriores en la gran ciudad. Aunque para él, la ausencia de calor era en esos instantes, el menos importante de sus males. Se dirigió a la parada de metro más cercana. Con paso lento e inseguro se acercó hasta el borde del andén, lo justo para seguir manteniendo la verticalidad sobre el piso. Miró hacia la izquierda en busca de las luces del tren. Aún no se visualizaba foco alguno. Apenas había gente en la estación así que no llamaba mucho la atención con esa actitud tan desgraciada y tamaña falta de cordura.

Dos minutos después, se acercaba el metro. Se iba a decidir por saltar al vacío, pero justo cuando notó muy cerca el pitido del maquinista a modo de última oportunidad, dio un par de pasos hacia atrás con tan poco estilo que acabó tropezando consigo mismo, asustado en sus propios miedos y temores. Estirado en forma de cruz sobre el andén, se negó a recibir ayuda para levantarse aunque apenas tuviera fuerzas, ganas y energía para ello. El metro siguió su curso, alejándose más allá del túnel donde reina la oscuridad. Y no fue hasta transcurrido un buen rato que un funcionario le hizo entrar en razón, echándole una mano.

Volvió a casa y cogió la cuchilla de afeitar. Por un instante dudó en si clavársela a la altura de la yugular pero rápidamente desistió. Se volvió a duchar. Esta vez con agua más fría y tras remojarse, se quitó la barba y el bigote que le añadían más años. No sabía cuánto tardaría en volver a sonreír pero comprendía que al fin y al cabo, no estaba tan solo. Necesitaba comprender que la vida no terminaba allí. Y volvió a ver las mismas imágenes que en el andén, cuando pensó en dejarlo todo. En tirar la toalla y abandonar. Sus padres y sus amigos. Estaban ahí. No vio pasar la vida en imágenes sino que contempló en décimas de segundos todo aquello que no estaría si decidiera saltar abajo.

Y puede que no fuera la última botella de Ginebra que se estampara contra el suelo de la habitación, pero solo el tiempo podría curar las experiencias desagradables de la vida. Solo él tenía la llave de su destino. Porque no había camino para la felicidad. Sino que la felicidad era el camino. Debía tener una fuerza de voluntad especial para seguir adelante porque la vida continuaba. No podía terminar ahí. No.

Por eso decidió escribir una carta. A ella. Y fue entonces cuando encontró algo de paz consigo mismo. Escribiendo. Lo próximo que pensó fue en terminar aquella novela incompleta que había abandonado por simple dejadez y publicarla. Quizás aquél día en el metro volvió a nacer. Justo cuando había decidido dejarlo todo para siempre.

11.8.11

A un cisne negro


Hay recuerdos que sin saber bien por qué permanecen guardados entre flores en algún rincón de nuestro interior. Lo puedes llamar corazón, alma... En un bello jardín disfrutan de un retiro casi eterno. Para siempre. Y, de la misma forma que llaman a la puerta, vuelven para descansar allí de donde han venido. Como algo efímero. Puntual, pero intenso.

12 años. Corría el verano del 2000. El mes de julio. En el camping. Habíamos disputado el prestigioso torneo internacional de la Donosti Cup con el equipo de fútbol tras ganar la Liga. Había sido una experiencia maravillosa. Única e irrepetible. Solo el paso del tiempo te hace comprender la magnitud de vivencias similares. No sin producir algo de nostalgia, inevitablemente.
Empiezas a conocer tu cuerpo. No con poca ingenuidad e inocencia. Y no sé cómo empezó todo pero de repente apareció un cisne negro a mi alrededor. Era capaz de verlos a todos blancos. Menos a uno. Era una chica alemana. Algo que deduje de la matrícula del Wolkswagen. No recuerdo pero grabé en mi memoria que procedía de Rostock. Era rubia, de cintura estilizada y piernas de atleta de fondo. Una cara perfecta. Todo simetría y armonía. No tenía ningún defecto. Era preciosa. Como un ángel caído del cielo. Con su piel dorada por el aroma soleado de la Costa Brava. Aquello era lo más bello que había visto hasta entonces en mi vida.

Cada vez que pasaba con la bicicleta por delante de su parcela, asomaba con no demasiada agilidad la cabeza para ver si estaba ella. Se me aceleraba el corazón repentinamente. Incrementaba el pedaleo y seguía con esa especie de ritual de cortejo pueril y grácil. Mi inglés estaba empezando a madurar a marchas forzadas por aquél entonces. Sin embargo, era todo timidez y aquella germana que consumía mis pensamientos y deseos de cariño me cortaba el aliento. Me dejaba sin respiración y apenas podía ver la realidad tal como era. Hasta que un día una amiga suya me preguntó si me gustaba Daniella, que así se llamaba la princesa que vino de Alemania. Le contesté que 'yes, a little bit'. Me moría de vergüenza y además pensaba que era un poco idiota o mucho al haber mentido. Porque la chica me encantaba. No 'a little' sino 'a lot'.

El paso de los días era incesante. Tan constante que me hacía pensar en el día que marcharía para su tierra de nuevo. Aunque trataba de no llegar a eso nunca, porque me apenaba. El tiempo parecía una gacela huyendo de su depredador en plena sabana. Pero allí estaba ella, mañana tras mañana. Y yo, que cogía la bici para pasar delante de ella y mirar de reojo para contemplar la perfección esculpida en una chica.

Ella con aquél modelito de pantalones pirata de color blanco, las adidas clásicas con las franjas rojas y una camiseta estilo top del mismo color que dichas franjas. A juego. Combinando magistralmente. No obstante, a pesar de su belleza, fue elegida como Dama de Honor en el certamen de Miss Camping. Fue un tongo con mayúsculas, ya que la joven autóctona que ganó no alcanzaba su lírica ni poesía. En ninguno de sus versos y ni mucho menos en el conjunto de estrofas. En cambio, Daniella estaba compuesta de rimas tan naturales y dichosas que hasta en la injusticia estaba radiante, más simpática que nunca. Ella era la estrella que más brillaba en un firmamento como aquél, en plena noche de verano. En un lugar idílico como la Costa Brava.

Pero... Llegó el día. Más bien la madrugada. Porque partieron pronto. Me desperté casi al instante que se empezó a escuchar el motor del Wolkswagen. Los días anteriores ya había observado, no sin melancolía, cómo iban recogiendo los bártulos en su parcela. Preparándose para un largo viaje. Deseaba poder meterme entre el equipaje. Ni que fuera en aquél amplio maletero. Pero más aún, hubiera querido adentrarme en el corazón de la princesa alemana para que cada mañana sus latidos me sirvieran de despertador. Para que llegado el momento de mirarme ante el espejo para desperezarme, no viera sino su mirada en mis ojos. Para poder tocar su piel dorada que desprendía olor a jazmín. Poder acariciar su rubio cabello y adivinar a que sabían sus labios color de fresa. A jugar como en aquellas películas que siempre tenían un final feliz.

Se alejaba con su familia. Rumbo a casa. Sentí un vacío como nunca en mi cuerpo y mi cabeza dibujaba el anhelo a cada pensamiento. Cada recuerdo iba acompañado de su imagen. Su sonrisa clavada en mi interior. Tanto que no pude ocultar por la mañana una sensación de tristeza y pena. Se me notaba distinto. Algo había crecido ese verano en mí y no sabía bien qué era ni cómo llamarlo. Y, ahora que han transcurrido los años, tampoco sabría bien cómo definirlo. Solo sé que fue seguramente la primera vez en que vi un cisne negro en medio de un lago lleno de cisnes blancos. Que desde entonces soñé con volverme a reencontrar con Dani algún día. Imaginando que cuando fuera más mayor y cumpliera los 18, me iría a su país a buscarla.

Ahora ya han pasado 11 años y no la he vuelto a ver. Sin saber por qué, en una jornada como hoy mi anhelo ha salido a la luz. No es la primera vez ni supongo que será la última. Porque hay recuerdos que permanecen guardados entre flores en algún rincón de nuestro interior. Dispuestos a salir a flote en cualquier momento. Por muy inesperado que parezca.
 
A Daniella, un bello cisne negro que apareció en mi vida cuya huella parece imborrable a pesar del paso del tiempo.

8.8.11

De un sueño


La Costa Brava. Cerca de Platja d'Aro. Una isla medio oculta no lejos de la vida. Allí mismo la había conocido. Su nombre... No lo recuerdo. Cómo era... Morena. De piel. Mucho. Cabello a medio camino entre lo azabache y el otoño. No más alta que yo. Piernas firmes y flexibles. Cintura diabólica. Me perdía si alzaba un poco más la vista entre sus senos aterciopelados que dejaba entrever con su atrevido escote veraniego. Bastó un segundo, quizás dos. Que me quedé prendado de ella. Tenía que volver allí. Me moría de ganas de regresar a la isla cerca de Platja d'Aro. Sentir el calor de la arena en mis pies pero sobre todo notar aquella intensa mirada que parecía decirme todo en un instante. Nada parecía tener sentido.

Ya era el día siguiente. No era sencillo tener noción sobre el tiempo y el espacio. Todo parecía más breve que en la vida real. Pasaban las horas rapidísimas y las distancias se cubrían con escasa facilidad. Increíble.

Recorrí 200 km en bicicleta solo para volver a aquél lugar surgido casi en medio de la nada. Pero muy cerca de Platja d'Aro. Eso estaba claro. La isla se alzaba no muy lejos de mí cuando volví a cruzarme con su mirada. Su silueta brillaba bajo un sol de justicia y solo me bastó verla para recuperar el aliento. El cansancio ya no existía. No recordaba ni que había estado pedaleando un buen rato hasta alcanzar ese rincón. Pasamos un día inolvidable. Hablando, riendo. Riendo, hablando. Sus historias me tenían fascinado al tiempo que sus labios dibujaban la más bella de las perfecciones ante mis expresiones de incredulidad, sorpresa y emotividad.

Entonces, de repente, me dijo que se tenía que marchar. Su casa le esperaba. La acompañé hasta el final. Para acceder a ella tuvo que saltar desde un precipicio hacia abajo. Una distancia nada desdeñable. Sus piernas... ¡Ay qué piernas!, ayudaban a la causa. Yo me quedé arriba observándola mientras me hacía un gesto con la mano. Me decía adiós y me mandaba besos, todo ello combinado con su preciosa sonrisa.

Me desperté dulcemente con una mueca boba entre mis labios. Y comprendí que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son.